La casa invisible
Martes, 27 de Julio de 2010Precioso, ¿no?
Una historieta de George Sneghkin, Sergey Aksenov e Ilya Spiridonov para el Shinkenchiku Residential Design Competition.
Precioso, ¿no?
Una historieta de George Sneghkin, Sergey Aksenov e Ilya Spiridonov para el Shinkenchiku Residential Design Competition.
Hace unos años comencé a interesarme por el lado social de la arquitectura: las interacciones humanas que tiene detrás. Los motivos que llevan a la construcción, las diferentes formas de gestión, los agentes implicados, los beneficios que determinadas formas de hacer arquitectura aportan (o niegan) a los usuarios, la relación técnico-usuario, etc.
El caso es que una de las primeras reflexiones que me surgieron fue acerca del modelo socioeconómico que subyace en distintos tipos de proyecto, y la quería compartir aquí porque por alguna razón ha salido en dos tres conversaciones distintas separadas por apenas unos días, y me ha parecido oportuno aprovechar la “casualidad”. Este artículo está escrito hablando de proyectos de arquitectura, pero puede aplicarse a casi cualquier tipo de proyecto en cualquier ámbito, así que sustituid “arquitectura” por lo que prefiráis.
Para empezar, digamos que el carácter de todo proyecto puede descomponerse a nivel general en dos componentes imprescindibles para que se lleve a cabo: el impulso y la estructura. Sigue leyendo…
Orfanato de las ideas es una nueva sección de La Cajita, dedicada a publicar ideas, proyectos, emprendimientos y diseños, descabellados o no, que se me ocurren de vez en cuando y que por lo general se quedan en un “podría ser”. A lo más que aspiro con esto es a entretener, sorprender, divertir y en el mejor de los casos, quizás incluso inspirar una idea, una acción o un proyecto nuevo.
Una de las menos estudiadas consecuencias del cine (y de la literatura) es la sensación de mediocridad que deja en el espectador inmediatamente después: la vida de uno siempre parece insulsa en comparación con las de los personajes de película. Ellos viven guay, aunque las estén pasando moradas. Ya pueden estar deprimidos por un amor imposible o perseguidos a tiros mientras conducen que tú, de una forma que jamás admitirías porque ni te has dado cuenta, casi los envidias.
No sé, tienen… algo. Admitámoslo. Un algo que, bien desplumado, podría llamarse casting, maquillaje, banda sonora, historias y escenas bien seleccionadas siguiendo un guión, fotografía, atrezzo y cosas así. Imaginemos por un momento que quitásemos la banda sonora, nos metiésemos en la película y les siguiéramos durante un día: nos daríamos cuenta de que sus vidas no son en realidad ni mejores ni peores que las nuestras. Ir en bici por un arcén no es lo mismo si vas bien encuadrado y la cámara te sigue en travelín, con unos acordes de aire surfero matizando la escena, que si vas solo y lo único que oyes son los coches zumbar a tu lado. Y tampoco es lo mismo ver la historia desde un sillón, que vivirla realmente, con los sudores que eso conlleva…
En fin, entendéis por dónde voy, ¿no? Bien. Ahora démosle la vuelta: si alguien grabara los buenos momentos de nuestras vidas con una buena calidad de imagen, planos bien elegidos y una banda sonora de quitar el hipo, apuesto cien a uno a que nosotros mismos alucinaríamos de ver lo bien que vivimos, de lo mucho que molamos y de la cantidad de buenas historias que nos suceden… o nos podrían suceder.
Pues a eso se dedica FilmizeMe.com: precisamente a peliculizar tu vida por encargo. Sigue leyendo…
Últimamente estoy leyendo mucho (¡demasiado!) sobre emprendizaje, innovación, creatividad, actitud 2.0 y en fin, todas esas cosas que hoy día andan tan de la mano. Todo suena arrebatadoramente interesante, y me siento identificado con muchas de las posturas, técnicas, filosofías y tendencias que he ido descubriendo, pero… llega un momento en el que te paras, medio alelado tras una avalancha de enlaces o twitts apabullantes, o de textos como este…
… y dan ganas de salir corriendo al desierto más cercano. Porque si tengo que ser a la vez proactivo, rompedor, desestructurado, eficiente, móvil, imprescindible, asertivo, enérgico, ágil, innovador, tenaz, smart, incansable, sorprendente, metódico, visionario, hiperconectado, abierto, y por tanto dedicarme a romper moldes, surfear la cresta de la ola, adelantarme a la situación, poner en duda las bases, redefinir e innovar ya mientras desayuno y dejar al resto del mundo sin respiración… francamente, no sé si me va a dar tiempo para ser humano.
Uno acaba sintiendo una especie de exigencia de brillantez que no ayuda nada a vivir bien. Si el renacimiento trajo la (discutible) idea de que la genialidad era cosa de cada individuo, últimamente parecen hacernos creer por todos lados que la innovación hay que beberla y sudarla cada día como el agua, casi sin darnos cuenta y a litros. ¿Dónde queda el conocimiento tranquilo y el buen hacer del artesano? ¿Y qué si quiero ser un tipo sencillo por un rato? ¿Es realmente tan peligroso quedarse parado? ¿Y si un día me levanto poco creativo, y decido trabajar en algo más monótono o menos arriesgado? ¿No vale? ¿Y si renuncio a intentar cambiar el mundo por una semana, o un año, para vivir una experiencia vital de otro tipo y seguir construyéndome como persona?
Cito una frase del artículo de donde saqué la imagen de arriba, pero cambiando el énfasis a otra palabra:
¡La SOBREDOSIS de inspiración y motivación que todos necesitamos de vez en cuando!
Sí, sobredosis. Y lo de que la necesitemos, pues es posible, pero muy de vez en cuando, como catalizador pero no como combustible. Yo ya tengo mi moraleja personal: empápate de todo eso, pero ten a mano una toalla para secarte. Lee y aprende lo que quieras, pero cuidado con los empachos vitales, o acabarás deseando convertirte en un anacoreta para compensar.
Ni tanto ni tan poco; el equilibrio, el camino del medio, sigue siendo mi vía preferida. Y hablando de equilibrio: leer The Laws of Simplicity o Zen Habits resulta que no compensa la sobredosis de complejidad de lo demás. Incluso simplificar es complejo hoy día, y más si se hace como imposición teórica, de modo que la única solución real es ponerse a hacer otras cosas, y dejar la teoría para ratos sueltos. Nada nuevo, por otra parte, pero tenía que decirlo.
Hay cosas que están en el aire, y en tal concentración que comienzan a condensar por todos lados a la vez, dando lugar a proyectos aparentemente inconexos pero que acaban hablando de las mismas cosas. Para muestra, ahí va un parecido razonable:
Espacio Creativo Independiente de Córdoba:
Promotorium, del que en breve espero publicar algo más por aquí:
Es fantástico. Encuentros así, unidos a muchos otros razonamientos y varias conversaciones sueltas, me hacen pensar que puede que haya llegado el momento de “extraer” de mi PFC la parte relacionada con la creación de espacios de trabajo, y encontrarle un lugar por derecho propio en la realidad. Más reflexiones en breve…
Hay sólidos que pasan a ser líquidos, e incluso sólidos que pasan directamente a ser un gas. Hay solteros que pasan a estar casados, y casados que pasan a estar solteros. Hay orugas que en un momento dado ya no son orugas y son crisálidas, y poco después tampoco son crisálidas sino mariposas. Hay gente que está en California un día, y al siguiente está en Arizona. ¿Y qué tienen en común todos esos casos? Que suponen un cambio de estado.
Como también lo supone, en mi caso, dejar de ser estudiante de arquitectura y pasar a ser arquitecto.
[ Dejo un hueco para que imaginéis que estamos en un espacio bastante mayor de 17 m y con paramentos poco fonoabsorbentes, y así podáis oír el eco de esas palabras resonar grandiosamente en la penumbra ]
arquitecto
quitecto
ecto
to
o
…
[ Ahhh... qué maravilla. Francamente: me metí a arquitecto por lo bien que sonaba, y miradme, miradme... bueno, ya está bien de ñoñeces ]
Y ahora que me he quedado a gusto, dejadme que matice algunas cosas: en realidad quería decir que he pasado de ser estudiante de arquitectura (dedicado y mantenido) a convertirme en una cosa indefinida, un “aprendiz de todo lo demás” con permiso para convertirse en arquitecto si se lo propone y se lo curra. Porque ni el hábito hace al monje ni el título al profesional, refranísticamente hablando. (Y no hay tal que por quién no venga, que quien a windsurfer se arrima, poca sombra le cobija, pero eso es irse por las ramas.) Así que nada, ahora ya, sin remedio, toca intentar vivir todos los sueños que he ido acumulando durante estos años de daydreaming. Digo yo. Al menos algunos de ellos para, lennonísticamente hablando, mantenerme ocupado haciendo otros planes mientras me sucede eso que llaman la vida.
PD: Anda, resulta que hasta echaba de menos bloguear :D