Ojos

Ella rió. “Mis ojos cambian a lo largo del año”. El la miró de nuevo y contestó: “Si, lo veo cada tarde, cuando me miro en ellos… a veces son hojas secas que corren por el fondo, otras es el musgo que se forma sobre las piedras, o el reflejo de las flores en los remolinos…”

Horas más tarde aún se oía el murmullo de una risa feliz en la cascada.

Basado en una conversación real via chat.

Cuentacuentos Tres

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir, pero la decisión era inevitable, y temblar no cambiaba las cosas. Ni siquiera las empeoraba, que ya habría sido algo. Hiciera lo que hiciera, había llegado demasiado lejos. O demasiado cerca. Demasiado.

Tenía que elegir entre una sola opción inadmisible, y nada se interponía ante su decisión. Miró el paisaje alrededor, hacia la lejanía, como esperando que alguien viniese y la retuviese, impidiéndole actuar en cualquier sentido. Algo que borrase su voluntad de un plumazo, o la fulminase, o pusiese un mar de por medio. Una dificultad. Por pequeñita, por insignificante que fuera. Un tropiezo, apenas, sólo eso…

Nadie lo entendería cuando aquello pasase a la historia. Todos pensarían que fue sin querer, o sin pensar, o bien por fuerza. Ninguno llegaría a imaginar siquiera la implacable libertad que en ese momento estremecía sus músculos, la abrumadora conciencia que la dejaba casi sin respiración.

No vio acercarse a la serpiente entre las hojas, y cuando algo parecido a un susurro hizo que levantara la cabeza, ya era tarde. La decisión bajaba por el aire a su encuentro, demasiado veloz para la duda. O para la negación. Una vez más, demasiado.

Sencillamente, la cogió al vuelo y la mordió.

Y en el fondo…

¿Qué tenéis en el fondo del “escritorio”? Es una cosa que siempre me ha llamado la atención. En mi caso, el fondo de pantalla es una de las pocas cosas que cambian en mi entorno de acuerdo con mi actitud hacia la vida, de las pocas creaciones que pueden decir algo más personal. No suelen ser fotos a secas, sino interpretaciones estéticas con una lectura determinada, y generalmente llevan aparejada una personalización completa de la interfaz del sistema operativo.

Tengo algunos guardados. Los pongo en orden cronológico:

Es proverbial (al menos para mí mismo) mi poca fuerza de voluntad y mi carácter soñador, más bien poco activo. Y también, aunque menos conocida, la parte melancólica de mi carácter. Creo que en este primer fondo, está todo eso. Sólo verlo evoca un ambiente, una actitud, casi una forma de ser… Es deprimente, uf.

Este otro es la fase complementaria. No más lamentaciones: toda energía ha de ser canalizada hacia delante. Ese lema aparece en esa imagen, en mi agenda y hasta en mis apuntes de esa época. Do you? No tiene traducción al español. Simplemente, es una pregunta sobre la acción. La foto que le sirve de fondo es de muy mala calidad, pero tiene una energía impresionante. Fue en esa época cuando descubrí el naranja como expresión de actividad y movimiento. Una pura cuestión de equilibrio.

Después vino la fase “Less is bore”. Según tengo entendido, esa frase es de Venturi, e ironiza con el significado de esa otra frase erróneamente atribuida a Mies van der Rohe, que dice: Less is more. ¿Menos es más? Pse. Menos es… aburrido. Supongo que para aquel entonces había encontrado el equilibrio entre mi parte naranja y mi parte azul, y estaba asumiendo mi propia dispersión de intereses.
A la derecha de la imagen iba una nota, con el mismo fondo azul y texto blanco, donde iba escribiendo y borrando las cosas pendientes, los proyectos, las ideas…

Ahora mismo, el escritorio es completamente blanco. A veces dejo vistos los iconos, a veces lo oculto todo. Se ve que he decidido que lo mejor, si uno quiere pensar libremente, es que la mesa, las paredes y la pantalla estén limpias, del mismo modo en que para componer música lo mejor es el silencio. Bueno… No sé, algo así.

Hmmm… por lo que veo, ya llevo tras de mí la fase azul, la fase naranja, la fase multicolor y la fase blanca. No está mal, si tenemos en cuenta que estamos hablando de 5 años. ¿He llegado ya al final, por mezcla aditiva? ¿O aún tengo todo el espacio RGB por delante? ¿Llegaré a una fase negra? …

Bridge to nowhere

Ya venía siendo hora de poner aquí algo de arquitectura, trabajillos que voy haciendo y que de algún modo han dejado huella. Esta entrada muestra el primero de una serie de trabajos semanales que hice para Proyectos III. Trabajos que al principio nos parecían a todos bastante inútiles y poco relacionados con la arquitectura, pero que a la larga, me dieron, casi sin darme cuenta, una capacidad de respuesta y concreción de ideas que antes no tenía. Es curioso, además, ver cómo el trabajo, semana a semana, tocaba herramientas y registros expresivos dispares, como si fuera cada vez un autor diferente el que los hubiera hecho.

Primer ejercicio del curso (1 semana): Diseñar un puente para salvar un río y un desnivel, que sea lo más largo posible y esté hecho con una sola hoja de papel A4 180gr, a no recuerdo qué escala, dadas unas curvas de nivel. El ejercicio incluía también diseñar las instrucciones de montaje de modo que se leyeran en el propio papel utilizado como material de construcción. Valoración: prueba de carga y testeo de las instrucciones.

Me encanta el perfil del terreno. Aunque está mal que yo lo diga, comparado con las típicas curvas de nivel de cartón que se veían por la escuela… Ah, y estructuralmente tiene una solución, cuanto menos, curiosa. A ver si algún arquimista la adivina. Por esas dos cosas le tengo un cierto cariño al puentecito.

Cuentacuentos Dos

La fábrica de sueños cerró por vacaciones. La mayor productora de ilusiones del país se fue a la quiebra. En algún lugar del mundo, una mina de pensamientos llegó al final de su filón. Un piloto supo de pronto que no iba a llegar a la meta por falta de combustible. Un árbol que nadie regó se quedó sin madurar sus frutos. Un sinfín de puertas quedaron a medio abrir por óxido en las bisagras, y para colmo…

Alberto González Mateo, de 63 años de edad –decía la ficha médica- trató de apartar los pensamientos que, como avispas, se arremolinaban a su alrededor, y miró una vez más las letras que temblaban ante sus ojos.

“¿Yo… Alzheimer?”

Cuentacuentos Uno

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba, y cuanto más pensaba en ello más lágrimas rodaban por sus mejillas.

Los ángeles no lloran, no dejaba de repetírselo.
Los ángeles son perfectos, no sienten tristeza.

Y sin embargo sus ojos estaban inundados de agua, y además sentía algo muy extraño dentro del pecho, algo que no sabía como explicar.

El ángel pensaba en los humanos; ellos sí podían sentir pena, igual que sentían dolor. La pena, esa maravilla que chorreaba en gotas claras por la cara, o el dolor, aquello que a veces caía en gotas oscuras por un brazo herido. Cosas como esas, que hacían de los humanos un misterio más allá del alcance de una poderosa mente angelical.

Esos seres extraños, tan parecidos a ellos pero a la vez con todas las debilidades propias de los animales… Se decía que Dios los había hecho defectuosos, les había hecho sentir pena y dolor, llorar y sangrar; pero ni siquiera los grandes arcángeles, los más cercanos a Él, habían logrado aventurar por qué lo había hecho de ese modo. No se podía entender que habiendo ya seres perfectos en el cielo, fuera necesaria esa impureza sobre la tierra. Nadie afirmaría que se trataba de un error en la creación, pero ninguno de ellos veía tampoco el acierto.

Ángeles de todos los estratos del cielo habían observado durante milenios a aquellos extraños seres, tratando de penetrar sus mentes, de atrapar sus sentimientos o percibir lo que captaban sus sentidos. Ni los propios ángeles guardianes, los más cercanos a los hombres, eran capaces de explicar la profunda maravilla de su imperfección.

Los humanos eran transparentes a su mirada, pero no menos incomprensibles, y todo ser celestial albergaba en su interior un deseo extraño, casi incómodo, de llegar un día a traspasar el secreto de la humanidad.

Y ahora a él, de pronto, le llovían los ojos, y sentía una presión en el pecho.


Primera participación oficial (o casi) en El Cuentacuentos. Realizado en colaboración con Cuéntale cuentos al sol, a ver si juntando la poca inspiración de ambos salía algo pasable xD

Cortázar: recuerdo de un genio

Ah, Cortázar… Julio Cortázar. Llevaba meses pensando en dedicarle un post para homenajearle (como autor preferido que es, de alguien que se jacta de no tener autores preferidos), pero no era lo más acuciante, así que la cosa iba pasando…
El caso es que cuando me he puesto a escribir, me he dado cuenta de que todo lo que pueda decir va a ser una memez, así que he preferido hacer una selección de tres creaciones literarias diferentes, que vendrían a ser como tres “escalas” de escritura: relato hiperbreve, relato, novela. Dejad que ellas mismas os hablen, y luego me contáis qué os han dicho.

Primera escala: Las líneas de la mano

“De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.”

Segunda escala: La autopista del sur

Os dejo el enlace. Es demasiado largo para copiarlo aquí.

Tercera escala: Rayuela

Es improcedente enlazar aquí la novela entera (merece ser tenida entre las manos), así que lleno su ausencia con una cita y un comentario que no sé si seré capaz de poner a su altura.
Rayuela no es una novela normal. Es un libro escrito como un collage de experimentos literarios, en el que cada capítulo tiene su propio valor, su carácter, su registro lingüístico, a veces incluso sus propias normas de ortografía, su propio idioma o un determinado orden en los párrafos. No se me ocurre otra forma de expresar lo que Cortázar hace con el lenguaje en esta novela que usando el término deportivo freestyle.
Rayuela se merece ser leído en orden lineal, así como en el otro orden propuesto por el autor, y también en completo desorden. He tenido el libro más de un año al lado de mi cama (cortesía de un amigo olvidadizo que precisamente mañana viene a por él), y no ha habido vez que haya vuelto a él y no haya encontrado algo increíble.
El contenido es de una densidad casi filosófica que requiere de cierta predisposición, pero leedlo, leedlo, aunque sea a trozos, de capítulo en capítulo. Y mirad, siempre, la relación entre el qué (se narra) y el cómo (se narra).
Sin más, os traigo uno de los pasajes más llamativos y célebres, si bien no necesariamente el mejor. Para los que no lo conocéis, ahí va el capítulo 68:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”

Pues eso. A leer y a maravillarse, amigos. Como niños grandecitos. Ale.