El juicio final

El cielo y la tierra se separarán, y bajará el Admonitor sobre tus obras. Y cada grúa será una cruz para ti; cada estructura, una osamenta. Y pagarás lo que hiciste, oh Especulador. Retira tus proyectos si aún puedes. No eleves más tus torres; ni una planta más. Porque llegará el día en que te juzguen y todo el peso de tus obras gravite sobre ti. Sentirás fraguar la rabia alrededor, y ya no habrá salida. Se acabó tu tiempo, Deconstructor. Tu tiempo se ha acabado.

Manda a tus arquitectos, cuando claree, a contar cuántas flores aplastaron con sus trazos.

El equipaje [cuentacuentos versión beta]

Nunca he sabido hacer el equipaje, pensó de pronto, agarrándose con fuerza a la barra del autobús y a una esperanza inesperada, surgida de la nada. De modo que seguramente me habré dejado algo en su casa, y tendré que pasarme a recogerlo. Al llegar reviso la mochila, y si falta algo, la llamo. Es buena excusa para volv… Nooo, para, para. La llamas dentro de un par de días, quizás más. Eso es. Dejaré que se calmen los ánimos, que me eche un poco de menos; seguro que lo hará, también es humana, joder; y entonces sí, la llamaré. Volveré a su casa, ella me abrirá, y al darme la prenda en cuestión, se quedará quieta, con los ojos brillantes; se dará cuenta de que me quiere, de que todo fué un error, y me di

Un frenazo certero hizo chirriar las ruedas. Su cuerpo osciló desprevenido y la frente golpeó la barra a la que se sujetaba. Fue como si, en ese mismo instante, la realidad le hubiera sacudido la conciencia. Su mirada fue bajando, siguiendo a sus sueños en la caída, resbalando por las fachadas que volvían a acelerarse ante él tras la ventanilla. Un pensamiento diferente había subido en la parada.

No, nunca has sabido hacer el equipaje. Y esta vez, idiota, te has dejado algo que no podrás recuperar, porque ni siquiera estaba en la maleta. No se pueden embalar las ilusiones.

Flasheando

Bueno… otro programa (Flash); otro formato; infinidad de nuevas posibilidades. Os dejo una curiosidad, para los que no la hayáis visto. Es una postal digital que hice para felicitar el nuevo año a la gente del club de windsurf. Lo peor fue seleccionar y recortar cada una de las diminutas imágenes que la forman. Hay cosas que se podrían mejorar, pero… bastante es que la llegara a acabar a tiempo.

Felicitación Año Nuevo WSA 2007

enlace: [ chema madoz ]

Seguro que todos habíais visto alguna vez una de las sorprendentes imágenes de este fotógrafo.
Bueno, “sorprendentes” es decir poco: las asociaciones de ideas te dejan el cerebro patas arriba, como explotado. Sencillamente genial.

Photoshopeando

Este dibujito muchos ya lo conoceréis, y no me gusta repetirme, pero quería hacerlo constar aquí por ser el primero (y hasta ahora, el único) que he hecho directamente en el Photoshop, con el ratón.

No tengo la más mínima base técnica de cómo dibujar en Photoshop (ejm… ni de cómo dibujar en general, salvo algo de carboncillo y lápiz), así que fue una “primera vez” en todos los sentidos. Lo que hice, dado que lo que buscaba era una prueba para ver cómo iba a quedar, fue distribuirlo todo en varias capas, en este orden:

Fondo liso – primera capa de arena en el aire y en la duna – relleno del camello – relleno del jinete – pinceladas de contorno en negro – arena de la duna – arena en el aire – y más arena en el aire.

De ese modo podía controlar la transparencia y, con la opción Ajustes/Tono y saturación del menú Imagen, la saturación, el tono y la luminosidad de cada capa. Luego ya sólo quedaba jugar con diferentes pinceles, y empezar a garabatear.

Maravilla de programa, no deja de sorprenderme. Sencillez total con potencia casi ilimitada. Si hago un par de dibujos más como este, creo que me daré el gustazo de comprarme una tableta digital Wacom o similar, que con eso ya debe ser otra cosa.

PD: No lo pongo en alta resolución porque no está tan bien como para merecerlo, pero si alguien tiene curiosidad, no tiene más que decirlo.

Le luthier amateur

Una tarde, hace unos años (vivía aún en aquella casa con jardín) mientras tocaba el violín, me di cuenta de que el puente, esa pequeña pieza que mantiene elevadas las cuerdas, se apoyaba de forma un poco sesgada sobre la caja. Se me ocurrió que, sin menospreciar el trabajo del luthier, yo podía arreglarlo fácilmente por mí mismo.

Esquema de un puente típico de violín

Destensé las cuerdas y el puente quedó suelto. Lo llevé al garaje–taller y comencé a lijarle los apoyos para dejarlos perfectamente perpendiculares. Pues bien, he aquí un gran defecto que me impediría ser escultor: una vez comienzo a quitar materia, me resulta difícil parar, y lo más probable es que a golpe de escoplo acabase quedándome sin nada en las manos. Tras lijar los apoyos, decidí que podría estar bien redondearle algunos bordes con la lija, y así lo hice. Lijé todos los bordes. El puente quedaba… interesante, como más suave a la vista, pero la máquina talladora se había puesto en marcha. Vi el cutter sobre la mesa, miré el puente, volví a mirar el cutter, y sin pensarlo demasiado, comencé a cortar.
Si recorto esta punta por aquí, y corto en bisel esta otra… y esa otra…

Puente modificado

Bueno, ya lo veis. Lo que era un puente tradicional, con cantos afilados y delicados cortados a máquina, acabó en una pieza de artesanía de inspiración modernista, como vegetal. Sólo al empezar a repasarlo con la lija me pregunté si no me estaría cargando el sonido. En fin, un puente no es tan caro, pensé, se puede sustituir, así que lo acabé y lo volví a montar.

Debo decir que a mis oídos, el sonido del violín no perdió ni un solo punto. En realidad, el puente sigue haciendo su función de apoyo y transmisión sonora. Aunque al verlo parece mucho más inestable que uno tradicional, tuve el buen tino de cortar sólo las “florituras” decorativas, dejando intactas las partes resistentes.

Y ahora, cada vez que lo saco para tocar un rato, puedo sentir la satisfacción de haberme hecho, si no un violín completo, al menos una parte de él. No es más bonito (más bien… al contrario) ni mejor que el original: simplemente, lo hice yo. Es un valor “canjeable” sólo por mí mismo, pero en fin, es un valor añadido. El que no lo entienda, que se haga uno.

Europa, ¡tengo frío!

Después de comer, antes de recoger los platos y fregarlos y después de mirar otra vez por la ventana para ver si había subido el viento, me he sentado en el sillón y he cogido un periódico de hace tres semanas. (Me cunden mucho, sí). Curioseando artículos y noticias por leer, he topado con una columnita olvidada, y con un párrafo que no tiene desperdicio:

Europa, y así lo reconocían las conclusiones de la cumbre, quiere limitar el calentamiento del planeta a dos grados centígrados por encima de la temperatura media de la era preindustrial. Semejante propósito exigirá limitar aún más las emisiones de gases contaminantes que lo convenido: entre un 60% y un 80% en el 2050, con respecto a 1990.

Lo he leído tres veces seguidas hasta el primer puntoyseguido. Aquí está sucediendo algo, amigos: algo muy importante. Un periodista, en una noticia relegada a una columna esquelética en un rincón del diario, anuncia tranquilamente que a un grupillo de países le parece que deberíamos dejar de subir la temperatura del clima. ¡Como quien no quiere la cosa!
Por un momento me ha sonado totalmente como si estuvieran hablando de darle o no al botón del aire acondicionado para regular la temperatura del salón de su casa.
“Venga, gente, que empieza a hacer calor, vamos a regular la temperatura del planeta a dos grados por encima, que así estaremos bien”.

Hace unos años, eso hubiera sido pura ciencia-ficción. Ahora, nos parece lo más normal del mundo que el hombre pueda controlar el clima del planeta y pueda comentarlo desde una esquinita de una columnita de un periodiquito. ¡Es normal! ¡Podemos controlar el clima! (Nota: Para mí que lo que va a ser ciencia-ficción, a este paso, no es que dentro de 43 años tengamos una atmósfera poco más caliente, sino que aún tengamos atmósfera, es decir, una esfera respirable envolviendo el planeta.)

Como decía, esa noticia habría sido impensable hace apenas un par de décadas, y menos, si me apuráis. Vamos, que habría sido imposible hasta hace un par de años, que es cuando por fin el calentamiento global pasó a ser lugar común. En realidad, habría sido inconcebible hasta el mes pasado… y hoy mismo, ahora que lo pienso, sigue sin ser más que una utopía. Mañana… mañana, mejor no pensarlo.

¿Que podemos cambiar el clima? Desde luego. Sobraos vamos. Pero de ahí a que podamos regularlo, hay un abismo tan grande que caeremos todos dentro antes de llegar al otro lado. Porque claro, aun en el improbable caso de que todos los países de Europa cumpliesen los objetivos (España, ni soñarlo… ¡antes, nos salimos de la UE!) habrá que pensar que probablemente a Estados Unidos le parezca que el termostato debería fijarse unos cuantos grados más alto, y China, con seguridad, no va a querer ser menos. Y que no se le crucen los cables a toda Latinoamérica… (A los japoneses, aunque son casi una potencia en sí mismos, no los cuento porque son pequeñitos y seguro que ya estarán trabajando en diseñar un aparatejo que se fija en la muñeca, lleva pilas biológicas, cámara fotográfica con zoom 3x, una mascota digital, internet vía satélite, y además ¡nuevo! te salva del cambio climático).

Que no, señores. Que modificar la naturaleza es un juego de niños (pues no he quemado yo hormigas con la lupa, en mis tiempos), pero regularla, lo que se dice regularla, requiere mucha experiencia: por lo menos haberse cargado dos planetas previamente, intentándolo. Y además, déjenme decirles que es completamente estúpido: la naturaleza, hasta donde yo sé, se regula ella solita. Pero no, somos tan soberbios que tenemos que desregularla para luego intentar imponerle nuestras propias ideas. Porque claro… ¡seguro que es más rentable respirar monóxido de carbono! ¡De ese sí que hay para todos! ¿El oxígeno? Pero chico… ¡si ya lo respiraban los romanos! Hay que progresar…

No tenemos ni idea de lo que hacemos. Con todo, debo elogiar la postura de la UE porque estoy de acuerdo en que, si tuviera un termostato al alcance de la mano, no lo pondría a más de dos grados sobre la temperatura de la era preindustrial. Lástima que el único regulador que tenemos, que es el acuerdo-compromiso internacional, requiera tantas contraseñas para ser activado… y la mayoría de ellas estén en manos de unos tarambanas que sólo piensan en irse de fiesta, suban los grados que suban.

Por cierto, Europa, ¿no podríamos darle dos vueltas más al indicador de CO2?

¡Que aquí en el Polo Norte aún hace un frío del carajo!

Ella, él

Ella yacía silenciosa, anhelante, esperando medio recostada sobre un lecho de flores. El sol la bañaba cálidamente, inundándola de luz y de una languidez placentera, casi un abandono. Él, atrevido, la recorría lentamente, a la par que la brisa, de abajo a arriba, aventurándose allí donde otros no habían llegado, donde otros, sintiendo algo parecido a una mirada reprobadora, desafiante, se habían vuelto atrás. No ahora; él no. Ahora era, sin vuelta atrás, el primer hombre en pasear por cada blanda extensión, doblar cada ángulo duro, deslizarse regocijado y silencioso, como tímido, en esos angostos pliegues donde nunca llega el sol. Y seguir más arriba, sobrecogiéndose ante cada descubrimiento, cada nueva belleza encontrada en un rincón inexplorado, cada paso que lo llevaba más allá de donde había creído llegar. Podía oír su propia respiración agitada, y de tanto en tanto, esos vagos rumores retumbantes muy dentro de ella, que poco después surgían en intermitentes sacudidas, temblores delatores de un gran estremecimiento interior. Pero él, incansable, seguía su recorrido invisible y vacilante, volviendo a veces atrás, deteniéndose un poco, casi demasiado, para continuar luego en una dirección imprevista. Estaba llegando, él lo sabía. El aire parecía no querer entrar en los pulmones, ya no había más fin en la vida que llegar, llegar por fin a la cúspide, la cima anhelada e indescriptible, y con un único grito salvaje, abandonarse a aquella sublime forma de felicidad: la de ser el primer hombre, entre todos los demás, en haber logrado pisar la cumbre del Everest.

Crítica a la analogía simplista

Dijo el arquitecto:
– Mi edificio será como un ave.
Y contestóle un ave que pasaba:
– Más fácil sería para mí ser edificio de ladrillo, columna y arquitrabe, que a tu obra parecerse a un estornino o una gaviota.
Ceñudo, el arquitecto alzó la vista, y rebatió:
– Cierra el pico, insensata. Pues yo no capto fútiles detalles. Es la esencia de las aves la que busco. Es la esencia la que cabe en mi proyecto.
– Dime, pues ¿qué es esa esencia?
– Haré que el hormigón vuele ligero.
– Esa no es la esencia de las aves. También vuelan ligeros los insectos.
– Haré que tenga dos hermosas alas, que su esqueleto sea sin duda el más liviano, que su espíritu sea el aerodinámico vuelo.
– Mala ave será, si no tiene plumas. No, no hay tal esencia.

– ¿Qué sabes tú, avecilla, de edificios?
– ¿Qué sabes tú, arquitecto, de las aves?

En las nubes

Fotos sacadas desde mi ventana, tal cual salieron de la cámara. Son del mismo día, en una de esas tardes extrañas en las que a un lado brilla el sol, y al otro se desata una tormenta.

Casi casi se pueden tocar…

Logotipo e imagen: WSA

El diseño gráfico siempre me ha atraído. Cuando en el Club WindSurf Área me contaron que un par de años antes a mi llegada habían intentado infructuosamente elegir un logotipo, me puse manos a la obra, con la intención de conseguir llegar a una imagen corporativa que nos identificase de forma unitaria de cara al exterior. Por tanto, no se trata de un encargo profesional, sino de pura afición. El proyecto lleva dos años (o más) en marcha, avanzando muy lentamente, parándose y volviendo atrás, pero al fin hemos llegado a unos resultados claros, y por lo que sé, la gente está contenta. Cada vez más cosas van tomando la nueva imagen.

Voy a intentar ir contando por fases todo el proceso de diseño, mostrando los cambios en éste, las aplicaciones que se le iban encontrando…

Debo decir que es el primer logotipo que he diseñado, o al menos era el primero y único cuando comencé con él. Las primeras pruebas iban en buena dirección, pero faltaban ciertos conocimientos sobre cómo debería ser un logotipo.

El primer dibujito, hecho nada más y nada menos que con AutoCAD:

A la primera oportunidad se lo enseñé a un amigo que trabaja como ilustrador, el cual tuvo el buen tino de no decirme que era una birria, y además me hizo dos comentarios certeros. Primero, que la composición general tenía buena pinta, y segundo, que tenía que eliminar mucho detalle, abstraer un poco las formas para hacerlas más legibles a cualquier escala. Fue un gran “cambio de chip”: no se trata de dibujar fielmente, sino de evocar y atraer. Parece que capté el concepto, y cuando le enseñé la segunda versión, dijo algo así como “si fuera yo, no lo tocaba más” (aunque debió pensar “qué cosa más horrible”).

La verdad es que la segunda versión superó realmente a la primera…
Esta, realizada ya en Corel Draw, incorporaba las ideas básicas que se han mantenido hasta hoy. Es un logo de dos partes:
– Un icono, un símbolo gráfico referente al windsurf.
– Un grupo formado por las tres siglas que tradicionalmente han designado al club, con un tratamiento gráfico significativo, potente en sí mismo.

Esas dos partes se pueden leer por separado o combinar entre sí de cualquier manera sin romper la imagen global. Desde el principio intenté evitar la obviedad del color “azul porque es el color del mar” (mentira, el mar es verde, y plateado, y marrón, y…), decantándome por unos colores más “abstractos”. En cualquier caso, estaba previsto que la combinación de colores pudiera ser cualquier otra.
Con esa idea de la versatilidad, en el documento que les presenté finalmente adjunté varias aplicaciones posibles. Por cierto, los colores del final salieron horribles; es lo que tiene no controlar la gestión del color del Corel.

Hasta aquí, la primera propuesta de logotipo e imagen. Para ser mi primer proyecto de ese tipo, la verdad es que no quedó tan mal, el logo realmente funciona como yo esperaba. Las letras y el dibujo encajan en el mismo estilo, y tienen la suficiente personalidad como para figurar por separado. El formato cuadrado y rectangular también funciona muy bien en banderas, en camisetas, como sello…


El caso es que en cuanto la hube acabado, presentado y sometido a la tibia evaluación de los socios, la guardé y me puse a diseñar otra diferente. Pero eso lo dejo para otro día…

El Cuentacuentos

Como ya dije, soy de los que escribe los relatos leeentamente, y según me vengan las ganas o la inspiración. A veces, estoy varios meses en blanco, y otras veces escribo en un solo día 10 páginas (que luego tardaré 2 años en perfeccionar, claro…).

Pues bien, gracias a una amiga he encontrado una forma totalmente opuesta de escribir: buscar un “detonador” cada semana, y escribir un relato basado en él. Es algo más “brainstorm”, escribes lo que se te ocurre sin muchas vueltas.
No sé si me apuntaré. Por un lado, está claro que escribiendo se aprende a escribir, pero eso de hacer “relatos por encargo”… ¿va conmigo? No sé.

Pero la iniciativa me encanta: ojito al Cuentacuentos.

Colisión imposible

Recuerdo una tarde de este verano… y la recuerdo pese a que en aquel momento decidí que lo mejor era olvidarla y evitarme el bochorno de contarla una y otra vez. Mis padres, por supuesto, no lo saben, porque quiero seguir haciendo windsurf con su consentimiento.

Llevaba unas horas navegando con aquel milagroso levante veraniego para 5’3, y estaba yo en el momento más placentero del día. El sol comenzaba a caer, a cuarenta grados ya de su meta entre los montes lejanos, y bañaba en oro el choppy recalentado y las cabezas tostadas de los bañistas. Cada largo era más idílico que el anterior.
Tranquilamente planeando, sin pensar en nada que no fuera dar una vuelta disfrutando del viento restante, salí por el carril de boyas, y unos cincuenta metros mar adentro, bajé la velocidad, hice una virada, y volví encarando la proa hacia las boyas adecuadas… algo que siempre hago medio a ciegas, mi vista no da para más. Todo perfecto, una mano rozando el agua en windsurfeliz placidez, las boyas ya a pocos metros, ya distinguía a la gente en el chiringuito…

Y de pronto, un golpe brutal en la botavara.

Un sonido como de metal contra metal, cerca de la escota.

Una fuerza poderosa me sacudió el aparejo y me lanzó, impotente, por los aires, hasta caer catapultado a barlovento, tumbado de espaldas sobre la vela, la cabeza contra la botavara y parpadeando de cara a la playa y al sol poniente. Tras los inevitables instantes de perplejidad total, desenganché el arnés y me deslicé hasta el agua, buscando a mi espalda con la mirada el ser, ente u objeto causante del encontronazo.

Y sí, allí estaba el monstruo, a tres o cuatro metros de mí, casi inmóvil.

Enorme… ¿10 metros? ¿Más? ¡Dios mío! ¡No era posible!

Pero sí, sí, allí estaba, ineludiblemente. Una auténtica y amenazadora mole blanca, con sus dos pisos de ventanas oscuras, sus cubiertas cuidadas de madera tropical y su escalerilla de aluminio en la proa, aún con la marca, supongo, de mi querida botavara.

“Un yate… coño, ¡un yate!”

Mi mente, bloqueada, le daba vueltas a la misma única idea.

“Joder, hay un yate enorme casi tocando mi vela… ¿me acabo de chocar con él?… ¿o se ha chocado él conmigo?… está claro que es real… pero ¿de dónde ha salido?… ¿ha estado siempre ahí?… ¡no estaba antes, estoy seguro!… ¿y si es un submarino?… pero…”

Tardé unos momentos en darme cuenta de que desde la espalda del enorme crustáceo, algunos metros más arriba, un tipo con gafas de sol estaba inclinado sobre la barandilla, gritándome algo en arameo. La conversación que siguió, del barco al agua y del agua al barco, con todos los pasajeros del tal Nessie mirando sorprendidos por la borda, apenas la recuerdo. Sólo recuerdo una cosa: lo difícil que resulta explicar a un patrón enfadado que no es que quisieras ponerte a tiro y por eso justo has virado y vuelto a pasar, sino que no has visto su pequeño barco de unos cuantos metros cúbicos de desplazamiento desde tu enorme tablón… de 98 litros.

“No se lo vaaaa a creeeer, peero eesqueee no le heeee vistooooo…”

Y peor aún: lo imposible que resulta sonar conciliador cuando tienes que comunicarte a gritos mientras las olas te zarandean con peligro de estampar tu frágil material contra el blindaje enemigo.

Un prudente

“VALE, LOOOO SIEEEEENTOOOOO, NO HA PASAAADO NADAAAA, PUEEEEDEEEEN CONTINUAAAAAR”

seguramente estaba llegando a oídos del guaperas en forma de algo así como

“TÚ DALE, ZOPEEEENCOOOO, HIJODELAGRAAANCHINGADAAAAA, VETEEE YA A CAGAAAAAAR”…

Juro que le pedí disculpas quince o veinte veces, y el jurará que lo insulté otras tantas. Al final, cansado de la situación, con mis neuronas a punto de estallar por el esfuerzo y aunque aquel seguía gritando algo (ahora en bengalí cerrado), giré la vela, hice el waterstart más veloz de mi vida, y salí zumbando hacia las boyas salvadoras, donde el monstruo no iba a seguirme.

Cuando por fin puse pie en el fondo limoso de la playa, me sentí como Colón pisando América. Miré alejarse el yate, con la mismas preguntas golpeando en mi mente (¿cómo coñ..? ¿de dond…? ¿por qué caraj…?) y finalmente me volví, derrotado, hacia los -afortunadamente pocos- espectadores que esperaban en la orilla.

“¿¡Qué miráis!?”

Freestyle: Platja del Tamarit

Bueno… la primera vez que alguien se viene con cámara a mi “secret spot” y me pilla intentando cosas. Gracias mil a Álvaro, el fotógrafo. No hay nada como verse en las fotos para darse uno cuenta de por qué no le sale una determinada maniobra…

A ver, seamos autocríticos… ¿Qué errores se ven en las fotos de estos intentos de volcano?

Acercamiento: Correcto. Cuerpo erguido, peso centrado en la tabla, aparejo en posición vertical, mano delantera cerca del mástil… hmmmm… no lo suficientemente cerca, pero ahí estaba aún a punto de tirarme más al largo.

Rotación: Vamos bien de altura, la mano izquierda está perfectamente en su sitio, el cuerpo está girado en la dirección adecuada, pero… la mano derecha, ¿qué hace extendida tan atrás? Es uno de los mayores fallos que cometo siempre. La mano debería ya estar buscando el mástil o la botavara. De otro modo, acabo patinando con esa mano extendida en el aire, y no cambio la vela.

Aterrizaje: La postura del cuerpo es más o menos correcta, pero la mirada no está dirigida a su sitio, no miro atrá lo suficiente, y acabo dejando que el peso del cuerpo se vaya hacia atrás.
El mástil, por otro lado, está demasiado inclinado en la dirección de la derrapada, cuando debería estarlo justo hacia el otro lado para equilibrar el peso. En general, demasiado encogido.

Ya lo tengo casi casi casi… Y la sesión fue una absoluta maravilla, con el sol, el agua como una pista, las dunas detrás…

Disección

Durante unos instantes traté de no mirarla, fingiendo estar concentrado en despedazar el enorme crustáceo sobre el plato, ante mí. Quería ganar tiempo, volverme eterno, eterno, eterno…

Cuando alcé la vista me arrepentí de haberla dejado hablar. Sus ojos, hacía nada sonrientes, ilusionados, comenzaban ahora a mostrar un atisbo de inquietud. Me arrepentí de haberla conocido, de haberla escuchado mientras me ofrecía todo cuanto deseaba; me arrepentí de lo que yo mismo iba a decir. Mis labios no sonreían, y algo como el miedo temblaba ya en los suyos.

Forcejeé con la dura envoltura del marisco, sintiendo su mirada vacilante y deseando besarla y a la vez estar muy lejos. Tuve que agrietar mi alma para que escaparan los sonidos.

Clara, voy a ser sacerdote.


Y el cuchillo rompió el caparazón y se abrió paso hacia adentro, muy hondo, desgarrando la carne caliente, la fibra, los ligamentos.

El diccionario y yo

Hay tres personas en este mundo que entienden mi afición por los diccionarios: yo, yo mismo, y mi alter ego (para entendernos: yo cuando estoy de mal humor).
Si alguna vez, dice la plebe, existió un libro árido y desapasionado, ése es el diccionario. No puedo menos que recordar a Horacio (Rayuela, de Julio Cortázar) refiriéndose a él como “el cementerio”. Y sin embargo, ese mismo personaje, como su autor, le daba vueltas alegres a cada definición o término allí designado, convirtiendo la función metalingüística en un verdadero arte aún por desarrollar. Absolutamente optimista, fascinante, fresco, qué grande sos, Cortázar…

Para mí, el diccionario es uno de los proyectos culturales más difíciles jamás emprendidos. Ale, ¡vamos a definir todo el lenguaje! Condición: sólo vale utilizar el lenguaje para ello. A ver, al que le parezca fácil, que le pida a la pintura que se defina a sí misma, en todas sus variantes y matices. O que intente currarse él solito una definición de diccionario.
Para mí tiene algo romántico, de desafío innecesario. Como anotar algo que sabes que no olvidarás. Pero no deja de ser un ejercicio de autoconciencia, de contemplación, de constatación maravillada en plan “¡el lenguaje funciona!”Porque funciona, oigan. Mil y una veces, tras intentar en vano dar correcta definición a un término y acabar hecho un lío, me decido por fin a buscarlo… y ahí está, impecablemente definido. Pero bueno, ¿quién es el autor de esto, y qué le pasa para no ser tremendamente famoso?

Estoy sentado en el sofá, pensando o soñando despierto, que para el caso da igual. En algún momento dado iré a dar, por ejemplo, con la palabra conciencia. Conciencia. A ver quién no la ha usado alguna vez. Vale, pero: ¿quién es el guapo que la define? Entonces, me paro un momento, y comienzo a buscar palabras que pudieran servir para decir lo mismo de forma más larga. Al rato, ensayando mi tono más docto, acabo enunciando:
“Capacidad de la mente por la cual un ser es conscient…” no, espera, si hay algo que no vale en una definición, es usar la propia palabra definida o sus derivados. O referirse a otra definición, que es lo que más odio de un mal diccionario. Aquellos que te dicen:

CANÓNIGO. m. El que obtiene y desempeña una canonjía.

Ahí le has dado, muchacho. Qué definición soberbia. Vamos, pues, murmurando entre dientes, a buscar canonjía, que suena casi peor, pero que al menos queda cerca.

CANONJÍA. f. Prebenda del canónigo.

Sin palabras, me quedo. Menudo insulto a mi ignorancia. Algo así como decirme: ¿es que no sabes lo que es un canónigo, cazurro? Hmmm… ¿buscamos cazurro en el diccionario? Seguro que pone “el que obtiene y desempeña la cazurría”. Sólo nos quedan dos salidas: o inventarme yo la definición en plan…

CANÓNIGO. m. Igo, fruto resultado de injertar una higuera mediante un canon exento de haches.

… o buscar en el cementerio esa palabra macanuda, prebenda, a ver si así por lo menos nos enteramos de qué es lo que le pasa al tipo ese.
Buscamos la “P”… No, este diccionario va por tomos. Otra cosa que me revienta: los diccionarios enciclopédicos, bulímicos de palabras y otras cosas, a reventar de nombres propios. Esperen, que voy a por el tomo “M-R”, que el que tengo es el “A-CH” (nótese, por lo de CH, la avanzada edad del monstruo).

Aquí está… P… Planografía… Poema… Preexistir, me he pasado… Prao, rayos, me he vuelto a pasar… Preb… ¡Aquí!

PREBENDA. f. Renta anexa a un oficio eclesiástico. Cada uno de los…

¡Ya está, ya está! No me digas más: un ¿cómo era?… canónigo, es un tipo de esos de la iglesia. ¿Que no sabremos nunca su rango, posición y función? Pues bueno, algo de misterio siempre hace más interesante la vida.

Eso es un mal diccionario, bien lo habéis visto aunque no hayáis tenido que cargar con los tomos (grandes, verdes y feos) de aquí para allá. Y como yo no quiero caer en los mismos errores, voy a seguir intentando definir la palabra conciencia sin usar ni conciencia, ni concienciar, ni concienzudo, ni… Ya experto en formato diccionarial, lo intento de nuevo:

CONCIENCIA. f. Capacidad de la mente por la cual un ser se da cuenta.

Porque digo yo, uno cuando es consciente es que se da cuenta de algo, ¿no? Pero ¿de qué? Pues de lo que sea. Bueno, para que quede más redonda:

CONCIENCIA. f. Capacidad de la mente por la cual un ser se da cuenta de algo.

Lo malo es que darse cuenta no queda muy serio. Y dado que es una expresión coloquial que puede no ser igual en todas partes, alguien se podría poner a buscar “darse cuenta” por todo el diccionario, acordándose de mis ascendientes y maldiciendo a mis descendientes.

¿Sabéis qué? Me rindo, a ver qué pone en… en… ¡el tomo A-CH!

PD: Ahora sí que ya, tengo que decirles a mis padres, que dado que se llevaron mi querido diccionario de la RAE, al menos se lleven también este… esto, para evitarme mayores disgustos…
Y cuando tenga el bueno, buscaré (sonrisa perversa) la palabra diccionario

Trabajo de urbanismo con illustrator

Pongo un pantallazo del espacio de trabajo. Creo que es el primer trabajo que hicimos utilizando ese programa y ese estilo gráfico (mancha y transparencia, en lugar de línea y trama, típicas de AutoCAD).

Es realmente agradable de utilizar, y es muy efectivo sobre todo para recrear situaciones posibles del proyecto en planta y sección (sustituyendo a los dichosos renders), o para esquemas más rápidos. Creo que tengo que hacer un resumen de “características que hacen el Illustrator más práctico para la arquitectura que el Corel”. Porque nadie acaba de creérselo hasta que lo prueba.

Todo está dibujado directamente en el programa, salvo las cotas y la línea de sección, que importé ya a escala desde AutoCAD (via PDF). Me lo pasé en grande dibujando las figuritas, lo reconozco.