Uno, joven, inexperto y entusiasta, habla a favor de la movilidad sostenible. Esgrime argumentos, cifras… lo que haga falta. Arrebatado. Convencido. Hasta que uno de los interlocutores te mira con aire resabido y te dice: “¿Entonces por qué coges el coche para ir a Santa Pola a hacer windsurf?”. “Pues porque no puedo ir en bici, tardaría dos horas”, le contestas. “Aaaah, ¿ves? todos dependemos de los coches”, es su invariable respuesta.
Al principio, estas cosas me dejaban confundido. Descubrí, decepcionado, que es imposible ser 100% ecológico, 100% sostenible o 100% lo que sea. Que estamos atrapados. ¡Un problema insoluble!
Ahora sé que no es así. Ser sostenible o ecológico (palabras que nunca debieron existir y cada vez me suenan peor) es un término relativo. Es imposible vivir humanamente, culturalmente, sin interferir en lo natural, porque la humanidad, precisamente, consiste en hacer cosas que la naturaleza no hace. Podríamos seguir yendo a pie a todas partes, sí. Y podríamos no haber aprendido a utilizar el fuego, desde luego. Ni haber desarrollado la pintura, o la música… Pero apenas tiene sentido plantearse esa posibilidad. La nostalgia cavernícola es sólo eso, nostalgia.
En realidad, se trata de mirar un poco más ampliamente las consecuencias de nuestro progreso. Autoevaluarnos, usar el sentido común, y seguir avanzando.
En el caso de la movilidad, la solución sostenible es realmente sencilla, en contra de lo que se pudiera pensar. Tan sencilla que puede resumirse en una sola frase:
Usa siempre el menor medio de transporte que cubra tus necesidades.
Es la mejor actitud. Cuando digo “menor” entiéndase “de menor impacto y mayor eficacia”. Si puedes ir andando, ¡ve andando! Si no puedes porque tu objetivo está a… digamos, 6 km y tardarías demasiado, coge la bicicleta. Si no puedes porque tu destino está a demasiada distancia, entonces mejor usa una moto o coge el autobús. Y si éstos no te sirven porque tienes que llevar una tabla de windsurf… entonces sí, claro, coge el coche. Etcétera para camiones, trenes, autobuses, barcos, aviones, submarinos y transbordadores espaciales.
El error no está en haber inventado el coche. Uuuuh, los coches son malos. No. El coche es un invento utilísimo. El error está en subirse a él para ir a por pan a dos calles de distancia, al cine a siete tiros de piedra, o al trabajo a 10km. O mejor, usarlo para ir al gimnasio, donde podrás hacer todo el ejercicio que precisamente no has hecho por ir en coche. Es decir, el equivalente a ir en bici al trabajo y volver, pero gastando gasolina y pagando la cuota de gimnasio… y el precio del MP3 que te has comprado para no aburrirte mientras pedaleas en una bici estática. Cosas así, tan originales, que se hacen hoy día.
Si continuamos el desarrollo a partir de la sencilla premisa anterior, vemos cómo puede cambiar el panorama. La ciudad se llena de peatones y ciclistas, con el drástico cambio en habitabilidad que eso indiscutiblemente supone. Claro, tú acabas usando el coche 2 veces al mes. El de al lado también. Y 10.000 conciudadanos más, también. A ninguno os sale rentable tener un coche sólo para eso, desde luego. Nace el “carsharing”. Una reducida flota de vehículos de distinto tipo basta para todos. Cuando lo necesitas, coges el más apropiado (no simplemente el que te has podido permitir), nuevo, limpio y a punto… y luego lo devuelves y te olvidas. No te va a dar ningún problema, sólo ventajas.
Naturalmente, imponer esto desde arriba es irreal. ¿Quién decide qué vehículo es necesario o no en cada momento? Ahí queda la responsabilidad de cada uno. Eso es inevitable: tendremos que decidir por nosotros mismos si queremos hacer las cosas bien, o no. Pero el dilema, el gran dilema de la movilidad, queda reducido a un mero ejercicio filosófico.
La cuestión no es tanto si el vehículo de turno es de gasolina, eléctrico o de pedales. Con 4 coches en el mundo, no pasaría nada si fueran de gasolina. A partir de ahora, pasad de cualquier anuncio de pretendida ecología en este asunto. Es secundario, muy secundario. Lo absolutamente fundamental es el USO que se le de a ese vehículo. Y eso, ESO, sí que está en nuestras manos. De forma absoluta.
Ale.
Vosotros mismos.