¿Naturaleza creativa?

Lo que más me gusta de este mundo es que lo mires como lo mires, de cerca o de lejos, desde arriba o desde la izquierda… siempre hay algo fascinante que ver.

Lo que estáis viendo ahora mismo son unos cristales de hielo (muy aumentados) que aparecieron de forma espontánea gracias a la congelación de la humedad ambiental sobre la superficie de un bote de comida recién sacado (por un servidor) del congelador. Increíble, la variedad y belleza de las formas.

Uno se encuentra auténticos milagros en el lugar menos esperado. ¡Decidme que no es como para perdonarle al mundo todo lo que tiene de malo!

La vida después del proyecto

El debate sobre la arquitectura como disciplina y la arquitectura como objeto construido y utilizado es uno de los temas que más me llaman la atención desde hace un tiempo. Tanto es así, que a raíz de la foto que hice para la portada de la Revista Digital de TodoArquitectura.com, en la que sale un edificio de Siza en bastante mal estado, se me ocurrió que se podía desarrollar un poco más el tema, y hacer un reportaje-artículo de opinión, que a su vez se extendió a la editorial. Dicho y hecho. Ale.

Siempre asusta un poco saber que tus ideas van a ser puestas a prueba por las mentes de más de cientos de miles de lectores, pero incluso eso suele acabar siendo gratificante, cuando empiezas a recibir emails de gente que se interesa por tus escritos e incluso te hace ofertas de trabajo o colaboración.

Viendo ahora el resultado, tengo que reconocer que ha valido la pena que me pasara varios días seguidos redactando ambos textos, seleccionando fotografías, corrigiendo según los comentarios del equipo, volviendo a corregir… en plenos exámenes. Y para los que no lo sepáis, el trabajo en una redacción es algo de lo más gratificante si te gusta el tema de la publicación y además te gusta escribir, hacer fotografías y cosas así.

Con eso, y sumándole el hecho de que anteayer bordara el examen de Composición, de que luego entrara viento, de que haya encontrado por fin una monitora decente para la escuela de windsurf (ya falta menos, arf), de que esté logrando ser un poco productivo, de que haya vuelto a soplar viento, y hayamos encontrado otro monitor… podría decirse que estoy en racha.

¿Molesqué?

Acabo de enterarme de lo que es un Moleskine.

Y claro, tenía que dejar constancia de mi ignorancia.

Llevaba tiempo leyendo que si Moleskine por aquí, Moleskine por allá, y me esperaba un aparatejo de la leche. Algo como un talismán sagrado (tallado a mano en un monasterio tibetano) pero con placas solares integradas, WiFi, microondas, pantalla táctil, y un jardín japonés plegable. Al final, me he acordado de buscarlo y… hay que jod… ¡yo tengo uno de esos! Y ahí aburrido está, en la estantería.

Es increíble cómo han convertido un simple cuadernito en un objeto de culto con el que diseñadores, dibujantes o arquitectos se deleitan y cuyo nombre propio supera al genérico en boca de todos.

Desde luego, el tema de “dónde hago el dibujito o escribo la idea que se me acaba de ocurrir” es interesante. Yo uso cuadernos temáticos, por asignaturas o áreas, pero siempre grandes y de tapas duras. Nunca he llevado un cuadernillo encima para anotar “de todo un poco”. No me parece operativo. Las cosas van quedando anotadas, olvidadas, y al final, no sabes ni lo que contiene cada cuaderno.

¿Dónde tienen el comando “buscar” esos trastos?

Melancolía

Los papeles de las mesas desaparecen, el último portátil entra en modo de hibernación, las maquetas que quedaban son primorosamente deconstruidas (sus autores regalan piezas a los amigos, y es como quien manda postales), los profesores desaparecen por la esquina con los trabajos del curso y toda mi admiración, y los cuatro que quedamos nos damos palmaditas en el hombro y hacemos bromas de mano a mano.

¡Encantado de trabajar contigo, JotaTé.

Lo mismo digo, señor Barbas. Mío es el honor.

¡Jorge, te vienes a tomar unas cañas con nosotros?

¡Ahhh! ¡No me digas eso! No puedo, de verdad que no puedo. Tengo que hacer Urbanismo lo que queda de tarde, y mañana empezar a estudiar Composición. (Aparte de otros líos que me callo, como rediseñar el material didáctico, las fichas y los carteles de una escuela de windsurf, o dar el último repaso a mi participación en la edición de una revista digital…)
Los grandes finales de la vida son muy tontos, lo demás es todo cine. Plof, y se acabó. Es el fin de mi último curso de Proyectos. De un curso increíble. Memorable, feliz, intenso. Un curso donde la sonrisa duraba en la boca desde las once de la mañana hasta (a veces) las diez de la noche. Con la boca y la mente abiertas, aprendiendo por segundos como si me fuera la vida en ello. Sintiendo la enorme energía que puede transmitir el entusiasmo, incluso cuando la voluntad no lo hace. Y de pronto, se acabó. Lo que no hayas hecho hasta ahora, tú te lo has perdido, “jotaté”. Es irrepetible. Sólo te queda firmar con tinta indeleble ese indeleble recuerdo, y seguir escribiendo hacia delante.

Una última despedida arrastrada, tú qué vas a hacer el año que viene, no llevarás las mismas que yo, tendremos que quedar algún día… (¿es que no vamos a volver a vernos? ¡Pero vamos! Pues nada. Te da igual. Tú como si fueras a la horca).

Me arranco de allí. Me despego, dejando rasgaduras en mis ganas de irme con ellos un rato más. Ahora te pondrás melancólico Jorge, sí, mira, zas, al llegar a la bicicleta (sola en todo el aparcabicis), ahí la tienes, ya está. La melancolía.

Maldito sentido del deber. Siempre pasando de largo por mi puerta, y tenía que entrarme justo ahora. ¿Podré ponerme a trabajar? No quiero trabajar, ni quiero distraerme. Ya que he decidido no seguir disfrutando de lo que había, al menos quiero estar un rato melancólico, hace meses que no lo estaba. Quiero, y punto.

¿Triste? No. ¿Quién ha dicho que la melancolía y la tristeza se parezcan? Son fenómenos del alma como fenómenos del cielo son el ocaso y la lluvia, pero… ¿se parecen, la lluvia y el ocaso?

El ocaso, el atardecer. Porque si la tristeza es algo que nos llueve por dentro, la melancolía es para el alma como un atardecer: una paulatina disipación de las fuerzas activas y creativas de la vida, una contemplación ralentizada del movimiento alrededor; una mirada, como un saludo suave, suave, apenas alzando la mano, como un ligero asentimiento hacia todo lo que nos hace querer seguir vivos.

Quiero dejarme atardecer por un tiempo precioso,
llegar justo hasta rozar las montañas,
teñir apenas de rojo el cielo,
y entonces,

igual de suavemente,

dar la vuelta

y volver

a amanecer.