Construyendo una tensegridad | Maqueta de la Needle Tower II

Allá por 2008 publiqué un artículo mostrando una maqueta “tensegrity” que hice para un trabajo de la carrera. Desde entonces viene siendo una de las entradas más visitadas del blog y son bastantes las personas que me han contactado para preguntarme acerca de su diseño y construcción. Finalmente, a raíz de un correo de Patricia, me he decidido a publicar algunos detalles (los pocos que tengo) sobre su ejecución a escala de maqueta… o al menos sobre la manera en que yo logré hacerla.

La verdad es que no me extraña que generen tantas dudas: son estructuras complicadas de visualizar, modelizar y construir. Tras este primer y único intento de hacer una, tengo que decir que la Needle Tower II de Kenneth Snelson, en la que se basa, me parece una auténtica maravilla de la ingeniería y la construcción. Echad un vistazo a estos vídeos:

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El “implicómetro”: ¿desarrollamos un ecualizador para la colaboración?

Hago este post para contar en abierto una nueva línea de trabajo que ha surgido últimamente dentro de #meetcommons, y que tiene que ver tanto con los “cuidados” del proceso y del equipo humano como con la gestión de proyectos más fríamente entendida. A partir de un interesante debate sobre la necesidad de visibilizar la implicación de los participantes en un proceso, surgido en el hilo de emails “Atendiendo los cuidados del proceso“, ha salido un grupo de trabajo que a día de hoy ya tiene varios prototipos esbozados, algunos de ellos en marcha.

A muchos nos ha pasado: especialmente en proyectos de colaboración a distancia o en aquellos en los que los participantes no están en contacto directo a todas horas, se producen “silencios”, desapariciones o invisibilidades que hacen difícil saber qué grado de implicación y compromiso con el proyecto está manteniendo cada uno. Por ejemplo, que alguien no dé señales de vida en una lista de correo puede tener muchos motivos detrás: que esa persona está desconectada del proyecto y pasa de todo, que está temporalmente ausente por alguna razón pero volverá con energías renovadas, que está conectada y al tanto pero sólo escuchando, o que está trabajando a tope en el tema y apenas saca tiempo para dar señales de vida. Estos “silencios” debilitan el pulso de un proyecto, dificultan medir las fuerzas del grupo para gestionar tareas y expectativas, e incluso provocan malentendidos.

¿Cómo solucionarlo? Varios de nosotros ya hemos intentado, en proyectos anteriores, idear y usar herramientas para que las personas puedan, durante el proceso de trabajo, visualizar el compromiso, la implicación, la dedicación, el “estado” de cada uno con el proyecto común en cada momento.

Gráfico sinfónico de implicación de distintos agentes en un proyecto, pensado para el Vivero de Autogestión de Alicante

Gráfico sinfónico de implicación de distintos agentes en un proyecto, pensado para el Vivero de Autogestión de Alicante

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Guía didáctica interactiva para cursos de windsurf

Tras más de un año completamente desconectado del windsurf (más o menos desde que trabajo en Madrid, el lugar más alejado de cualquier playa), el verano de 2012 estuve en el embalse de Cazalegas realizando el último curso necesario para obtener el título de monitor.

Como comentaba en el post anterior, obtener el título fue poco más que un trámite para adaptarme a la creciente regulación de la profesión tras años como monitor e incluso coordinador de una escuela. Igual que en la docencia de la arquitectura apenas sabría por dónde empezar, en la del windsurf me siento completamente a gusto, seguro de mí mismo y con experiencia a mis espaldas (da un gustazo enorme poder decir eso de algo). Dame una escuela con monitores y equipo, y sabré hacer el resto. Aún así, el curso me dio algunos puntos de vista que no tenía, unas cuantas ideas nuevas y bastantes conocimientos para rellenar ciertas lagunas de mi formación deportiva. Lo mejor fue compartir con otros monitores esos “trucos” y dinámicas que cada uno usa para convertir una clase que podría ser frustrante en algo didáctico y divertido.

Uno de los ejercicios más interesantes fue el de didáctica específica y organización de cursos, porque me forzó a repasar y ordenar prácticamente todo: los conocimientos a transmitir, recursos y técnicas para hacerlo, aspectos de seguridad, formas de organizar las clases y el funcionamiento de la escuela, etc. Y el resultado es precisamente lo que me gustaría compartir aquí.

Guía de didáctica y organización de cursos de windsurf

Está planteada desde el principio como una guía fácil de ser consultada, operativa y útil en el día a día para otros monitores (no es un curso de windsurf, sólo el guión de éste). Para eso, en lugar de hacerla en un documento de texto sin más, la fui montando directamente online en Workflowy, una aplicación (supuestamente para gestión de tareas) tremendamente sencilla pero muy muy potente que da mucha flexibilidad para trabajar con estructuras en árbol y etiquetas.

Guía de didáctica y organización de cursos de windsurf

Este formato da muchas posibilidades que no tendría un simple documento de texto, especialmente a la hora de consultarlo:

  • La posibilidad de replegar o expandir las secciones para ver un esquema general o llegar hasta los detalles sin tener un texto larguísimo por el que moverse.
  • Permite además la búsqueda instantánea (instantánea de verdad) de cualquier cosa, incluso combinando varios términos de búsqueda. Y lo mejor es que al buscar no “salta” a la primera posición encontrada sino que filtra el texto mostrando sólo las líneas donde se encuentra el término de búsqueda.
  • De forma parecida, permite el filtrado del contenido usando etiquetas: En este caso lo he ido etiquetando por aspectos como #duración, #objetivos, #contenidos, #organización y #observaciones; tipos de actividad como #enseñanza y #aprendizaje; medios como los #audiovisuales, la #demostración o la #orientaciónoral; tipos de ejercicio como #global y #fraccionado…
  • Y todo ello además de lo más obvio: es un documento online que puedo ir actualizando en cualquier momento sin dejar de compartirlo, y que cualquiera puede consultar incluso desde el móvil.

Por ejemplo, podríamos querer buscar todo lo relacionado con el aparejo. Usaríamos el buscador, y veríamos esto:

Guía de cursos de windsurf mostrando resultados sobre el aparejo

Imaginad ahora que queremos repasar los horarios y tiempos. Podríamos filtrar la guía para ver sólo la duración estimada de cada actividad. Haríamos clic en la etiqueta #duración (o la escribiríamos en el buscador) y veríamos esto:

Guía de windsurf filtrada por duración

Genial, ¿no? Lo más potente es que se pueden combinar búsquedas. ¿Buscamos todas las situaciones de #enseñanza que requieran #audiovisuales? Fácil:

Guía de cursos de windsurf - enseñanza y audiovisuales

Con esto creo que ya os hacéis una idea, mi recomendación es que entréis y curioseéis. Espero que le sea de utilidad a alguien. Está bajo licencia CC BY-SA de modo que podéis copiarla, imprimirla, reutilizarla, adaptarla, etc. ¡Y darle difusión!

Enlace a la Guía de didáctica y organización de cursos de windsurf

Un último comentario: La enseñanza del windsurf, como cualquier otra, depende fundamentalmente del monitor y del alumno. Además, la compleja y siempre cambiante realidad nunca nos deja seguir planes como éste al pie de la letra. Lo mejor es usar esto como un guión dinámico y tirar de nuestra propia percepción para darnos cuenta de cuándo toca improvisar, cambiar el orden, adaptar algo a las condiciones locales, etc.

Ya está aquí, ya llegó: La Cajita 3.0

Hace casi un año desde que anuncié reformas en La Cajita, y mucho más desde que decidí emprenderlas. De hecho, se ha retrasado tanto que me descubrí pensando ya en la versión 4.0, y ahí es donde me di cuenta de que tenía que sacarla YA, estuviese como estuviese. De modo que, tras día y medio de encierro, por fin está online la versón 3.0.

Presentando La Cajita III

Como veis, es un poco excéntrica. Incorpora la mayoría de las mejoras que me propuse: que fuera una tarjeta de presentación única, integral pero con canales claramente separados, que tuviera un formato para cada tipo de post y me permitiera usarla para posts más ligeros o incluso microblogging, y que proporcionara una experiencia de lectura completamente limpia. El menú inferior (que no usa Flash, lo prometo) empaqueta ahora todas las funciones de navegación e información complementaria y se puede replegar hasta casi hacerlo desaparecer. ¿He logrado todo eso sin cargarme la identidad de la página? A ver qué os parece a vosotros.

Una sola cosa quedó por el camino: la idea de poner los comentarios a la derecha de cada post. Me encantaba la idea, pero salieron bastantes dudas razonables en cuanto a uso y comprensión, y al final desistí de liarla tanto. Y eso que había logrado programarla, de lo cual estoy bastante orgulloso porque fue un reto a mis conocimientos de WordPress. Quizás en otro momento.

Y ahora, antes de que me deis caña: sí, está sin acabar, sí, no funciona ningún enlace del menú, sí, etc. Esto se debe a que tengo que cambiar toda la estructura de la web, la organización por etiquetas, los tipos de post y demás antes de que la cosa funcione completamente. También le quedan cosas raras por revisar al diseño, pero francamente, si no lo sacaba ahora, no lo sacaba nunca. Bastante he ignorado ya el principio del software libre “resease early, release often” que tanto me gusta. Ale.

Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios

Soy arquitecto —lo confieso—, pero como a tantas otras personas me ha tocado vivir en sitios creados, no según principios arquitectónicos, sino por requerimientos inmobiliarios, que por desgracia son muy diferentes. En cualquier caso, lo que hoy me gustaría contar es algo que he vivido como habitante, como usuario, como vecino, como visitante, en el día a día de mi ciudad, y con lo que cualquiera podría sentirse identificado.

¿Os habéis encontrado alguna vez con alguien en el ascensor? Seguro que sí. Aunque a veces me da la sensación de que los ascensores modernos están diseñados para evitarlo, muchas veces ocurre. Y seguro que os sonará esta conversación, palabra arriba, palabra abajo:

Conversación típica

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué somos tan escuetos en esos encuentros? Yo le he dado algunas vueltas —especialmente entre las plantas segunda y quinta—, y entre muchas posibles razones como podría ser sentir antipatía hacia ese vecino, ser tímido, no estar de humor, etc. he acabado descubriendo una muy sencilla: porque en un ascensor es prácticamente imposible mantener una conversación.

Lo he intentado varias veces, y siempre acabamos igual: uno de los dos interlocutores ya de pie en su pasillo, cargado con las bolsas de la compra, y el otro dentro del ascensor, con el dedo puesto en el botón que impide que las puertas se cierren y corten alguna frase en dos como una guillotina; ambos intentando alargar un momento fugaz de encuentro. Se me ocurren muchas situaciones en las que me apetecería conversar, pero casi todas tienen una luz más bonita, un espacio más acogedor, una postura más cómoda y algo más de tiempo por delante.

Como consecuencia inevitable de esta dificultad, llegamos a evitar encontrarnos con otra gente en el ascensor, condenados a una presencia y un silencio forzados. La mayoría de las veces sólo los niños, directos a lo que les interesa sin convenciones y cortesías de por medio, son capaces de comenzar y acabar una micro-conversación de ascensor, con una observación o una pregunta directa, y aún así tampoco es un lugar en el que quieran estar.

¡Que alguien diga algo!

Basta un breve paseo por redes sociales como Facebook para ver el sintomático —e hilarante— imaginario colectivo que hay alrededor de todo esto:

Mirar los botones del ascensor cuando subo con alguien desconocido | Rogarle al ascensor que cierre sus puertas antes de que llegue la vecina | No sé qué hacer cuando subo o bajo en ascensor con un desconocido | Yo también cuando estoy en un ascensor y sube gente me quedo mirando el piso | Por esos momentos de silencio en el ascensor con los vecinos | …

Y es que un ascensor es uno de los no-lugares más conseguidos que existen. Es casi imposible lugarizarlo, hasta el punto de llegar a convertirse por ello en un reto, objeto de las fantasías más íntimas. El tiempo compartido en ese reducido espacio es mínimo, apenas da para cruzar tres o cuatro frases. La presencia física es forzosamente cercana, nada natural. Incluso la orientación espacial se anula, dificultando la percepción de la velocidad, la dirección, la ubicación y la orientación. Recuerdo lo incomprensible que le parecía a mi abuelo que la casa de mis tíos diera a la misma calle por la que él había entrado. El ascensor le convertía el edificio en un auténtico Escher.

Pues bien, gran parte de lo dicho sobre los ascensores también se podría decir del resto de espacios comunes en la mayoría de los vecindarios urbanos que conozco. Entre la vastedad impersonal de la ciudad y la intimidad de la vivienda faltan espacios de relación intermedios que pudieran ser casi tan variados como la primera y casi tan cómodos como la segunda. Todo lo que hay es un sistema de espacios dedicados al transporte y la clasificación alfanumérica de personas y objetos, sin ninguna otra función posible. En ese aspecto, el recorrido de acceso desde la calle a un apartamento no se diferencia en nada de, digamos, los túneles de la M-30, y las políticas de desarrollo urbano actuales nos están llevando cada vez más a la ciudad de paso, la ciudad archivador, la ciudad ascensor: una ciudad sin resquicios donde la vida social pueda ocurrir.

Esquema de un ascensor

Cuando alguien a mi lado saca a colación el clásico debate sobre si la arquitectura puede o no mejorar la sociedad y la vida de las personas, suele venirme a la cabeza todo esto: parece que, por lo menos, puede empeorarla. Eliminando espacios de actividad, limitando las oportunidades de encuentro, clasificando actividades en compartimentos estancos y excluyendo el lado social de las personas.

A veces, al hablar de estos temas, algunos me han planteado ciertas dudas dignas de atención: ¿Y si la arquitectura y el urbanismo “inmobiliarizados”, hechos por pura ley de mercado, responden realmente a una demanda? Si se hacen de esa manera, ¿será por alguna otra razón más allá de optimizar el espacio para aumentar el rendimiento económico? ¿Y si resulta que la gente quiere vivir así? Llegar a su casa por un pasadizo secreto, reducir al máximo el camino desde el coche hasta el recibidor, no ver ni oír jamás al vecino, ocultar todas sus actividades al resto…

Hay al menos dos cosas que me hacen pensar que no es así, al menos no como para justificar la forma tan masiva en que se han extendido los edificios-archivador:

Por un lado —y esto daría para un artículo aparte— hay que tener en cuenta que la calidad de la arquitectura y el urbanismo no se puede relacionar tan directamente con la respuesta del mercado. La arquitectura no es un bien de consumo opcional —si no te gusta o no te lo puedes permitir, no lo compras— sino que responde a varias motivaciones que podríamos situar a distintos niveles de profundidad en modelos como la pirámide de Maslow. La necesidad, incondicional y previa a muchas otras, de tener una vivienda influye mucho más que otros factores como el precio o la calidad, así que el hecho de que la gente las acepte tal y como se diseñan y construyen hoy día no es un indicador nada fiable de su calidad.

Por otro lado, tampoco me creo que la gente quiera vivir así, al menos no exclusivamente y por “imperativo arquitectónico”. En nuestra vida diaria podemos observar que vivimos en un pulso perpetuo entre las necesidades de intimidad y reconocimiento, de retiro y convivencia, de autonomía y relación, y otras muchas. Un pulso que si se desequilibra, puede provocar anomalías de comportamiento. Por ejemplo, la curiosidad hacia la vida de los demás es algo que está en la naturaleza humana, nos permite identificarnos con otros, establecer lazos, aprender conductas y transmitir conocimientos, en definitiva formar una sociedad y una cultura con los demás. Todos somos un poco voyeurs —de ahí el éxito de la prensa rosa—, y si se nos permite serlo de forma natural, rara vez llegaremos a rozar lo enfermizo. De la misma manera, todos somos también un poco exhibicionistas, un poco juerguistas, un poco entrometidos… en suma y por así decirlo, bastante gregarios.

No podemos evitarlo. Conquistamos nuestros pasillos con alfombrillas de diseños varios, colgamos elementos decorativos en las puertas, colocamos plantas que luego cuidamos con esmero, e incluso sacamos pequeños muebles auxiliares, fragmentos domésticos que pugnan por salir al espacio común y acaban casi siempre convirtiéndose en la única señal de vida humana entre el número del portal y la letra de la puerta.

Alfombrilla como toque personal

Otro pequeño ejemplo: En el edificio donde vivo, como en muchos otros, las plazas de garaje tienen trasteros detrás. Todos sabemos cómo es un garaje subterráneo comunitario: es un espacio oscuro, crudo, frío, absolutamente inhóspito. Otro no-lugar de manual, en el que parece que nada bueno podría suceder. Pero sucede. Una tarde, estando en mi trastero —acondicionado como taller casero de bicicletas, chapuzas caseras y maquetas—, oigo el sonido de una radio, y al asomarme al garaje me encuentro que hay dos trasteros más abiertos, arrojando franjas de luz cálida sobre los coches. En cada uno se adivina un pequeño paraíso personal de bricoleur, o de coleccionista, o de aficionado al modelismo. De uno de ellos sale el sonido de la radio, del otro, el de una sierra de calar. Un vecino sale y entra llevando piezas de madera que va cortando. Al rato, el otro aparece en la puerta preguntando por ciertos tornillos que le faltan. Y cuando nos damos cuenta, nos encontramos sumidos en la magia social que nace de las actividades, los intereses y los espacios compartidos.

¿Por qué no hay un lugar para todo eso en nuestras ciudades y edificios? ¿Y qué lugar sería ese?

Esa pregunta tendríamos que respondérnosla todos, arquitectos o no. Para mí, sería un lugar intermedio, un resquicio habitable entre lo privado de la vivienda y lo público de la calle. Un lugar donde pudiéramos sacar aquello que quisiéramos exhibir, o realizar las actividades en las que no nos importara ser observados y encontrarnos voluntariamente con otros… o no. Si lográramos salvar los primeros miedos y prejuicios que tenemos tras largos años de vecindad constreñida, parca y enrarecida, si pudiéramos salir del círculo vicioso de desconocimiento y recelo, si nos reeducáramos poco a poco en nuevas maneras de respetar y aprovechar lo colectivo…

… ¿qué podría pasar si parte del espacio de cada propietario estuviera en el espacio común, y tuviera derecho a personalizarlo y ocuparlo? ¿Si en cada acceso o planta hubiera espacio, ventilación, buena temperatura y luz? ¿Qué podría suceder si los ascensores fueran transparentes, y permitieran ver esos espacios comunes previos a cada vivienda? ¿Y si fueran mucho más lentos y tuvieran pantallas, tablones de anuncios, o pequeñas bibliotecas? ¿O si tuvieran un control manual de velocidad, pudiendo pararse a cualquier altura y volver atrás? ¿Qué podría ocurrir si los trasteros-talleres dieran a esos espacios, o al patio común, o a la piscina?

A la vez, añadiendo una dimensión más contemporánea, podríamos hablar de la creación de otro lugar intermedio entre lo privado de nuestro ordenador o nuestro móvil, y lo público de Internet. Otra nueva clase de espacio compartido que funcionaría en paralelo —pero siempre en relación cercana— con el espacio físico y en el que, salvando incluso las actuales barreras arquitectónicas en las que nos hemos encerrado, el concepto de vecindad pudiera comenzar  a revivir y florecer… Pero eso mejor lo dejamos para otro artículo.

Texto e ilustraciones realizados para Ecosistema Urbano (@ecosistema). Publicado originalmente en La Ciudad Viva.