El juicio final

El cielo y la tierra se separarán, y bajará el Admonitor sobre tus obras. Y cada grúa será una cruz para ti; cada estructura, una osamenta. Y pagarás lo que hiciste, oh Especulador. Retira tus proyectos si aún puedes. No eleves más tus torres; ni una planta más. Porque llegará el día en que te juzguen y todo el peso de tus obras gravite sobre ti. Sentirás fraguar la rabia alrededor, y ya no habrá salida. Se acabó tu tiempo, Deconstructor. Tu tiempo se ha acabado.

Manda a tus arquitectos, cuando claree, a contar cuántas flores aplastaron con sus trazos.

El equipaje [cuentacuentos versión beta]

Nunca he sabido hacer el equipaje, pensó de pronto, agarrándose con fuerza a la barra del autobús y a una esperanza inesperada, surgida de la nada. De modo que seguramente me habré dejado algo en su casa, y tendré que pasarme a recogerlo. Al llegar reviso la mochila, y si falta algo, la llamo. Es buena excusa para volv… Nooo, para, para. La llamas dentro de un par de días, quizás más. Eso es. Dejaré que se calmen los ánimos, que me eche un poco de menos; seguro que lo hará, también es humana, joder; y entonces sí, la llamaré. Volveré a su casa, ella me abrirá, y al darme la prenda en cuestión, se quedará quieta, con los ojos brillantes; se dará cuenta de que me quiere, de que todo fué un error, y me di

Un frenazo certero hizo chirriar las ruedas. Su cuerpo osciló desprevenido y la frente golpeó la barra a la que se sujetaba. Fue como si, en ese mismo instante, la realidad le hubiera sacudido la conciencia. Su mirada fue bajando, siguiendo a sus sueños en la caída, resbalando por las fachadas que volvían a acelerarse ante él tras la ventanilla. Un pensamiento diferente había subido en la parada.

No, nunca has sabido hacer el equipaje. Y esta vez, idiota, te has dejado algo que no podrás recuperar, porque ni siquiera estaba en la maleta. No se pueden embalar las ilusiones.

Flasheando

Bueno… otro programa (Flash); otro formato; infinidad de nuevas posibilidades. Os dejo una curiosidad, para los que no la hayáis visto. Es una postal digital que hice para felicitar el nuevo año a la gente del club de windsurf. Lo peor fue seleccionar y recortar cada una de las diminutas imágenes que la forman. Hay cosas que se podrían mejorar, pero… bastante es que la llegara a acabar a tiempo.

Felicitación Año Nuevo WSA 2007

enlace: [ chema madoz ]

Seguro que todos habíais visto alguna vez una de las sorprendentes imágenes de este fotógrafo.
Bueno, “sorprendentes” es decir poco: las asociaciones de ideas te dejan el cerebro patas arriba, como explotado. Sencillamente genial.

Photoshopeando

Este dibujito muchos ya lo conoceréis, y no me gusta repetirme, pero quería hacerlo constar aquí por ser el primero (y hasta ahora, el único) que he hecho directamente en el Photoshop, con el ratón.

No tengo la más mínima base técnica de cómo dibujar en Photoshop (ejm… ni de cómo dibujar en general, salvo algo de carboncillo y lápiz), así que fue una “primera vez” en todos los sentidos. Lo que hice, dado que lo que buscaba era una prueba para ver cómo iba a quedar, fue distribuirlo todo en varias capas, en este orden:

Fondo liso – primera capa de arena en el aire y en la duna – relleno del camello – relleno del jinete – pinceladas de contorno en negro – arena de la duna – arena en el aire – y más arena en el aire.

De ese modo podía controlar la transparencia y, con la opción Ajustes/Tono y saturación del menú Imagen, la saturación, el tono y la luminosidad de cada capa. Luego ya sólo quedaba jugar con diferentes pinceles, y empezar a garabatear.

Maravilla de programa, no deja de sorprenderme. Sencillez total con potencia casi ilimitada. Si hago un par de dibujos más como este, creo que me daré el gustazo de comprarme una tableta digital Wacom o similar, que con eso ya debe ser otra cosa.

PD: No lo pongo en alta resolución porque no está tan bien como para merecerlo, pero si alguien tiene curiosidad, no tiene más que decirlo.

Le luthier amateur

Una tarde, hace unos años (vivía aún en aquella casa con jardín) mientras tocaba el violín, me di cuenta de que el puente, esa pequeña pieza que mantiene elevadas las cuerdas, se apoyaba de forma un poco sesgada sobre la caja. Se me ocurrió que, sin menospreciar el trabajo del luthier, yo podía arreglarlo fácilmente por mí mismo.

Esquema de un puente típico de violín

Destensé las cuerdas y el puente quedó suelto. Lo llevé al garaje–taller y comencé a lijarle los apoyos para dejarlos perfectamente perpendiculares. Pues bien, he aquí un gran defecto que me impediría ser escultor: una vez comienzo a quitar materia, me resulta difícil parar, y lo más probable es que a golpe de escoplo acabase quedándome sin nada en las manos. Tras lijar los apoyos, decidí que podría estar bien redondearle algunos bordes con la lija, y así lo hice. Lijé todos los bordes. El puente quedaba… interesante, como más suave a la vista, pero la máquina talladora se había puesto en marcha. Vi el cutter sobre la mesa, miré el puente, volví a mirar el cutter, y sin pensarlo demasiado, comencé a cortar.
Si recorto esta punta por aquí, y corto en bisel esta otra… y esa otra…

Puente modificado

Bueno, ya lo veis. Lo que era un puente tradicional, con cantos afilados y delicados cortados a máquina, acabó en una pieza de artesanía de inspiración modernista, como vegetal. Sólo al empezar a repasarlo con la lija me pregunté si no me estaría cargando el sonido. En fin, un puente no es tan caro, pensé, se puede sustituir, así que lo acabé y lo volví a montar.

Debo decir que a mis oídos, el sonido del violín no perdió ni un solo punto. En realidad, el puente sigue haciendo su función de apoyo y transmisión sonora. Aunque al verlo parece mucho más inestable que uno tradicional, tuve el buen tino de cortar sólo las “florituras” decorativas, dejando intactas las partes resistentes.

Y ahora, cada vez que lo saco para tocar un rato, puedo sentir la satisfacción de haberme hecho, si no un violín completo, al menos una parte de él. No es más bonito (más bien… al contrario) ni mejor que el original: simplemente, lo hice yo. Es un valor “canjeable” sólo por mí mismo, pero en fin, es un valor añadido. El que no lo entienda, que se haga uno.

Europa, ¡tengo frío!

Después de comer, antes de recoger los platos y fregarlos y después de mirar otra vez por la ventana para ver si había subido el viento, me he sentado en el sillón y he cogido un periódico de hace tres semanas. (Me cunden mucho, sí). Curioseando artículos y noticias por leer, he topado con una columnita olvidada, y con un párrafo que no tiene desperdicio:

Europa, y así lo reconocían las conclusiones de la cumbre, quiere limitar el calentamiento del planeta a dos grados centígrados por encima de la temperatura media de la era preindustrial. Semejante propósito exigirá limitar aún más las emisiones de gases contaminantes que lo convenido: entre un 60% y un 80% en el 2050, con respecto a 1990.

Lo he leído tres veces seguidas hasta el primer puntoyseguido. Aquí está sucediendo algo, amigos: algo muy importante. Un periodista, en una noticia relegada a una columna esquelética en un rincón del diario, anuncia tranquilamente que a un grupillo de países le parece que deberíamos dejar de subir la temperatura del clima. ¡Como quien no quiere la cosa!
Por un momento me ha sonado totalmente como si estuvieran hablando de darle o no al botón del aire acondicionado para regular la temperatura del salón de su casa.
“Venga, gente, que empieza a hacer calor, vamos a regular la temperatura del planeta a dos grados por encima, que así estaremos bien”.

Hace unos años, eso hubiera sido pura ciencia-ficción. Ahora, nos parece lo más normal del mundo que el hombre pueda controlar el clima del planeta y pueda comentarlo desde una esquinita de una columnita de un periodiquito. ¡Es normal! ¡Podemos controlar el clima! (Nota: Para mí que lo que va a ser ciencia-ficción, a este paso, no es que dentro de 43 años tengamos una atmósfera poco más caliente, sino que aún tengamos atmósfera, es decir, una esfera respirable envolviendo el planeta.)

Como decía, esa noticia habría sido impensable hace apenas un par de décadas, y menos, si me apuráis. Vamos, que habría sido imposible hasta hace un par de años, que es cuando por fin el calentamiento global pasó a ser lugar común. En realidad, habría sido inconcebible hasta el mes pasado… y hoy mismo, ahora que lo pienso, sigue sin ser más que una utopía. Mañana… mañana, mejor no pensarlo.

¿Que podemos cambiar el clima? Desde luego. Sobraos vamos. Pero de ahí a que podamos regularlo, hay un abismo tan grande que caeremos todos dentro antes de llegar al otro lado. Porque claro, aun en el improbable caso de que todos los países de Europa cumpliesen los objetivos (España, ni soñarlo… ¡antes, nos salimos de la UE!) habrá que pensar que probablemente a Estados Unidos le parezca que el termostato debería fijarse unos cuantos grados más alto, y China, con seguridad, no va a querer ser menos. Y que no se le crucen los cables a toda Latinoamérica… (A los japoneses, aunque son casi una potencia en sí mismos, no los cuento porque son pequeñitos y seguro que ya estarán trabajando en diseñar un aparatejo que se fija en la muñeca, lleva pilas biológicas, cámara fotográfica con zoom 3x, una mascota digital, internet vía satélite, y además ¡nuevo! te salva del cambio climático).

Que no, señores. Que modificar la naturaleza es un juego de niños (pues no he quemado yo hormigas con la lupa, en mis tiempos), pero regularla, lo que se dice regularla, requiere mucha experiencia: por lo menos haberse cargado dos planetas previamente, intentándolo. Y además, déjenme decirles que es completamente estúpido: la naturaleza, hasta donde yo sé, se regula ella solita. Pero no, somos tan soberbios que tenemos que desregularla para luego intentar imponerle nuestras propias ideas. Porque claro… ¡seguro que es más rentable respirar monóxido de carbono! ¡De ese sí que hay para todos! ¿El oxígeno? Pero chico… ¡si ya lo respiraban los romanos! Hay que progresar…

No tenemos ni idea de lo que hacemos. Con todo, debo elogiar la postura de la UE porque estoy de acuerdo en que, si tuviera un termostato al alcance de la mano, no lo pondría a más de dos grados sobre la temperatura de la era preindustrial. Lástima que el único regulador que tenemos, que es el acuerdo-compromiso internacional, requiera tantas contraseñas para ser activado… y la mayoría de ellas estén en manos de unos tarambanas que sólo piensan en irse de fiesta, suban los grados que suban.

Por cierto, Europa, ¿no podríamos darle dos vueltas más al indicador de CO2?

¡Que aquí en el Polo Norte aún hace un frío del carajo!

Ella, él

Ella yacía silenciosa, anhelante, esperando medio recostada sobre un lecho de flores. El sol la bañaba cálidamente, inundándola de luz y de una languidez placentera, casi un abandono. Él, atrevido, la recorría lentamente, a la par que la brisa, de abajo a arriba, aventurándose allí donde otros no habían llegado, donde otros, sintiendo algo parecido a una mirada reprobadora, desafiante, se habían vuelto atrás. No ahora; él no. Ahora era, sin vuelta atrás, el primer hombre en pasear por cada blanda extensión, doblar cada ángulo duro, deslizarse regocijado y silencioso, como tímido, en esos angostos pliegues donde nunca llega el sol. Y seguir más arriba, sobrecogiéndose ante cada descubrimiento, cada nueva belleza encontrada en un rincón inexplorado, cada paso que lo llevaba más allá de donde había creído llegar. Podía oír su propia respiración agitada, y de tanto en tanto, esos vagos rumores retumbantes muy dentro de ella, que poco después surgían en intermitentes sacudidas, temblores delatores de un gran estremecimiento interior. Pero él, incansable, seguía su recorrido invisible y vacilante, volviendo a veces atrás, deteniéndose un poco, casi demasiado, para continuar luego en una dirección imprevista. Estaba llegando, él lo sabía. El aire parecía no querer entrar en los pulmones, ya no había más fin en la vida que llegar, llegar por fin a la cúspide, la cima anhelada e indescriptible, y con un único grito salvaje, abandonarse a aquella sublime forma de felicidad: la de ser el primer hombre, entre todos los demás, en haber logrado pisar la cumbre del Everest.