El código se va de marcha

El suceso: La historia empieza el otro día. Yo estaba trabajando sobre dos archivos muy diferentes:
– Un .svg, que es el formato vectorial estándar que usa Inkscape (una especie de Corel o Illustrator, pero libre, de código abierto) para guardar las ilustraciones.
– Un .doc, por todos conocido. Concretamente, en formato 2003 pero guardado desde Word 2007 (por la estúpida incompatibilidad entre versiones).En fin, a lo que iba.
Guardé los archivos, apagué el ordenador… y cuando volví a encenderlo, ambos se habían estropeado, y no me dejaba abrirlos, aunque sí copiarlos. Primera cosa mosqueante: que se hubiesen estropeado justo los dos que había estado editando. Bueno, lo asumimos y lo atribuimos a un error de mi disco duro externo (lo reconozco, trabajar desde un disco duro USB es un suicidio).Sin resignarme a perder todo lo que había añadido a ambos, cojo el .doc y lo abro con el Wordpad, para ver el código de que está hecho. Aparece algo como esto:

Captura de pantalla. Clic para ampliar

Comienzo a buscar algún trozo de texto inteligible, y efectivamente, encuentro la mayor parte del contenido del archivo. Lo copio a un .doc nuevo, y listos. Suspiro de alivio, pese a haber perdido un par de trozos de texto. Sigo leyendo por si hubiera algún otro fragmento aprovechable, y de pronto, me encuentro con algo totalmente inaudito: un trozo de texto que (¡lo juro!) escribí en el Inkscape, y no en el Word. ¿Qué diablos hace aquí? Lo copio en un archivo aparte, pero las neuronas me chirrían de pura extrañeza.Y entonces me doy cuenta de algo. A ver si lo veis:

Captura de pantalla. Clic para ampliar.

Efectivamente. ¡Son dos tipos de código diferentes! Abro rápidamente el código del archivo de Inkscape y mis sospechas más desaforadas se ven confirmadas. Los mismos dos lenguajes, pero en distinta proporción.¡Ambos archivos han intercambiado trozos de código! Alucino. Tras un rato alucinando, y con toda mi lógica y algo de audacia, pienso: si vuelvo a intercambiar el código, los archivos deberían abrirse sin problema…

Manos a la obra, pues. Ciertamente, resulta muy fácil reconocer qué código es de cada archivo:
– El código de Inkscape es una maravilla del orden y claridad, hasta para alguien como yo que no sabe prácticamente nada de programación. Tras un vistazo, soy capaz de reconocer en el texto cada una de las identidades dibujadas por mí en el programa. Ahora mismo podría cambiar el color de un degradado en concreto y el contenido de un par de textos sin abrir Inkscape, estoy 100% seguro.

– El código de Word, uno piensa (inocentemente) que debería ser más sencillo porque al fin y al cabo, es un procesador de texto. ¿No? Pues no. Resulta que es un mejunje de símbolos indescifrable y sin lógica alguna (véase la primera captura de pantalla). Si sé por dónde cortar y dónde pegar es porque sencillamente voy a intercambiarlo con el código de Inkscape, que me sirve de guía.

Tras un par de cortaypegas, guardo ambos archivos “reparcheados”, y contengo la respiración.Tachaaan. El archivo de Inkscape se abre perfectamente, y todo, hasta el último detalle, está ahí para mi uso y disfrute. ¡He reparado yo solito un archivo corrupto! ¡Qué mayorrr! Y tachaa… El archivo de Word, también se abre, pero me muestra infinidad de páginas llenas de símbolos esotéricos, sobre todo cuadraditos. Debo haber pegado mal el código, lo cual, sinceramente, era de esperar, dado que no había una estructura clara que seguir, y es posible que un punto y aparte marque la diferencia entre funcionar o no funcionar.

Resumen: El Inkscape, un programa de diseño gráfico, gratuito, open source y de apenas 35Mb, utiliza un formato de guardado con un código preciso, claro y muy sencillo de editar hasta por un piltrafilla como yo: ¡el XML! El Word, un editor de textos de pago y con más tonelaje que 20 Inkscapes, guarda sus archivos en vete a saber qué verborrea irrecuperable que contiene muchísimas más líneas (o eso me parece a mí) de las estrictamente necesarias para guardar toda la información de un texto con formato, y que en caso de error como el arriba descrito, te deja tirado forever and ever.

Moraleja: Pues eso… y comieron perdices.

The dark side of windsurfing

Con ese eslogan (que se explica nada más ver sus diseños) subtitulan los de Point-7 su rango de velas de windsurf. Personalmente, nunca me ha tirado el negro, en parte por lo que tiene asociado culturalmente, en parte porque para el diseño siempre me pareció la opción fácil: ponle fondo negro, y quedará de muerte, seguro.

Sin embargo, no puedo dejar de aplaudir el diseño de estas velas, porque han logrado imbuirles una fuerza y un carácter que no se estaba viendo mucho en el windsurf. Más “oscuro”, pero con una distinción irreprochable, que las hace dignas de alguien más que un windsurfero macarra :P

En directo deben ser como un deportivo de última generación, con la chapa negra y pulida, las líneas elegantes y agresivas. Hasta los nombres son provocativos: llamar “Sado” a una vela y ponerle una chica espatarrada, si no es provocación, que me digan lo que es, jeje. Sólo me faltaba eso, pensar en sexo hasta mientras hago windsurf…

Podéis verlas en la web oficial. No las voy a poner aquí porque no encajarían del todo con el fondo blanco, hay que verlas en su entorno. Echadle un vistazo a la AC-1, a la Sado, a la Sweet (un corazón, ¡con un par!), etc.

Tres caminos

Igual es una broma del subconsciente, pero apenas unos días después de leer y comentar este post en miénteMe, comencé a pensar en el tema de los sistemas operativos, que hasta ahora me había parecido más bien una curiosidad que algo que pudiera realmente plantearme en serio.
El caso es que, no muy casualmente, desde que en mi vigésimosexto cumpleaños un amigo me dejara la semilla de la discordia en forma de Ubuntu 7.04, precisamente estoy planeando (que va más allá de pensando en) pasarme de Windows a Linux.¿Por qué Linux, y no Mac, por ejemplo, o simplemente seguir en Windows? Porque Linux es libre, principalmente. Porque es libre, y se me ha ocurrido dar un paso más para vivir de acuerdo con mis ideales. En este caso, por suerte, resulta que además de libre, Linux es un gran sistema operativo, así que el cambio está doblemente justificado.

Sin embargo, acabo de ver el MacBook (¡arf!) que se quiere comprar el arquitecto con el que trabajo, y casualmente también un artículo sobre el iPhone (¡”$%&!), y me he dado cuenta de que estaba eligiendo, no sólo entre tres sistemas operativos, sino entre tres microcosmos informáticos. Está claro que para mí el hecho de que Linux sea libre es determinante pero, por curiosidad, ¿cómo son, en general esas tres opciones?

Windows. Es la cultura de masas. La inercia desapercibida. Estás en Windows porque, sencillamente, es EL sistema operativo cuando no sabes nada de informática. Y como la cultura de masas, su calidad no es determinante a la hora de usarlo. Lo usas porque lo usas, y si te mata a errores, si se ralentiza conforme le instalas programas nuevo, si… pues te aguantas, c’est la vie. No se elige Windows por sus características, sino por su difusión, por su implantación previa*, y su uso no da más satisfacción que la comodidad que da seguir la corriente sin pensar demasiado.

Mac. Es el paraíso. Dita sea, sí, lo es. Mac es fácil, es hermoso, es casi idílico. Tiene su propio mundo de programas y dispositivos, con su maravilloso diseño que llega a todos los detalles. A su lado, un PC parece una máquina industrial. Mac es calidad, es garantía, es olvidarse de cualquier otro problema, porque ya otros pensaron por ti, y además lo pensaron bien, muy bien. La satisfacción que da el disfrutar, sin más, de algo bien hecho.

Linux. Es un taller. A veces, casi un campo de batalla. En Linux nada está fijo o definitivamente solucionado, aunque –eso sí- funcione perfectamente tal y como está. En Linux, las cosas no sólo son lo que son, sino lo que pueden ser. Linux es un foro donde la humanidad decide activamente hacia dónde quiere ir -en el contexto de la informática-, sin leyes de mercado, sin otros intereses que los de los propios usuarios, que en gran medida son (o siempre pueden ser) también los programadores. En Linux, la satisfacción no viene de la comodidad inerte o la seducción material, sino de la realización personal, del cumplimiento de los deseos o ideales propios. Y Linux también es atractivo, no creáis, pero su belleza no es inmaculada y perfectamente depurada como en Mac, ni embaucadora y maquillada como en Windows; es una belleza en constante cambio, como la del género humano, marcada por lo que sucede a su alrededor, definida entre todos. Linux no tiene una cara, ni dos, ni tres. Linux tiene infinitas caras e innumerables cuerpos, todos funcionando con un único corazón que también evoluciona. Linux es a la vez miles de sistemas operativos diferentes, creados por miles de visiones diferentes de lo que debería ser un sistema operativo. Vaya, qué bonito me ha quedado…

Por eso, que se resume en decir que es libre, quiero pasarme a Linux. Porque si quisiera ir a lo bueno y no equivocarme, sin duda iría a Mac. Y si ni siquiera me hubiera planteado todo esto… seguiría en Windows.

A continuación os dejo aquí una divertida comparación leída en los foros oficiales de AutoCAD, al respecto de por qué pedir una versión de ese programa para Linux:

 

I run a business that delvers food to people (I do Architecture). I could really use any ol’ car to do this, but sometimes that food is Pizza (DWG files), and sad for me there’s only one company that makes a decent Pizza oven for a car (Autodesk). And, doubly sad for me, they only make it for a crappy Ford 1970’s Station Wagon (Windows). Now, if it weren’t for that, I could instead drive the nice new hybrid cars that get much better gas mileage and are way safer and more comfortable (Macs) or I would drive some hippy bio-diesel industrial-strength truck and make my own gas even (Linux). But, because of these stupid Pizzas, and the stupid company that makes the Pizza ovens, I either have to buy two cars, or just drive the station wagon, even though for most of what I do the station wagon doesn’t help me, and sometimes even hurts me. And it certainly doesn’t help my business to not have Pizza on the menu, but it certainly does hurt my business to keep feeding and fixing this stupid old station wagon.

Aunque cabría aclarar que ese hippy bio-diesel industrial-strength truck, en realidad, no desmerece absolutamente nada, por su aspecto y uso, respecto de un deportivo de alta gama (obviando el hardware, claro). Echad un vistazo a esto, si lo dudáis:

Ahora queda lo más difícil (y lo que más me motiva): montar un sistema completo en Linux, donde pueda hacer todo lo que hacía hasta ahora, y además, seguir siendo compatible con todos los que quedan atrás, asomados a la ventana.Muchos dirán que me estoy complicando** la vida, pero la satisfacción de poder poner a mis obras el subtítulo de “enteramente realizado usando software libre” no me la quita nadie.

□ □ □

*A día de hoy, si Windows fuera un SO minoritario, ¿quién se pasaría a él voluntariamente desde cualquier otro? … Pues eso.
**Cabría aclarar que la complicación de la transición a Linux no es por el sistema operativo, que en sí es bien sencillo de instalar y cuenta con más ayudas que cualquier otro. De hecho, lo puedes usar sin siquiera instalarlo, y va de cine. La complicación viene por el hecho de que los programas comerciales a los que estamos acostumbrados no están sobre ese soporte, lo que es como decir que todo se reduce a un problema de aprender a usar nuevos programas, libres por supuesto, con lo que además estaré aún más cerca de mi ideal. Lo demás… es sentarse y disfrutar.
Con todo, admito que me jo… que Illustrator y AutoCAD no estén para Linux :P

Cuentacuentos Ocho

– ¿Qué haces?

– Ver porno. ¿Y tú?

– Pensaba en ti.

Andrea colgó lentamente el auricular, intentando no producir ningún sonido al hacerlo.

Hubiera asegurado que nada podía sorprenderla ya después de una semana de problemas técnicos con la línea, durante la cual descolgar el teléfono y encontrarse escuchando conversaciones de ajenas se había convertido en una extraña rutina.

Sin embargo, pensó en lo que acababa de oír y tuvo que reconocer que aún podría seguir sorprendiéndose indefinidamente. Por ejemplo, al tomar en silencio el auricular y escuchar una historia contada en tres simples frases, un mundo explicado en dos preguntas -tan iguales- y dos respuestas -tan diferentes-.

Sacó el cable de la clavija y salió a la oscuridad de la terraza, con la conversación girando en la cabeza.

¿Y si los peores triángulos, se preguntó, fuesen aquellos formados por sólo dos personas?

Poesía aplicada

Acabo de encontrar un hermoso fragmento de texto en el lugar que menos me esperaba. ¿Os habéis fijado alguna vez en lo hermosas que son las descripciones de los vinos?

Los blancos Rías Baixas son vinos de aromas intensos, francos, afrutados (algunos con notas florales). En boca son frescos, untuosos, sedosos y persistentes. Buen paso de boca.

Casi me gustaría que me gustara el vino para poder descifrar el significado. ¿Es poesía o es lenguaje técnico? Es ambas cosas. Suena como un encadenamiento de metáforas y símiles literarios, y sin embargo, un entendido en vinos comprenderá con precisión científica cómo es ese vino. ¿No es asombroso que para describir con la mayor precisión algo, haya que usar un lenguaje como ese? Es el sueño cumplido de lo bello-útil. Es poesía aplicada.

Cuentacuentos Siete

Una mancha de vino en el mantel puede ser cien veces más ancha que el más ancho de los ríos. Sobre todo -¿verdad?- cuando separa dos manos, diez dedos y un buen puñado de ilusiones.

Sus dedos acarician levemente la tela mientras te cuenta lo que le pasó ayer en el metro. La historia en sí te importa un rábano, y ella lo sabe, pero estás francamente a gusto a su lado. Y ella lo sabe también, claro. Le miras la sonrisa de hito en hito, pero tu atención se desvía constantemente hacia sus dedos, que acarician levemente la tela mientras… acarician levemente la tela… levemente… la tela… la tela que tus dedos presionan con algo menos de delicadeza, como tomando impulso para un salto más bien improbable.

Ella te pregunta algo, y tú le devuelves la respuesta y la sonrisa. Sonríe toda tu cara, sonríen todos tus músculos, sonríe todo tu cuerpo… bueno, todo, menos tu mano derecha, que está gritando de impotencia ante un mar rojizo e insalvable mientras en la otra orilla, una mano izquierda descansa confiada y una boca preciosa da cuenta del primer plato.

Ahora estarás pensando que esta situación es absurda, y recordarás con cierto resentimiento que eso en las películas no pasa. Tienes algo de razón: en las películas, las manos encuentran entre sí sólo un mantel blanco como la nieve, y pueden acercarse lentamente, como quien no pero sí, y en un momento dado, en el momento exacto, la mano de él se posa en la de ella, y… todo cuento, ¡puro cuento! Ahí está la mancha de vino para demostrarlo. Y ahí está el segundo plato.

Puedes dejar caer la servilleta sobre la mancha, y utilizarla como puente, piensas mientras asientes distraídamente a alguna otra pregunta. Pero entonces, recapacitas, tendrías que salvar la servilleta, y el salto olímpico de vallas –categoría Manoderecha- tampoco sale en las películas. También puedes rodear la mancha, se te ocurre a la desesperada, pero a ver cómo explicas el rodeo como inocente casualidad. ¡Anda, mira, mi mano, que se iba de paseo… a la otra punta de la mesa? No, tampoco, tampoco. Está claro que ya es inevitable.

Una mano pide el postre. El postre llega. El postre se va. La mancha de vino, permanece.

Otra mano pide -a regañadientes- la cuenta. La cuenta llega. La cuenta se va. La mancha de vino, la maldita mancha de vino, permanece. Permanece a toda costa.

Al final, al otro lado del más grande abismo jamás visto por un hombre, una palabra mueve un brazo, un brazo levanta un codo, un codo arrastra a una mano, y una mano alza unos dedos, que acarician levemente otra vez, levemente, la tela suave, hasta llegar al borde y perderse hasta más ver. Tus dedos se cierran, derrotados, junto a un gran océano de frustración.

Y entonces una mano, una mano de dedos suaves, viene a posarse desde el aire, con la facilidad de un ave, sobre tu puño cerrado. ¡Con una endiablada facilidad, como… como si acabara de ocurrírsele y… y… zas!

La mancha de vino en el mantel queda olvidada.