Dropbox
Viernes, 11 de Marzo de 2011— Esto del dropbox es como magia, pones un archivito ahí, y al segundo me aparece aquí.
— Sí…
— ¡Métete tú en el dropbox!
— Esto del dropbox es como magia, pones un archivito ahí, y al segundo me aparece aquí.
— Sí…
— ¡Métete tú en el dropbox!
Viendo el otro día el streaming de Urban Social Design Experience se mencionó en el chat algo sobre el manifiesto del Culto a lo Hecho.
No soy muy amigo de manifiestos (basta ver mi reacción al último que leí), su rotundidad y radicalidad me resultan intelectualmente incómodas, por así decirlo. Sin embargo, reconozco su valor como definiciones extremas y limpias de diferentes formas de ver la vida que por lo demás siempre solemos encontrar en una forma más mezclada.
Este manifiesto en concreto me ha llegado por varias razones. Me encanta su desparpajo con toques humorísticos (me encanta que sean 13 puntos, y no los forzados 3 o 10 de toda la vida) y el hecho de que los propios autores lo trivialicen ya antes de presentarlo. Pero por otro lado no deja de contener varias sugerencias importantes, en la línea tan contemporánea de la beta perpetua, el work in progress, el learning-by-doing, y demás conceptos “2.0″, pero también en un plano mucho más personal:
A mí, que últimamente ando liado con muchos procesos de puesta en marcha, conexión, relación o gestión la mayoría de las veces difícilmente tangibles, me ha servido como tranquilizante y a la vez como revulsivo. Como cuando me pongo a arreglar la bicicleta y descubro que me encanta ese trabajo, este manifiesto me ha recordado otros tiempos (no muy lejanos) en los que he vivido más del hacer que del pensar, y aunque ellos no lo diferencian ni lo mencionan directamente, también más ligado a lo físico que a lo digital. Siempre con las manos manchadas: de serrín, de cola, de pintura, de grasa…
Y me ha recordado que para hacer efectiva una mínima praxis hay que mantener un equilibrio entre la especulación estratégica y la pura y simple creación. Que tratar de apuntar bien no debe evitarnos disparar una y otra vez hasta acertar. Dicho y hecho. O tan radicalmente como proponen ellos: sin saber, hacer, y acabar.
Una persona brillante debería ser capaz de dominar cualquier disciplina en tres años, enteniendo «dominar» por estar al nivel del percentil 90. Para ser un auténtico maestro en algo, por decirlo de algún modo, tendría que dedicar el resto de su vida al otro 10 por ciento. La forma de tener una vida interesante es mantenerse en la zona más inclinada de esa curva de aprendizaje.
Nolan Bushnell
Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca…
J.L. Borges
[…]
—Dios mío… Ha sido horrible. Espero que no te hayas tomado en serio todo lo que ha dicho. Milan está loco, ya lo sabes. Ha estado entrando y saliendo del psiquiátrico desde hace infinidad de años.
—Sí… ya lo sé. Milan está loco.
Andrei bajó la copa que aún sostenía a medio camino entre la mesa y la boca. La había alzado antes de que Milan se levantara y comenzase a hablar cada vez más alto y más rápido, dirigiéndose a él, siempre a él, por encima del orden de los cubiertos y de la corrección atribuíble a unos buenos vecinos. ¡A él!
—Y todo lo que ha dicho es absolutamente cierto —aseveró estupefacto, como tratando de creerse sus propias palabras. Pavla lo miró incrédula.
—¿Qué?
—Que todo lo que…
—¡Ya, ya te he oído! Dices que Milan está loco y acto seguido le das la razón. Eso haces.
—Sí, bueno. Eso hago.
—¡Le das la razón a alguien que precisamente la ha perdido! —acusó Pavla, con el convencimiento de quien encuentra el argumento irrebatible—. ¿No ves que sólo ha dicho una sarta de… locuras?
—No, Pavla. Ese loco ha dicho verdades como montañas, y yo acabo de darme cuenta.
—¡Eso no tiene sentido! ¿Qué…?
—Espera, espera —interrumpió Andrei alzando de nuevo la mano que sostenía la copa—. Sí lo tiene. Sólo déjame… encontrarlo.
Hizo girar el vino suavemente, como tratando de diluirlo para ver a su través, y tras lo que a su enervada esposa le pareció una eternidad, siguió hablando lentamente, como si le costase demasiado esfuerzo para el resultado que esperaba obtener.
—Por supuesto que hay muchos locos que están locos porque han perdido la razón. Pero también hay otros que lo están porque sencillamente no pueden controlarla. Milan es uno de esos. No es que no tenga razón, no te confundas. Más bien al revés: siempre la tiene, y más que cualquiera de nosotros. Ve las cosas con una claridad insuperable y creo que su locura, su única locura, es no poder callarlas por inadecuadas que resulten. Es un vidente condenado a mostrarlo todo, Pavla, incluso lo que otros no quieren ver. Una luz destinada a deslumbrar en lugar de iluminar, siempre y en todas partes. Sí, está loco de remate en un mundo que no digiere bien la verdad. Y mira por donde, ese loco acaba de devolverme a mí la razón. Sin anestesia, de acuerdo… pero lo ha hecho.
[…]
Extracto de “El valle sin cumbre” de P. Lavsakz
Dos hombres de aspecto rudo, sentados de espaldas a una pared rocosa e iluminados a medias por los rescoldos de una hoguera, guardan un silencio cansado con la mirada perdida en la noche.
- Por Dios, Carson, deja de apuntarme.
- No seas idiota. Está descargado.
- Por si acaso. Las armas las carga el Diablo.
El aludido se encoge de hombros y gira el rifle.
- Está bien… Pero no te engañes: las armas las carga el hombre.
- Bueno, sólo era un decir.
- El Hombre, Will. El Diablo no es más que un invento con el que intentamos quitarnos la responsabilidad de todo lo que hacemos mal.
- Hmm.
- Qué.
- No sé, puede… Wellsey solía decir algo parecido. Sólo que según él lo había inventado la Iglesia para asustar. Lo estuvo diciendo por ahí hasta que lo colgaron.
- También. Créeme, al final va a resultar que el Diablo nos ha sido a todos más útil que el propio Dios.
Alza el rifle sin levantarse, apuntando al cielo con aire de reproche, y aprieta el gatillo. Tuerce el gesto mientras los ecos del estampido se pierden por el valle, y luego vuelve la mirada de nuevo hacia la oscuridad.
- Tenías razón. Estaba cargado.
Tópico en boga en el ámbito universitario, respecto del cual no logro posicionarme completamente. Lo que sigue lo escribí hace bastantes meses enmedio de una auténtica lluvia de paridas mentales. De esas que se te ocurren a la hora de la cena, no sé muy bien por qué.
[Dos estudiantes cualesquiera, en una universidad del sureste español. Tirados al sol en el césped, con aire indolente, viendo las palmeras cimbrearse grácilmente sobre ellos. Ambos algo sordos de tanta marcha, y con el cerebro espeso por la resaca del jueves noche, lo que nos permitirá jugar con la fonética de la P, la B y la V]
EST. A: Nos han estropeado la educación universitaria con lo del Tratado de Bolonia…
EST. B: Ya ves, tío. Qué cabrones los polacos.
EST. A: Bolonia, tío, no Polonia.
EST. B: Si, sí, eso. La capital de Varsovia.
EST. A: ¡”B”olonia!
EST. B: ¿Cómo? … [mirando atentamente al otro]
EST. A: ¡”B”oolonia!
EST. B: Con… ¿con dos Os?
EST. A: No, ¡con Be de…!
EST. B: Ah, vaaale. Bolonia, con Be de… Valencia.
EST. A: No, lerdo, Palencia es con Pe de Pirata.
EST. B: No, eso es Palencia. Yo digo Valencia. Valencia, la de “¡puuuta Valencia, Alicante independencia!”. [exaltado, se medio alza sobre un codo y clava su mirada en la lejanía, en la dirección equivocada] Cabrones, que lo tienen tó, tó pa ellos, la formula uno, la carrera de barcos esa, ¡y hasta… hasta la Albufera! Nosotros aquí con la birria de salinas de Santa Pola llenas de… pájaros rosas.
EST. A: Eeh, para, para. Esa es con V. “V” alencia.
EST. B: [con cara de concentrada atención] Suena igual.
EST. A: No, mira: “V”alencia.
EST. B: Vale, vaale, lo que tú digas. Me estabas contando no se qué sobre el traslado ese… lo de “V”olonia.
EST. A: Pues que parece que va a disminuir la calidad de la educación universitaria.
EST. B: Ya ves, tío. [con gesto convencido] Qué cabrones los “v”olacos.
[una chica arreglada como para no se sabe qué tipo de examen pasa por delante, y la conversación se diluye. La conocida salsa educacional, mientras tanto, sigue cociéndose]
En arquitectura los diagramas se utilizan muchas veces como modo de visualizar información, y con menos frecuencia como herramienta para organizarla y gestionarla. De este modo, acabamos empleando sistemas que sacrifican la facilidad de manejo y la propia utilidad como herramienta, en favor de la capacidad de representación y del atractivo gráfico. A veces, casi exclusivamente de este último aspecto.
Recientemente he redescubierto el uso de mapas mentales y conceptuales como el lado práctico de los diagramas. Estos “mapas” son un recurso bastante conocido pero poco usado, que consiste en la ordenación y jerarquización gráfica de ideas o conceptos. En ellos, se crean una serie de nodos (ideas, conceptos, temas) que aglutinan el contenido y que son unidos entre sí por enlaces que pueden indicar cualquier tipo de relación, a nuestro criterio. Casi siempre se organizan en forma de árbol, pero también los hay sin una jerarquía tan clara, y desde luego esto es totalmente decisión nuestra.
En conjunto, este sistema es más potente y (una vez creado el hábito) más sencillo de usar que las listas o notas sueltas, y por otro lado es muy directo si lo comparamos con cualquier otra forma de dibujar un diagrama. Cualquier idea puede ser ubicada y documentada en el momento mismo de concebirla, y el mapa resultante queda no sólo en el ordenador (o en el papel), sino también más fácilmente grabado en la memoria, hasta el punto de que es relativamente fácil “rellenarlo” mentalmente con nuevas ideas, y añadirlas luego al mapa guardado. La estructura gráfica de distribución espacial de las ideas, permite saber en todo momento qué datos estamos manejando y cómo se relacionan entre sí.
¿Para el proyecto arquitectónico? Nunca antes se me había ocurrido, pero tras apenas unos días de uso ya tenía todos los datos de gestión del proyecto de fin de carrera metidos dentro de un diagrama organizado y claro: objetivos, notas e ideas por desarrollar, referencias con sus enlaces correspondientes, contactos profesionales, datos técnicos concretos, etc. Más práctico y ágil, con diferencia, que tener enlaces sueltos por un lado, notas por otro… Sencillamente, cada vez que me pongo a trabajar en el proyecto abro el mapa mental y voy consultando, incluyendo, relacionando o moviendo cosas sobre la marcha, con muy poco esfuerzo de más.
Buscando diferentes alternativas para crearlos y utilizarlos en formato digital he dado con Xmind, un software que permite crearlos sobre la marcha, al mismo tiempo que se piensa y centrándose en las relaciones y los contenidos. Quizás por ello hace pocas concesiones al aspecto gráfico: se puede personalizar completamente, pero siempre dentro del típico aspecto de “diagrama de flujo”. En cualquier caso, no he echado nada en falta en cuanto a prestaciones: tiene la posibilidad de añadir notas, hipervínculos a webs, carpetas o archivos, iconos e imágenes a cada nodo, y conectarlos entre sí de de muchas maneras, ya sea de forma jerárquica o por otro tipo de relaciones.
Xmind es multiplataforma (Windows, Mac y Linux, que es donde yo lo uso) y de código abierto. Además, existe la versión portable, ejecutable en cualquier sistema operativo desde una memoria USB.
Estimados lectores del Blog 853.705 de Technorati, les habla el redactor:
Estamos entrando en modo PFC; les rogamos que se abrochen las suscripciones RSS y tomen medidas para sobrellevar las condiciones de los próximos meses. Les aseguramos que todo está perfectamente bajo control, aunque es posible que noten cierto enrarecimiento en la cantidad de entradas y alguna disgresión imprevista en sus contenidos. Ante cualquier problema no duden en consultar a la redacción.
Gracias por su atención.
Me mira con un aire dubitativo, casi reprobador.
- Es decir, que lo tienes prácticamente todo a tu favor, pero te empeñas en dejarlo y marcharte detrás de no se sabe qué sueños tuyos. No acabo de entenderte. ¿No te parece suficiente? Ahora que lo tenías todo al alcance de la mano… ¿Qué más esperas de la vida?
Tardo un tiempo indeterminado en contestar; lo suficiente para que su pregunta flote en el aire y comience a disolverse. Me pregunto si yo mismo sabré la respuesta. ¿La sé?
- A lo mejor se trata precisamente de no esperar…