El paso

Hace dos días vi a un señor mayor dar un paso maravilloso. Llegó cruzando por donde no debía, al igual que yo, y nos encontramos sobre las franjas blancas que marcan espacios muertos sobre el asfalto.

Pareció titubear al acercarse al bordillo. Yo frené la bici, atento a sus movimientos. Se detuvo completamente durante unos segundos, con los pies juntos, las manos en el bastón y la mirada fija en el bordillo, como calculando la dificultad del desafío. Y de pronto, con un gesto desconocido y hermoso, inestable pero infinitamente decidido, avanzó un pie y en un solo paso, limpio y largo, se plantó encima de la acera.

No pude menos que pararme a mirarle con admiración mientras seguía, ahora de nuevo con pasitos cortos de viejo, su camino por la acera.

Dropbox

— Esto del dropbox es como magia, pones un archivito ahí, y al segundo me aparece aquí.
— Sí…
— ¡Métete tú en el dropbox!

Cita

Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca…

J.L. Borges

La razón de la locura

[…]

—Dios mío… Ha sido horrible. Espero que no te hayas tomado en serio todo lo que ha dicho. Milan está loco, ya lo sabes. Ha estado entrando y saliendo del psiquiátrico desde hace infinidad de años.

—Sí… ya lo sé. Milan está loco.

Andrei bajó la copa que aún sostenía a medio camino entre la mesa y la boca. La había alzado antes de que Milan se levantara y comenzase a hablar cada vez más alto y más rápido, dirigiéndose a él, siempre a él, por encima del orden de los cubiertos y de la corrección atribuíble a unos buenos vecinos. ¡A él!

—Y todo lo que ha dicho es absolutamente cierto —aseveró estupefacto, como tratando de creerse sus propias palabras. Pavla lo miró incrédula.

—¿Qué?

—Que todo lo que…

—¡Ya, ya te he oído! Dices que Milan está loco y acto seguido le das la razón. Eso haces.

—Sí, bueno. Eso hago.

—¡Le das la razón a alguien que precisamente la ha perdido! —acusó Pavla, con el convencimiento de quien encuentra el argumento irrebatible—. ¿No ves que sólo ha dicho una sarta de… locuras?

—No, Pavla. Ese loco ha dicho verdades como montañas, y yo acabo de darme cuenta.

—¡Eso no tiene sentido! ¿Qué…?

—Espera, espera —interrumpió Andrei alzando de nuevo la mano que sostenía la copa—. Sí lo tiene. Sólo déjame… encontrarlo.

Hizo girar el vino suavemente, como tratando de diluirlo para ver a su través, y tras lo que a su enervada esposa le pareció una eternidad, siguió hablando lentamente, como si le costase demasiado esfuerzo para el resultado que esperaba obtener.

—Por supuesto que hay muchos locos que están locos porque han perdido la razón. Pero también hay otros que lo están porque sencillamente no pueden controlarla. Milan es uno de esos. No es que no tenga razón, no te confundas. Más bien al revés: siempre la tiene, y más que cualquiera de nosotros. Ve las cosas con una claridad insuperable y creo que su locura, su única locura, es no poder callarlas por inadecuadas que resulten. Es un vidente condenado a mostrarlo todo, Pavla, incluso lo que otros no quieren ver. Una luz destinada a deslumbrar en lugar de iluminar, siempre y en todas partes. Sí, está loco de remate en un mundo que no digiere bien la verdad. Y mira por donde, ese loco acaba de devolverme a mí la razón. Sin anestesia, de acuerdo… pero lo ha hecho.

[…]

 

Extracto de “El valle sin cumbre” de P. Lavsakz

Las armas y el diablo

Dos hombres de aspecto rudo, sentados de espaldas a una pared rocosa e iluminados a medias por los rescoldos de una hoguera, guardan un silencio cansado con la mirada perdida en la noche. 
 
 
- Por Dios, Carson, deja de apuntarme. 
 
- No seas idiota. Está descargado. 
 
- Por si acaso. Las armas las carga el Diablo. 
 
 
El aludido se encoge de hombros y gira el rifle. 
 
 
- Está bien… Pero no te engañes: las armas las carga el hombre. 
 
- Bueno, sólo era un decir. 
 
- El Hombre, Will. El Diablo no es más que un invento con el que intentamos quitarnos la responsabilidad de todo lo que hacemos mal. 
 
- Hmm. 
 
- Qué. 
 
- No sé, puede… Wellsey solía decir algo parecido. Sólo que según él lo había inventado la Iglesia para asustar. Lo estuvo diciendo por ahí hasta que lo colgaron. 
 
- También. Créeme, al final va a resultar que el Diablo nos ha sido a todos más útil que el propio Dios. 
 
 
Alza el rifle sin levantarse, apuntando al cielo con aire de reproche, y aprieta el gatillo. Tuerce el gesto mientras los ecos del estampido se pierden por el valle, y luego vuelve la mirada de nuevo hacia la oscuridad. 
 
 
- Tenías razón. Estaba cargado.