Cuentacuentos Cuatro

– Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro.

¿Por qué le venían esas palabras a la mente, precisamente ahora? No, ésa no era la pregunta. Le quedaban pocos días –contar la vida en horas era demasiado definitivo-, así que era obvio acabar pensando cosas así. Lo curioso, lo realmente extraño… ¿Por qué, de pronto, después de más de sesenta años, se acordaba exactamente de todo?

Alfredo, el larguirucho hijo del por entonces alcalde Juan Antonio Gálvez, apoyado con aire indolente en el muro oeste de la pequeña parroquia de Benicaudell, en lo más alto de ladera. Carlos, de la alquería al sur del pueblo, tratando de poner todo su peso sobre una lata de cerveza sin chafarla. Y él, él mismo, Miquel, hijo de Miquel el Forner, con ni dos décadas de vida en los músculos, sentado por encima de ambos y mirando con aburrimiento los tejados circundantes.

– ¿Qué?

– Que digo que mi vi… – comenzó Alfredo con el hablar arrastrado del que no quiere repetirse.

– ¿Inmortalizado? ¿Tú? –le cortó Carlitos-. No te lo creas demasiado. Sólo somos chavales de pueblo – la lata crujió y cedió repentinamente bajo su peso-. Mierda. Eso es lo que somos. Chavales de pueblo, quiero decir. A ver por qué nos van a inmortalizar.

Alfredo no contestó. El propio Miquel, pese al tiempo transcurrido, recordaba perfectamente el silencio que siguió a aquella afirmación. Un silencio lento y tórrido, del que podría decirse, sin tomarse una gran licencia poética, que la mejor expresión de los pensamientos contenidos en él la dieron los chirridos de las chicharras en el cercano pinar. Su opinión sonó como ahogada por la quietud.

– Pues yo creo que ese libro tienes que escribirlo tú, mientras vives. Da igual que luego otro lo ponga en papel. Como te pases la vida pensando en el libro, nunca existirá. Piensa en la vida.

– Bajaos del muro, modestos. Tenéis vuestros nombres escritos en un algarrobo donde la Clara. Más inmortales que eso, ni lo soñéis.

Alfredo, estirándose en toda su longitud contra la encalada y aún fresca superficie del muro, torció los labios en una de sus raras y valiosas sonrisas.

– Pero me gustaría ver mi vida en un libro – insistió, tozudo y soñador a partes iguales.

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El hombre delgado, más delgado si cabe por los años, y cuyas facciones casi permitían aventurar que en otras circunstancias habría estado sonriendo, contempló unos instantes más la lápida nueva, impecable, de su amigo, y habló a su acompañante sin girarse:

– Sabes, Clara… Miquel tenía razón. Hay cosas que no necesitan ser escritas para seguir vivas. Me hubiera gustado decirle… que si el mundo hubiera sido un libro, la suya habría sido la mejor de las historias.

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¿Como ponemos el telón?

Otro de los breves trabajos de Proyectos III, de una semana de plazo. Esta vez, el tema era la rehabilitación, por un lado, y la capacidad de expresión y persuasión, por otro. Ahí va el enunciado.

A favor: Fui de las pocas personas que realmente intentó diseñar un cartel, esquivando otras formas de representación más típicamente disciplinares.
En contra: La propuesta carece del rigor que todo buen proyecto debe tener, aunque es algo que en esa entrega realmente no me importaba mucho. La cuestión era que pareciera funcionar, no que funcionara realmente.

PD: Por si no habéis caído: fijaos en el nombre del pueblo, y pronunciadlo sin omitir la u xD

El eslabón de una cadena

El siguiente fragmento es mi aportación, hace ya un tiempo, a esta entrada en el blog de Miss Sinner. Lo pongo aquí porque tras releerlo, me ha gustado (y ya sé que está mal que yo lo diga) tanto el texto en sí como el modo en que puso orden en el inevitable desbarajuste de una historia encadenada. Lástima que luego no siguiera como yo pensaba. Lo cual, por otra parte, es la gracia de este tipo de relatos…

– Patricia, tienes que decírmelo. Ahora.
– ¿Decirte qué?
– Que lo hicisteis sin avisarme.

Patricia se lo quedó mirando como a través de un telescopio. De planeta a planeta. ¿De qué rayos hablaba?
Fernando apretó los labios y miró un momento a la joven desconocida.
– Sara… ¿te importa dejarnos un momento?
La mirada desafiante dejó de taladrar a la recién llegada y se clavó con igual fiereza en el hombre.
– ¿Crees que eso cambiaría algo? ¿Qué más da que esté o que no esté?
– Tú verás. Haz lo que te de la maldita gana.
Volvió a mirar a Patricia. Temblaba ligeramente, y mantenía los puños apretados como si de un momento a otro una tensión desconocida fuera a hacer saltar un arco voltaico entre ellos.

– Dímelo de una puta vez. Lo intentasteis, ¿verdad? Ni se te ocurra mentirme ahora.

Patricia se encogió en el sofá. Si no hubiera habido esta tensión alrededor, habría tomado su cabeza entre las manos. Pero temía que si las separaba de la tela del asiento, el arco voltaico saltaría definitivamente hacia ella y la haría volar en pedazos. Por Dios, qué es todo esto, pensó.

Fernando avanzó un paso, acusador.

– Lo hicisteis. Y no teníais ni puta idea de la velocidad necesaria, ni de la potencia, ni de ningún otro maldito dato técnico, porque yo era el que se iba a encargar de eso. ¿O me equivoco? ¡Patricia, contéstame!

Olvidando el arco eléctrico y cualquier otra imagen, la aludida se cubrió la cara con las manos. El vacío en su mente parecía estar absorbiendo la realidad, atrayéndola como un sumidero y haciéndola desaparecer.
– Fernando, por favor…
Las primeras palabras trajeron consigo, como nubes de tormenta, el llanto que llevaba horas, quizás dias, conteniendo.
-… te juro que no sé de qué me ha…

Y entonces recibió algo realmente parecido a una descarga. Sus ideas se cortocircuitaron y tuvo una visión rápida. El chiste no era un chiste. El salto no era un salto. Las ventanas. Dios mío. El plan.

La voluntad de la veleta

Decir de alguien que es un veleta prueba poca imaginación: se ven las vueltas pero no la intención, la punta de la flecha que busca hincarse y permanecer en el río del viento.

Hallado en un rincón de Rayuela, de Julio Cortázar. Dejé de leer, comencé a pensar, releí la frase, seguí pensando…

Vuelvo

Tras un mes en Fuerteventura dedicado casi exclusivamente a mi yo windsurfero, vuelvo a mi tierra y a mi vida. Un mes de pura sensación, puro presente, aparcando mis proyectos, mis reflexiones, conservando únicamente, allá lejos, mis ideales y mis principios como un faro para no perderme.

Un mes leyéndoos a todos (gracias a la capacidad de lectura offline del Google Reader) sin poder contestaros, a veces sin querer contestaros, lo reconozco. Demasiado atado a lo físico como para pensar. Agarrado al agua, al viento, a la arena, con la piel y los músculos, con los ojos. Y nada más. Estuvo bien, sí, pero me alegro sinceramente de estar de vuelta al gran barco de mi mente, desplegar las velas, tomar el timón y volver a seguir largamente un rumbo.