Amanecer

A veces no estás preparado y amanece.

Tú no quieres, o no puedes, o no sabes, pero amanece. Te amanece encima con el peso implacable del mundo. Te arranca de la noche con fórceps. Te petrifica, te calcina y te obliga a sobrevivirle. Y para ti es imposible, y para ello es inevitable.

Y amanece.

Atardecer

Llevo un rato aquí sentado, sin moverme, y tengo que confesarte que estoy como absorbido por los acontecimientos a mi alrededor. Los lugareños no parecen darles mucha importancia, pero por la intensidad que están desplegando las partes implicadas, nadie diría que esto es algo que suceda todos los días.

La situación es difícil de abarcar con la mirada. Mire donde mire, hay un suceso en marcha, totalmente particular pero a la vez claramente vinculado al resto. Un gesto allí provoca reacciones más allá. Un lleno en esta parte deja un enorme vacío en aquella otra. Una aceleración puntual ralentiza todo a su alrededor. Sigue leyendo

El paso

Hace dos días vi a un señor mayor dar un paso maravilloso. Llegó cruzando por donde no debía, al igual que yo, y nos encontramos sobre las franjas blancas que marcan espacios muertos sobre el asfalto.

Pareció titubear al acercarse al bordillo. Yo frené la bici, atento a sus movimientos. Se detuvo completamente durante unos segundos, con los pies juntos, las manos en el bastón y la mirada fija en el bordillo, como calculando la dificultad del desafío. Y de pronto, con un gesto desconocido y hermoso, inestable pero infinitamente decidido, avanzó un pie y en un solo paso, limpio y largo, se plantó encima de la acera.

No pude menos que pararme a mirarle con admiración mientras seguía, ahora de nuevo con pasitos cortos de viejo, su camino por la acera.

Dropbox

— Esto del dropbox es como magia, pones un archivito ahí, y al segundo me aparece aquí.
— Sí…
— ¡Métete tú en el dropbox!

Cita

Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca…

J.L. Borges

La razón de la locura

[…]

—Dios mío… Ha sido horrible. Espero que no te hayas tomado en serio todo lo que ha dicho. Milan está loco, ya lo sabes. Ha estado entrando y saliendo del psiquiátrico desde hace infinidad de años.

—Sí… ya lo sé. Milan está loco.

Andrei bajó la copa que aún sostenía a medio camino entre la mesa y la boca. La había alzado antes de que Milan se levantara y comenzase a hablar cada vez más alto y más rápido, dirigiéndose a él, siempre a él, por encima del orden de los cubiertos y de la corrección atribuíble a unos buenos vecinos. ¡A él!

—Y todo lo que ha dicho es absolutamente cierto —aseveró estupefacto, como tratando de creerse sus propias palabras. Pavla lo miró incrédula.

—¿Qué?

—Que todo lo que…

—¡Ya, ya te he oído! Dices que Milan está loco y acto seguido le das la razón. Eso haces.

—Sí, bueno. Eso hago.

—¡Le das la razón a alguien que precisamente la ha perdido! —acusó Pavla, con el convencimiento de quien encuentra el argumento irrebatible—. ¿No ves que sólo ha dicho una sarta de… locuras?

—No, Pavla. Ese loco ha dicho verdades como montañas, y yo acabo de darme cuenta.

—¡Eso no tiene sentido! ¿Qué…?

—Espera, espera —interrumpió Andrei alzando de nuevo la mano que sostenía la copa—. Sí lo tiene. Sólo déjame… encontrarlo.

Hizo girar el vino suavemente, como tratando de diluirlo para ver a su través, y tras lo que a su enervada esposa le pareció una eternidad, siguió hablando lentamente, como si le costase demasiado esfuerzo para el resultado que esperaba obtener.

—Por supuesto que hay muchos locos que están locos porque han perdido la razón. Pero también hay otros que lo están porque sencillamente no pueden controlarla. Milan es uno de esos. No es que no tenga razón, no te confundas. Más bien al revés: siempre la tiene, y más que cualquiera de nosotros. Ve las cosas con una claridad insuperable y creo que su locura, su única locura, es no poder callarlas por inadecuadas que resulten. Es un vidente condenado a mostrarlo todo, Pavla, incluso lo que otros no quieren ver. Una luz destinada a deslumbrar en lugar de iluminar, siempre y en todas partes. Sí, está loco de remate en un mundo que no digiere bien la verdad. Y mira por donde, ese loco acaba de devolverme a mí la razón. Sin anestesia, de acuerdo… pero lo ha hecho.

[…]

 

Extracto de “El valle sin cumbre” de P. Lavsakz

Las armas y el diablo

Dos hombres de aspecto rudo, sentados de espaldas a una pared rocosa e iluminados a medias por los rescoldos de una hoguera, guardan un silencio cansado con la mirada perdida en la noche. 
 
 
– Por Dios, Carson, deja de apuntarme. 
 
– No seas idiota. Está descargado. 
 
– Por si acaso. Las armas las carga el Diablo. 
 
 
El aludido se encoge de hombros y gira el rifle. 
 
 
– Está bien… Pero no te engañes: las armas las carga el hombre. 
 
– Bueno, sólo era un decir. 
 
– El Hombre, Will. El Diablo no es más que un invento con el que intentamos quitarnos la responsabilidad de todo lo que hacemos mal. 
 
– Hmm. 
 
– Qué. 
 
– No sé, puede… Wellsey solía decir algo parecido. Sólo que según él lo había inventado la Iglesia para asustar. Lo estuvo diciendo por ahí hasta que lo colgaron. 
 
– También. Créeme, al final va a resultar que el Diablo nos ha sido a todos más útil que el propio Dios. 
 
 
Alza el rifle sin levantarse, apuntando al cielo con aire de reproche, y aprieta el gatillo. Tuerce el gesto mientras los ecos del estampido se pierden por el valle, y luego vuelve la mirada de nuevo hacia la oscuridad. 
 
 
– Tenías razón. Estaba cargado.

Bi-nólogo a la boloñesa

Tópico en boga en el ámbito universitario, respecto del cual no logro posicionarme completamente. Lo que sigue lo escribí hace bastantes meses enmedio de una auténtica lluvia de paridas mentales. De esas que se te ocurren a la hora de la cena, no sé muy bien por qué.

[Dos estudiantes cualesquiera, en una universidad del sureste español. Tirados al sol en el césped, con aire indolente, viendo las palmeras cimbrearse grácilmente sobre ellos. Ambos algo sordos de tanta marcha, y con el cerebro espeso por la resaca del jueves noche, lo que nos permitirá jugar con la fonética de la P, la B y la V]

EST. A: Nos han estropeado la educación universitaria con lo del Tratado de Bolonia…
EST. B: Ya ves, tío. Qué cabrones los polacos.
EST. A: Bolonia, tío, no Polonia.
EST. B: Si, sí, eso. La capital de Varsovia.
EST. A: ¡”B”olonia!
EST. B: ¿Cómo? … [mirando atentamente al otro]
EST. A: ¡”B”oolonia!
EST. B: Con… ¿con dos Os?
EST. A: No, ¡con Be de…!
EST. B: Ah, vaaale. Bolonia, con Be de… Valencia.
EST. A: No, lerdo, Palencia es con Pe de Pirata.
EST. B: No, eso es Palencia. Yo digo Valencia. Valencia, la de “¡puuuta Valencia, Alicante independencia!”.  [exaltado, se medio alza sobre un codo y clava su mirada en la lejanía, en la dirección equivocada] Cabrones, que lo tienen tó, tó pa ellos, la formula uno, la carrera de barcos esa, ¡y hasta… hasta la Albufera! Nosotros aquí con la birria de salinas de Santa Pola llenas de… pájaros rosas.
EST. A: Eeh, para, para. Esa es con V. “V” alencia.
EST. B: [con cara de concentrada atención] Suena igual.
EST. A: No, mira: “V”alencia.
EST. B: Vale, vaale, lo que tú digas. Me estabas contando no se qué sobre el traslado ese… lo de “V”olonia.
EST. A: Pues que parece que va a disminuir la calidad de la educación universitaria.
EST. B: Ya ves, tío. [con gesto convencido] Qué cabrones los “v”olacos.

[una chica arreglada como para no se sabe qué tipo de examen pasa por delante, y la conversación se diluye. La conocida salsa educacional, mientras tanto, sigue cociéndose]

Mapas mentales aplicados al proyecto

En arquitectura los diagramas se utilizan muchas veces como modo de visualizar información, y con menos frecuencia como herramienta para organizarla y gestionarla. De este modo, acabamos empleando sistemas que sacrifican la facilidad de manejo y la propia utilidad como herramienta, en favor de la capacidad de representación y del atractivo gráfico. A veces, casi exclusivamente de este último aspecto.

Recientemente he redescubierto el uso de mapas mentales y conceptuales como el lado práctico de los diagramas. Estos “mapas” son un recurso bastante conocido pero poco usado, que consiste en la ordenación y jerarquización gráfica de ideas o conceptos. En ellos, se crean una serie de nodos (ideas, conceptos, temas) que aglutinan el contenido y que son unidos entre sí por enlaces que pueden indicar cualquier tipo de relación, a nuestro criterio. Casi siempre se organizan en forma de árbol, pero también los hay sin una jerarquía tan clara, y desde luego esto es totalmente decisión nuestra.

En conjunto, este sistema es más potente y (una vez creado el hábito) más sencillo de usar que las listas o notas sueltas, y por otro lado es muy directo si lo comparamos con cualquier otra forma de dibujar un diagrama. Cualquier idea puede ser ubicada y documentada en el momento mismo de concebirla, y el mapa resultante queda no sólo en el ordenador (o en el papel), sino también más fácilmente grabado en la memoria, hasta el punto de que es relativamente fácil “rellenarlo” mentalmente con nuevas ideas, y añadirlas luego al mapa guardado. La estructura gráfica de distribución espacial de las ideas, permite saber en todo momento qué datos estamos manejando y cómo se relacionan entre sí.

¿Para el proyecto arquitectónico? Nunca antes se me había ocurrido, pero tras apenas unos días de uso ya tenía todos los datos de gestión del  proyecto de fin de carrera metidos dentro de un diagrama organizado y claro: objetivos, notas e ideas por desarrollar, referencias con sus enlaces correspondientes, contactos profesionales, datos técnicos concretos, etc. Más práctico y ágil, con diferencia, que tener enlaces sueltos por un lado, notas por otro… Sencillamente, cada vez que me pongo a trabajar en el proyecto abro el mapa mental y voy consultando, incluyendo, relacionando o moviendo cosas sobre la marcha, con muy poco esfuerzo de más.

PFC en Xmind sobre Ubuntu (Linux)

Buscando diferentes alternativas para crearlos y utilizarlos en formato digital he dado con Xmind, un software que permite crearlos sobre la marcha, al mismo tiempo que se piensa y centrándose en las relaciones y los contenidos. Quizás por ello hace pocas concesiones al aspecto gráfico: se puede personalizar completamente, pero siempre dentro del típico aspecto de “diagrama de flujo”. En cualquier caso, no he echado nada en falta en cuanto a prestaciones: tiene la posibilidad de añadir notas, hipervínculos a webs, carpetas o archivos, iconos e imágenes a cada nodo, y conectarlos entre sí de de muchas maneras, ya sea de forma jerárquica o por otro tipo de relaciones.

Xmind es multiplataforma (Windows, Mac y Linux, que es donde yo lo uso) y de código abierto. Además, existe la versión portable, ejecutable en cualquier sistema operativo desde una memoria USB.

Por Fin, C…

Estimados lectores del Blog 853.705 de Technorati, les habla el redactor:

Estamos entrando en modo PFC;  les rogamos que se abrochen las suscripciones RSS y tomen medidas para sobrellevar las condiciones de los próximos meses. Les aseguramos que todo está perfectamente bajo control, aunque es posible que noten cierto enrarecimiento en la cantidad de entradas y alguna disgresión imprevista en sus contenidos. Ante cualquier problema no duden en consultar a la redacción.

Gracias por su atención.

La vida y tú

Me mira con un aire dubitativo, casi reprobador.

– Es decir, que lo tienes prácticamente todo a tu favor, pero te empeñas en dejarlo y marcharte detrás de no se sabe qué sueños tuyos. No acabo de entenderte. ¿No te parece suficiente? Ahora que lo tenías todo al alcance de la mano… ¿Qué más esperas de la vida?

Tardo un tiempo indeterminado en contestar; lo suficiente para que su pregunta flote en el aire y comience a disolverse. Me pregunto si yo mismo sabré la respuesta. ¿La sé?

– A lo mejor se trata precisamente de no esperar…

El telar de las Parcas

Decían los romanos, y aún antes los griegos, que los hilos del destino humano eran cosidos y descosidos por tres temibles hijas de la Noche, en un gran telar.  Los escritores, como ellas, tenemos la capacidad de dirigir el destino de los personajes y los mundos que creamos, y lo que aquí vengo a proponeros es exactamente eso: la creación de un gran telar conjunto donde las vidas de diferentes personajes se crucen e interactúen.

Es decir:

Partiendo de un primer relato -el padre de todos los relatos- cada uno tejerá en su blog la historia  de otro de los personajes que aparezcan, o que estaban allí -aunque el escritor no los viera-, o que supieron de oídas lo que había pasado… Esos relatos-hijos podrán a su vez ser origen de otros nuevos, de modo que poco a poco se forme un gran tapiz. Pero eso no es todo. Los hijos tendrán capacidad retroactiva, es decir, si al basarme en un relato, añado o modifico algo en la escena original, el autor de dicho relato deberá modificar el suyo de acuerdo con esto, para que el conjunto de relatos pueda ir enriqueciéndose, ajustándose y formando una red coherente.

¿Suena complejo? Lo es. Estas cosas son difíciles, porque mezclar diferentes opiniones, diferentes sensibilidades, puede provocar conflictos. Pero vamos a intentarlo. Escribir un relato entre muchos es casi un mito, pero enlazar relatos muy diferentes mediante una simple conexión argumental, parece bastante más factible, espontáneo y divertido.

Para hacer funcionar todo este lío, propongo tres normas sencillas:

– Al publicar un nuevo relato hijo, el autor dejará un comentario en el blog del padre, con un enlace. De este modo, el autor del padre podrá revisar a sus hijos y ver si introducen modificaciones en su relato.
– Cada uno, hará constar en su entrada, mediante enlaces, de qué relato parte, qué relatos se van creando a partir del suyo, y cuáles son las reglas del juego -enlazando, por ejemplo, a esta entrada-. Con esto, podremos navegar por todo del telar.
– Todo esto ocurrirá durante un mes, sin periodicidad ni orden establecido. Al final de ese mes, decidiremos si dejamos que la red de historias siga expandiéndose, o la damos por finalizada. Será divertido hacer una representación gráfica de las relaciones entre los relatos.

Por otra parte, os dejo un par de consejos:

– Intentad que las historias sean enriquecedoras, no hagáis bromas burdas, payasadas, ni salidas de tono que estropeen el resto de aportaciones. Esto no excluye el uso del humor o la ironía como estilo literario. Todo esto queda a vuestra negociación entre padres-hijos: podéis ignorar versiones destructivas, pactar entre vosotros los cambios del argumento, etc. Como queráis, pero sed buenos.
– El resultado debería tener algo de coherencia entre relatos, pero no necesariamente uniformidad. Os animo a probar cualquier estilo, ambiente, tiempo, formato, registro o extensión. La vida tiene tantos puntos de vista como personajes, como autores, como formas de escribir.  La única unión entre todos serán determinados puntos de la trama argumental.
– Aunque cada uno mantenga su relato siempre en una misma entrada, editándola, os recomiendo guardar en algún sitio cada versión, para ver cómo las historias de los otros han ido modificando la nuestra, poder compartir anécdotas, etc.
– Para que esto sea realmente interactivo, habrá que leer regularmente tanto a los hijos como al relato del que partimos… por si otro de los relatos hermanos modifica algo en el padre que nos afecta a nosotros, etc.

Y  nada, dicho esto, podéis comenzar cuando queráis y como queráis, a partir de este primer relato que os propongo, o de los que surjan. Eso sí, emplazo directamente al padrino de esta iniciativa a lanzarse entre los primeros ;)

Cambio de rasante

Sobre la oscura curva del salpicadero, como lunas sobre un paisaje made by Ferrari, brillan seis semáforos seguidos en rojo. El último de ellos, sintiéndose seguro en la distancia, se muestra declaradamente insultante, justo al final de la subida. Diego tamborilea lentamente sobre el volante, del mismo modo en que un francotirador despiadado acariciaría el gatillo del rifle. Tratando de contener la tensión que le sube por la espalda. Respira con deliberada lentitud. Tensa los músculos de los brazos, uno a uno, y de las piernas, como un leopardo a punto de saltar, al tiempo que pisa suavemente el acelerador hasta notar que el corazón de la fiera late más rápido que el suyo.

Clava la mirada en el semáforo sobre él. Es, ahora, el único dato que interesa. La avenida está vacía, como siempre a estas horas. El único vehículo visible, dispuesto a girar a la izquierda, no es digno de atención, y los escasos peatones sabrán cuidarse solos. Sabe perfectamente que los semáforos, en su momento, irán cambiando en cadena, con el intervalo preciso para que un deportivo con una aceleración de cero a cien en cuatro coma tres segundos parezca llevar la misma velocidad que la luz.

Verde.

Gatillo, leopardo y conductor saltan como uno, y el bramido del motor quema el silencio.

Verde.

El coche intruso ha girado, como huyendo, y parece que

Verde.

No hay tiempo para

Verde.

Para pensar en

Verde.

En

Verde.

El recién lanzado proyectil da un último zarpazo al suelo, y caucho y asfalto dejan de ser uno. El conductor, transmutado a piloto, siente que una tonelada de acero y ruido lo levanta por el estómago y lo lanza al límite de su capacidad sensorial. Entonces llega el esperado silencio de la ingravidez. Mientras el coche ruge en vacío, a siete mil ochocientas revoluciones, las lunas sobre el salpicadero pasan a ser una miríada de estrellas, y Diego, ya completamente sordo e insensible, contempla una vez más la ciudad nocturna como si la tuviera entre sus manos. Como si, girando el volante, pudiera girar el mundo y…

Pero el mundo se limita a ascender de nuevo ante él. Las ruedas delanteras tocan primero el asfalto, giradas el ángulo exacto para mantener el conjunto en un equilibrio dinámico, inestable y perfecto. La sacudida de la dirección devuelve a Diego a la realidad sin la más mínima consideración, y sólo la memoria muscular y algo que algunos llaman instinto impide que el deportivo rojo se estrelle diez segundos después contra una hilera de coches aparcados.

Sin embargo, hasta el más perfecto de los mundos necesita del error para existir, y sólo la suerte y algo que algunos llaman milagro habría podido impedir que este mismo deportivo rojo, recién aterrizado desde el cambio de rasante, se encuentre de pronto conduciendo directamente hacia un autobús de largo recorrido que suelta en ese momento a su adormilados pasajeros.

El mundo comienza a girar, ahora sí, al mismo tiempo que el volante, y lo último que ve Diego es una mujer joven, bastante atractiva, que arrastra una enorme maleta justo en el límite del alcance de la carrocería. Diego imagina, más que oye, las palabras que escapan entre sus labios:

 ¿¡Cómo puede alguien ser tan i

Relato-detonador de El Telar de las Parcas. Relatos derivados:
Un mundo en cuatro-coma-tres segundos | Frío | Aterrizaje forzoso

Cuentacuentos Doce

Me he tragado una canción. Estoy convencido de que así lograré absorber en mí la música, y al final, hablar cantando. Con una canción en mí, no habrá texto que no pueda corear ni palabra que no reverbere. Voy a inundar la vida de canciones, voy a cantar en los juicios y en el mercado, en el dentista o en los entierros. Ya comienza a hacer efecto. Ya lo noto… pero esperad, es muy curioso, creo que me han empezado a faltar los tonos de pronto ya no existen melodias con las que matizar lo que cuento no hay inflexion posible en el mensaje no hay significado entre lineas ni bajo ellas ni a los lados porque ya no hay graves ni agudos y encima no para ahí la cosa que tambien se me esta diluyendo el ritmo hasta el pun to en que i gua la das ne gras y blan cas en for za do mes ti za je a ho ra to do el len gua je es gris las pa la bras se con fun den pier den su i den ti dad su je rar quí a dios mi o y su va lor y pa re ce que a un no tie ne su fi cien te y de pron to la in ten si dad del so ni do la pro pia vi bra cion so no ra se des va ne ce no hay re so nan cia ca paz de ha cer lle gar la pa la bra mas a lla de mis la bios y fi nal men te in clu so e so ha de ja do de im por tar cuan do has ta las con so nan tes han co men za do a de sa pa re cer que dan do so lo ai re ex pi ra do ya sin fuer zas pa ra se guir y ni si quie ra pa ra vo mi tar es ta can cion que se ha lle va do los so ni

Servir, valer

– Mierda, ni para animar sirvo…
– ¿Tú? Tú no me sirves para nada.
– Jo…

– Venga, no seas tonta… A mí me vales aunque no me sirvas.

Hoy me ha apetecido hacer un post “a lo eMe”, en plan minihomenaje a un blog en el que he pasado (y sigo pasando (y seguiré pasando)) muy buenos ratos.

Receta sencilla para dos

Una miríada de palabras comunes sin usar, silenciadas.
Un roce, maduro y tierno.
Un poco de sal de sudor o lágrimas.
Un fragmento cristalino de sonrisa.
Dos tacitas de té llenas de alma líquida, tibia.


Cocer a fuego lento durante unas breves eternidades y a continuación quemar en un único e interminable instante.

Dejar reposar a la luz de una estrella fugaz.

Rescatado de un comentario en un viejo tema de un remoto foro…

Cuentacuentos Trece

El sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío. Él, tras mirar por la ventana durante algo más de diez minutos, se dijo que así era mejor. No tenía muy claro qué habría pasado si allá fuera el tiempo hubiera sido cálido, pero intuía que el gélido manto que bloqueaba los coches calle arriba y calle abajo le iba a ser favorable esta vez.

El sonido de unos quedos golpes en la puerta lo separó de la ventana. Ella traía el pelo adornado de copos de nieve casi convertidos en gotas, y los bajos de los pantalones tan empapados como si hubiera tratado de cruzar corriendo un estanque. Se quedó en la puerta sonriendo, sin atreverse a dar un paso hasta que él insistió con un gesto y se ofreció a colgarle el abrigo y el bolso en una percha liberada a tal efecto.

Como él había imaginado, ella miró alrededor de forma disimulada. La cama sin hacer, pero sólo ligeramente arrugada, para evitar que pareciera demasiado preparada pero tampoco diera impresión de desorden. El toque justo de calidez, de confianza, matizado sutilmente por una taza y un par de libros sobre el escritorio, desordenados en el ángulo exacto para que parecieran aún en uso sin dejar por ello de formar un conjunto agradable. La flor fresca en un delgado vaso de cristal, relegada a un rincón alto de la estantería, como un accesorio al que uno mismo no diera demasiada importancia. El plan marchaba sobre ruedas.

Finalmente, ella pareció sentirse cómoda y se acercó a la ventana. De pie, apenas rozando su hombro derecho con el brazo izquierdo de él, se quedó mirando el paisaje espumoso enmarcado en diagonal sobre el parque que se abría dos edificios más arriba. Una vista perfecta, pensó él, que podría haber sido encuadrada por algún gran pintor renacentista. Perfecta, repitió, mientras alternaba la mirada, algo nervioso, entre los cristales y su perfil, una cabeza por debajo del suyo. Ella levantó la mirada y lo sorprendió contemplándola, pero no pareció darle importancia.

– Es un cuadro fantástico. Si hubiera traído el estuche…

Él la miró sonriendo, y soltó satisfecho una frase mil veces imaginada.

– Hay acuarelas y papel para acuarelas en el segundo cajón del escritorio.

Ella se volvió a mirar hacia donde indicaba su brazo.

– ¿Acuarelas…? ¿Desde cuándo pintas tú con acuarelas?

¿Yo? -contestó él con una sonrisa.

Ella lo miró unos momentos sin comprender, y luego esbozó una sonrisa ladeada, como de reproche cariñoso.

– Qué tonto…

Él, sintiéndose como pillado en una travesura, atrapado en una maniobra demasiado evidente, se apoyó con pretendida naturalidad en el marco de la ventana mientras la veía ir hasta el mueble y sacar las hojas, los botecitos con agua y las pastillas de color cuidadosamente preparadas, aún si estrenar, obviamente esperando alguien que les diera uso.

Todo siguió según el plan. El frío paisaje exterior, pasado al papel a una velocidad asombrosa, dio lugar a una serie de paisajes cada vez más recogidos capturados por el pincel bajo la concentrada atención de ella y el inesperado asombro de él. Cuando finalmente el relieve más íntimo hubo sido esbozado los pinceles salieron del papel para juguetear sobre la piel caliente de uno y otro, y luego fueron olvidados sin demasiado cuidado sobre la mesa, junto a los libros, formando, ahora sí, un ángulo espontáneo y completamente vulgar. Finalmente, estando ya tan unidos que de haber comenzado a cantar lo habrían hecho a la vez y con la misma nota, como los dos brazos de un diapasón, ella le dejó su aliento en los labios:

– ¿Tienes… ?

Él la miró unos instantes, su cerebro funcionando lentamente, y apenas pudo evitar una mueca de perplejidad. Se sintió idiota, torpe, miserable y finalmente despreciable, según su pensamiento repasaba el plan, encontraba el error en él, se replanteaba sus objetivos, y se daba finalmente cuenta de lo inadecuado del conjunto.

Porque no, no tenía ni un solo preservativo en ninguno de los rincones de la habitación, y lo más extraño era que todo el objetivo de la bien trazada serie de acontecimientos se desmontaba ahora por sí solo, no por ese estúpido error de previsión, sino por el hecho de que, sencillamente, en ese momento no le importara demasiado haberlo cometido.

Descubrió, sorprendido, que prefería quedarse así, eternamente abrazado a ella, a acabar con la perfectamente planeada serie de excusas para convertir aquello en un vulgar polvo entre otros. La mentira más obvia se convirtió en verdad conforme el aire espirado se hacía sonido:

– No… no había previsto que pasaría… esto.

Cuentacuentos Once

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas). La esquina de la estrecha rue con el bulevar pareció estremecerse en un remolino impresionista (ella cree que por el viento). Pasó un carro con su crepitar de cascos, se arremolinó la nieve, y entonces (yo creo que por un adoquín mal colocado), me encontré mirando al fondo oscuro del cielo de París (ella cree que resbalé). Se cruzaron nuestras calles (yo creo que por casualidad, ella cree que por destino). Se desheló todo de pronto con una mirada atenta, con una mano enguantada y una pregunta cortés, y ella y yo, ahora… (creemos).

Recordando un viejo relato al que tengo mucho cariño, publicado en TodoArquitectura.com como parte de El sueño de un Arquitecto. Fue mi primera incursión en la literatura histórica, la primera vez que descubrí que para escribir sobre algo con verosimilitud, tienes que conocerlo, y para eso hay que investigar…

Este relato forma parte de la iniciativa de ElCuentacuentos.com.

Cuentacuentos Diez: Las cinco palabras

Once de la noche en el fondo de un bar vietnamita. Allí donde clarea la espuma que cubre la cerveza, se ve el líquido ambarino temblar a impulsos irregulares, un par de veces por minuto, formando círculos perfectos que se expanden y contraen nerviosamente, solidarizándose con ese cigarrillo mal sujeto por dos dedos temblorosos. Por un momento, su dueño, un europeo moreno y de mirada alerta, deja de pensar en el contenido de su próximo artículo, y se queda mirando ambas cosas.

—¿A nadie se le ha ocurrido preguntarse— se pregunta él—, por qué cuando todo lo demás falla, los vicios siguen estando con nosotros?

En la esquina de la derecha, en la mesita junto a la barra, un niño se revuelve inquieto, sentado medio de lado en la silla, con los pies balanceándose en el vacío y golpeando con infantil insistencia una de las patas. Tomp. Tomp. Tomp. Al ritmo de las ondas de la cerveza.

—Treinta y cinco.

—Treinta y seis.

—Treinta y siete.

El europeo del cigarrillo apoya la espalda en el zócalo de madera oscura que dignifica la pared y dirige la vista —y el tic nervioso del párpado izquierdo— hacia la entrada. Por la puerta entreabierta, a través de la calle, se puede ver la entrada del bar de enfrente. Cerrada a cal y canto, como tantas otras puertas de la ciudad. Hoy el cartel del menú ha permanecido en blanco, como si la gastronomía hiciera un minuto de silencio en homenaje al hambre, esa que, no por difunta sino por demasiado viva, tiene a medio país como de luto.

—Treinta y nueve. Papá, ya no les deben quedar muchas bombas, ¿verdad?

El padre no contesta. Pasea una mirada contrita por el local, como pidiendo disculpas por la improcedente esperanza del hijo. Cuatro miradas, reunidas por el miedo a estar ahí fuera, le devuelven, por turnos, el mismo pensamiento. Pobre inocente.

—Se les estarán acabando…— insiste, convencido, el pobre inocente.

Como bromeando con la idea, las explosiones se alejan hasta que la cerveza y los ánimos comienzan a aquietarse, y entonces vuelven de pronto, dos manzanas más allá, causando movimientos bruscos e inútiles dentro del bar. Y vuelta a empezar.

El niño se ha cansado de contar cuando llevaba cincuenta y siete. Ha dado varias vueltas por el bar, corriendo de nuevo hacia su padre tras algún estallido más fuerte que otros. Se ha puesto de pie (con el izquierdo, luego con el derecho, luego con el izquierdo otra vez) en la silla, obteniendo a cambio una regañina y varias miradas indiferentes. Ha intentado hacer sonar, con relativo éxito, la copa vacía pasando un dedo ensalivado por el borde. Como ya ha hecho todo eso y no se le ocurre nada más, empieza a aburrirse. Pregunta lo mismo una y otra vez. Estira del brazo de su padre. Se sube en sus rodillas. Se baja. Se vuelve a subir.

Tras cruzar su mirada con el agobiado padre, el propietario del bar se agacha tras la barra, y reaparece con una cesta en forma de arcón. Revuelve un poco en ella, como descartando numerosos objetos con las manos, y saca finalmente un libro grueso que ofrece al niño.

—Toma, chaval, para que no te aburras.

El niño, que de pronto ya no se aburre tanto, se esconde detrás de la silla. El padre se levanta y recoge el libro por él. Le da la vuelta en sus manos y contempla la portada polvorienta y medio suelta. Alza una mirada interrogativa y algo sorprendida.

—Sí, es un diccionario. De mi hija. Cuando tengo que traerla al bar y se aburre, lo saco y hacemos juegos con palabras. Es mi humilde aporte como padre. Vamos, déselo al crío— insiste.

El recelo del niño no es extensible al nuevo juguete que le ofrecen esas manos familiares, así que lo toma entre las suyas, y con una última mirada al hombre de la barra, lo abre por una página cualquiera.

El chirrido de unos neumáticos al final de la calle atrae temporalmente la atención de todos en el bar, que se agolpan en la entrada, y cuando pasa la alarma, todos se han olvidado del niño.

El reloj marca las doce menos cinco. Los breves conatos de conversación van quedando atrás, y sobre las mesas planea el silencio discontinuo del bombardeo. (Algunos gritos de vez en cuando, otro ruido de motor, y de nuevo la calma hasta la siguiente explosión.) La desesperación va creciendo a cada salto del segundero, hasta que casi se hace palpable. Parte de la cerveza se ha derramado sobre la mesa, pero a nadie parece importarle, y menos al hombre del cigarrillo, que piensa de nuevo en su trabajo, pese a la catástrofe que lo rodea. Su trabajo es la catástrofe, se repite a sí mismo, y parece ser el único que piensa más allá de la situación.

Finalmente el niño habla, y su clara vocecita pronuncia cinco palabras. Pero no cinco palabras vulgares y corrientes. No dice: quiero que paren las bombas. Ni: Papá, ¿mamá estará en casa? Dice, orgulloso de su esmerada selección:

—Vietnamita. Aporte. Cesta. Numeroso. Gastronomía.

Epílogo


En un polvoriento bar del centro de Sài Gòn, donde la esperanza está tan vacía como el menú, cinco absurdas palabras arrancan una sonrisa, y luego otra, y otra, hasta que todos se encuentran sonriéndose mutuamente mientras el niño, indiferente al cambio que acaba de provocar en el ambiente, se recuesta sobre las tapas del libro, cuidadosamente atrapado entre sus brazos y la mesa.

De pronto, el hombre del cigarrillo descubre tres cosas. Primero, que ser corresponsal de guerra tiene a veces momentos maravillosos. Segundo, que ya tiene tema para ese artículo. Tercero, que la mancha de cerveza sobre la madera ha dejado de vibrar.

Cinco miradas (una de ellas europea y con un tic nervioso, y otra más pequeña y somnolienta que el resto) se alzan, se cruzan esperanzadas y agradecidas con los ojos serenos que asienten detrás de la barra, y se pierden en la noche.

Este relato ha sido publicado siguiendo una propuesta singular de El Cuentacuentos.

Cuentacuentos Nueve

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño.

Lo supo al sentir que a su alrededor, tras largos meses convertidas en fríos y oscuros dedos que arañaban el viento, las ramas comenzaban a sacudirse la nieve perfectamente alineada sobre ellas. También porque sus sentimientos, temblorosos y hostigados por tantas otras inclemencias, parecían hacer lo mismo con aquel deje suyo de nostalgia.

Lo supo cuando, de pronto, cada día de sol a su alrededor era una excusa para correr en forma de agua, brotar en forma de hojuela, explotar en forma de flor. Y cada sonrisa, en ella, una súbita oportunidad de liberarse, de ser sincera o valiente, y de llorar un poco, también.

Lo supo porque el río se aceleraba y las distancias se acortaban, porque todo parecía ir mucho mejor o mucho peor, pero ir, al fin y al cabo. Porque tras su temeridad, tras el gran cambio, tras la dura adaptación, por fin parecía estar viviendo.

Lo supo al ver que en el cielo, trazando grandes letras de esperanza, borrones de cuenta nueva y flechas de voluntad, volvían las aves migratorias, graznándole un saludo al acercarse. Al sentir que su corazón, largamente aprisionado sin barrotes ni cadenas, rompía de pronto a sentir y la hacía querer más, y mejor.

Cuando se quiso dar cuenta, allá, en su tierra, al otro lado del mundo, era otra vez otoño.

Cuentacuentos Ocho

– ¿Qué haces?

– Ver porno. ¿Y tú?

– Pensaba en ti.

Andrea colgó lentamente el auricular, intentando no producir ningún sonido al hacerlo.

Hubiera asegurado que nada podía sorprenderla ya después de una semana de problemas técnicos con la línea, durante la cual descolgar el teléfono y encontrarse escuchando conversaciones de ajenas se había convertido en una extraña rutina.

Sin embargo, pensó en lo que acababa de oír y tuvo que reconocer que aún podría seguir sorprendiéndose indefinidamente. Por ejemplo, al tomar en silencio el auricular y escuchar una historia contada en tres simples frases, un mundo explicado en dos preguntas -tan iguales- y dos respuestas -tan diferentes-.

Sacó el cable de la clavija y salió a la oscuridad de la terraza, con la conversación girando en la cabeza.

¿Y si los peores triángulos, se preguntó, fuesen aquellos formados por sólo dos personas?

Poesía aplicada

Acabo de encontrar un hermoso fragmento de texto en el lugar que menos me esperaba. ¿Os habéis fijado alguna vez en lo hermosas que son las descripciones de los vinos?

Los blancos Rías Baixas son vinos de aromas intensos, francos, afrutados (algunos con notas florales). En boca son frescos, untuosos, sedosos y persistentes. Buen paso de boca.

Casi me gustaría que me gustara el vino para poder descifrar el significado. ¿Es poesía o es lenguaje técnico? Es ambas cosas. Suena como un encadenamiento de metáforas y símiles literarios, y sin embargo, un entendido en vinos comprenderá con precisión científica cómo es ese vino. ¿No es asombroso que para describir con la mayor precisión algo, haya que usar un lenguaje como ese? Es el sueño cumplido de lo bello-útil. Es poesía aplicada.

Cuentacuentos Siete

Una mancha de vino en el mantel puede ser cien veces más ancha que el más ancho de los ríos. Sobre todo -¿verdad?- cuando separa dos manos, diez dedos y un buen puñado de ilusiones.

Sus dedos acarician levemente la tela mientras te cuenta lo que le pasó ayer en el metro. La historia en sí te importa un rábano, y ella lo sabe, pero estás francamente a gusto a su lado. Y ella lo sabe también, claro. Le miras la sonrisa de hito en hito, pero tu atención se desvía constantemente hacia sus dedos, que acarician levemente la tela mientras… acarician levemente la tela… levemente… la tela… la tela que tus dedos presionan con algo menos de delicadeza, como tomando impulso para un salto más bien improbable.

Ella te pregunta algo, y tú le devuelves la respuesta y la sonrisa. Sonríe toda tu cara, sonríen todos tus músculos, sonríe todo tu cuerpo… bueno, todo, menos tu mano derecha, que está gritando de impotencia ante un mar rojizo e insalvable mientras en la otra orilla, una mano izquierda descansa confiada y una boca preciosa da cuenta del primer plato.

Ahora estarás pensando que esta situación es absurda, y recordarás con cierto resentimiento que eso en las películas no pasa. Tienes algo de razón: en las películas, las manos encuentran entre sí sólo un mantel blanco como la nieve, y pueden acercarse lentamente, como quien no pero sí, y en un momento dado, en el momento exacto, la mano de él se posa en la de ella, y… todo cuento, ¡puro cuento! Ahí está la mancha de vino para demostrarlo. Y ahí está el segundo plato.

Puedes dejar caer la servilleta sobre la mancha, y utilizarla como puente, piensas mientras asientes distraídamente a alguna otra pregunta. Pero entonces, recapacitas, tendrías que salvar la servilleta, y el salto olímpico de vallas –categoría Manoderecha- tampoco sale en las películas. También puedes rodear la mancha, se te ocurre a la desesperada, pero a ver cómo explicas el rodeo como inocente casualidad. ¡Anda, mira, mi mano, que se iba de paseo… a la otra punta de la mesa? No, tampoco, tampoco. Está claro que ya es inevitable.

Una mano pide el postre. El postre llega. El postre se va. La mancha de vino, permanece.

Otra mano pide -a regañadientes- la cuenta. La cuenta llega. La cuenta se va. La mancha de vino, la maldita mancha de vino, permanece. Permanece a toda costa.

Al final, al otro lado del más grande abismo jamás visto por un hombre, una palabra mueve un brazo, un brazo levanta un codo, un codo arrastra a una mano, y una mano alza unos dedos, que acarician levemente otra vez, levemente, la tela suave, hasta llegar al borde y perderse hasta más ver. Tus dedos se cierran, derrotados, junto a un gran océano de frustración.

Y entonces una mano, una mano de dedos suaves, viene a posarse desde el aire, con la facilidad de un ave, sobre tu puño cerrado. ¡Con una endiablada facilidad, como… como si acabara de ocurrírsele y… y… zas!

La mancha de vino en el mantel queda olvidada.

Cuentacuentos Seis

– ¿Por qué el mar es azul?

– ¿Azul? ¡El mar no es azul! Pensaba que tú me explicarías…

– ¿Explicarte qué? Yo lo veo azul cuando vuelo sobre él.

– No, no… el mar no tiene color, ¡lo sabré yo que nado siempre por dentro! Lo que es azul es el cielo. ¿Por qué el cielo es azul?

Mientras la dorada y el albatros discutían, el mar -color azul marino- y el cielo -color azul celeste- siguieron mirándose mutuamente, con esa mirada cómplice -y azul- que sólo ellos podían comprender.

Cuentacuentos Cinco: La puerta número cien

Da igual con qué frase comience un relato. Al menos eso nos parece cuando miramos atrás desde el punto y final, y vemos todo el camino recorrido. Esta historia es la de uno de esos caminos, un camino pavimentado con letras, un viaje de frase en frase en busca de lo que hay detrás del lenguaje. Es la historia del viaje de Nina.

••••

Nina nació con un libro y un lápiz en la mano, pero en su cabecita rizada alguien dejó algo por poner.

El primer día que leyó una página entera fue el primero que intentó escribir una igual. Y decir esto no es muy exagerado. Asistía a las clases de lengua con una fruición devoradora que asombraba y encantaba por igual a sus maestros. Sus redacciones eran perfectas, usaba puntos y comas con la misma precisión con la que un relojero engrana muelles y ruedecitas dentadas. La escritura era, en fin, su medio natural, como natural es el agua para el pez o la tierra para la lombriz.

Pero había algo que nadie sabía: Nina, en sus once años de vida, no había sido capaz de escribir un solo cuento. Nadie la había visto luchar en silencio con una hoja en blanco, bajo la velada luz de la lamparita, cuando la creían dormida. Nadie sabía que las frases se volvían toscas e indóciles bajo la vacilante presión del lápiz. Que caían con perfecta gramática en el papel, pero no había forma de ordenarlas. Que se enganchaban tanto que no podía separarlas, o se soltaban al mínimo descuido.

Y es que Nina no sabía, aunque es algo que todo niño sabe, que para contar algo hay que tener algo que contar. Nina conocía las palabras, pero no las historias que debían vivir detrás. Y noche tras noche, las hojas en blanco y las hojas emborronadas con frases se volvían iguales en la oscuridad del cajón, bajo la ropa, y se hacían insoportables.

Entonces, la tarde en que cumplió doce años, el viejo apareció. No, no hubo chispas ni destellos. Simplemente abrió la puerta del dormitorio, entró caminando despacito, y se sentó en la cama junto a ella. Nina nunca me ha sabido explicar por qué no se sorprendió. Simplemente, me cuenta, se quedó mirándolo en silencio con los ojos muy abiertos, y sonrió tímidamente cuando él lo hizo.

– Nina, Nina… ¿Qué estás haciendo? – preguntó el anciano, mirando las cuartillas un poco arrugadas que ella sostenía en la mano.

Pero la curiosidad de los niños es imperativa, inaplazable.

– ¿Quién eres?

El viejo alzó las manos, como en un vago gesto de paz, y contestó con amabilidad:

– Allí de donde vengo me llaman Märchenerzähler.

– ¿Marj… Merjer… erseler?

– Oh, no te preocupes -la interrumpió sonriendo-. En tu lengua significa Cuentacuentos. Puedes llamarme así si quieres… Tienes que saber que sólo los escritores de verdad pueden pronunciar mi nombre. Y tú quieres ser escritora, ¿verdad, pequeña? Lo intentas, al menos.

Nina permaneció callada, un poco sobrecogida.

– Escritores… – continuó él, y su sonrisa se suavizó en una mueca melancólica-. ¿A cuántos de ellos he conocido? Recuerdo como si fuera ayer a Jakob y a Wilhelm Grimm suplicándome una y otra y otra vez que les contara un cuento. Eran un poco inquietos, algo pesados si me permites, pero unos niños encantadores, como tú. Y cuando se hicieron mayores, siguieron buscando historias que contar. O el pequeño Michael, el hijo del señor Ende… y tantos niños que luego fueron escritores y siguieron difundiendo mil y una… Pero volvamos a ti. ¿Quieres escribir cuentos?

Nina bajó la mirada a sus cuartillas, un poco avergonzada. No podía decirle al viejo que sí, porque la creería igual a aquellos niños maravillosos a los que ella misma había leído con tanto entusiasmo. Y ella no era como ellos. Ella no era escritora, ella no podía contar cuentos.

El viejo pareció entender el silencio, y siguió como si no hubiera hecho la pregunta.

– Escucha… Antes de contar un cuento, tienes que haberlo encontrado. Los cuentos sin contar están por todas partes, pero hay que saberlos buscar: mientras nadie los cuenta, están guardados tras una puerta cualquiera, y nadie puede verlos. Tú tampoco, Nina. Te he visto luchar cada noche, y sé que has encontrado todas las puertas cerradas. Por eso he venido a ayudarte. Escucha con atención.

La niña lo miró a los ojos, como magnetizada, y asintió lentamente.

– La puerta detrás de la que se esconde un cuento no se diferencia mucho de las demás. Sólo una cosa la hace distinta, y es que esa puerta se abre con una frase. Cuando un escritor quiere contar un cuento, busca una puerta que le parezca apropiada, y prueba frases hasta que logra abrirla. Tú no has visto aún esas puertas, así que tendrás que comenzar al revés.

– ¿A… al revés?

– Precisamente. Atiende a lo que voy a decirte: a partir de ahora, el martes de cada semana encontrarás una frase nueva. No puedo decirte exactamente dónde, pero estoy seguro de que la reconocerás en cuanto la veas. Cuando encuentres una frase, llévala contigo, y comienza a buscar una puerta en la que puedas usarla. Cuando una frase y una puerta encajan, la puerta se abre y aparece detrás un cuento sin usar. Así podrás por fin escribir.

– Pero…

– Ten confianza, Nina, y verás cómo todo sale bien -sonrió el anciano.

– P… pero…

El viejo había desaparecido. Nina se arrebujó en la cama, y esa noche tardó mucho en dormirse. Miraba con aprensión la puerta del dormitorio, incluso los postigos cerrados de la ventana, como si de un momento a otro fueran a abrirse y a dejar paso a algo desconocido. Amanecía cuando se durmió. El amanecer de un martes.

No puedo contar aquí todas las aventuras de Nina con las puertas, pero os puedo asegurar que fueron muchas. Al principio, cuando encontraba una frase, pasaba unos días llena de ansiedad, probándola en todas las cerraduras que encontraba. Apenas comía, no atendía demasiado en clase y andaba más distraída de lo que sus padres hubieran deseado. A veces tardaba más de una semana y entonces tenía que cargar con dos o más frases. Con el tiempo, llegó a aprender a confiar en la suerte. Tarde o temprano, alguna de sus frases encajaba en una puerta, y Nina descubría un nuevo cuento sin usar.

Nunca pudo olvidar el primer día que logró traspasar uno de esos portales. Había encontrado la primera frase en mitad de una canción de la radio, y cinco días más tarde, al pasar por la puerta de la pescadería, de pronto se encontró al lado de un ángel que lloraba. Aquel fue su primer cuento. Después de aquello, las frases se sucedieron, apareciendo puntualmente en los sitios más extraños, como en un cartel pegado en un costado del tranvía, o en la apretada letra de un manual de instrucciones, en medio de un párrafo hacia el final de una novela y a veces, incluso, en el cuaderno de un compañero. Nina las reconocía cada vez con más facilidad, y las memorizaba rápidamente. También las puertas se volvieron más fáciles de encontrar, y pronto se juntaron un centenar de hojas en el fondo del cajón de la mesilla, bajo la ropa. Un centenar de cuentos.

La conversión de Nina en escritora fue tan suave que ni ella misma se dio cuenta. Y a cada frase, a cada puerta, a cada cuento, su vitalidad crecía, su felicidad se hacía más y más tangible. Siguió escribiendo hasta que un día, de pronto, se detuvo bruscamente ante la oxidada cancela de un parque. Algo extraño estaba sucediendo. Aquella puerta no era como las demás. No era muda ni hermética: habría asegurado que la estaba llamando. Sin tener que pensarlo, de pronto supo con toda certeza que había una historia allí detrás. Sólo hacía falta una frase para abrirla.

Allí mismo, ante la puerta número cien, y a apenas unas semanas de cumplir los catorce, Nina se encontró buscando entre todas las frases que había escrito hasta entonces, y entre muchas aún por escribir, hasta que de pronto, una de ellas encajó en la cerradura, se oyó un suave crujido, y nació un relato auténtico.

Aquella noche, su primer cuento descansó sobre el escritorio.

••••

Ahora, imaginad a Nina con unos cuantos años más, sentada en una cómoda silla, y tecleando en una pequeña máquina de escribir portátil. Las mejillas redondas de la infancia son ahora parte del afinado rostro de una joven mujer. Las frases torcidas de entonces aparecen ahora perfectamente paralelas, alineadas con rigor, y aún más correctas, incluso, que entonces. Nina alarga el brazo para sacar la hoja terminada, pero su gesto queda detenido en el aire. El papel se inclina delicadamente y cae en la mesa, pero ella ya está sonriendo hacia otra parte. En la puerta, una figura menuda, con una gran sonrisa, la está mirando.

– Hola, Nina.

– Hola, Märchenerzähler.

La mirada del anciano brilla con una alegría apenas contenida.

– Ya sabes decir mi nombre… ¿Qué ha sido de aquella niña tímida que escondía sus cuartillas en el cajón, bajo las camisetas y los calcetines?

Nina le devuelve la sonrisa, y es como si un sol mirase a otro sol.

– Aquella niña tímida salió de viaje y abrió hasta un centenar de portales, con otras tantas frases que tú escondiste. Sólo en el portal número cien dejó de seguirlas, y en el ciento uno aprendió una verdad mucho más grande.

– ¿Y qué aprendió la pequeña Nina? – casi susurra el anciano.

– Que igual que con una simple frase se pueden abrir las puertas de la mente, a veces basta una sola palabra para abrir las del corazón.

Märchenerzähler la mira con extremada atención, con los ojos chispeantes.

– ¿Por ejemplo?

– Gracias.

Dicen que mis cuentos son muy cortos, así que para conmemorar las 100 frases de Cuentacuentos, he tirado el teclado por la ventana y me extendido un poquito más de lo normal…

Cuentacuentos Cuatro

– Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro.

¿Por qué le venían esas palabras a la mente, precisamente ahora? No, ésa no era la pregunta. Le quedaban pocos días –contar la vida en horas era demasiado definitivo-, así que era obvio acabar pensando cosas así. Lo curioso, lo realmente extraño… ¿Por qué, de pronto, después de más de sesenta años, se acordaba exactamente de todo?

Alfredo, el larguirucho hijo del por entonces alcalde Juan Antonio Gálvez, apoyado con aire indolente en el muro oeste de la pequeña parroquia de Benicaudell, en lo más alto de ladera. Carlos, de la alquería al sur del pueblo, tratando de poner todo su peso sobre una lata de cerveza sin chafarla. Y él, él mismo, Miquel, hijo de Miquel el Forner, con ni dos décadas de vida en los músculos, sentado por encima de ambos y mirando con aburrimiento los tejados circundantes.

– ¿Qué?

– Que digo que mi vi… – comenzó Alfredo con el hablar arrastrado del que no quiere repetirse.

– ¿Inmortalizado? ¿Tú? –le cortó Carlitos-. No te lo creas demasiado. Sólo somos chavales de pueblo – la lata crujió y cedió repentinamente bajo su peso-. Mierda. Eso es lo que somos. Chavales de pueblo, quiero decir. A ver por qué nos van a inmortalizar.

Alfredo no contestó. El propio Miquel, pese al tiempo transcurrido, recordaba perfectamente el silencio que siguió a aquella afirmación. Un silencio lento y tórrido, del que podría decirse, sin tomarse una gran licencia poética, que la mejor expresión de los pensamientos contenidos en él la dieron los chirridos de las chicharras en el cercano pinar. Su opinión sonó como ahogada por la quietud.

– Pues yo creo que ese libro tienes que escribirlo tú, mientras vives. Da igual que luego otro lo ponga en papel. Como te pases la vida pensando en el libro, nunca existirá. Piensa en la vida.

– Bajaos del muro, modestos. Tenéis vuestros nombres escritos en un algarrobo donde la Clara. Más inmortales que eso, ni lo soñéis.

Alfredo, estirándose en toda su longitud contra la encalada y aún fresca superficie del muro, torció los labios en una de sus raras y valiosas sonrisas.

– Pero me gustaría ver mi vida en un libro – insistió, tozudo y soñador a partes iguales.

••••
El hombre delgado, más delgado si cabe por los años, y cuyas facciones casi permitían aventurar que en otras circunstancias habría estado sonriendo, contempló unos instantes más la lápida nueva, impecable, de su amigo, y habló a su acompañante sin girarse:

– Sabes, Clara… Miquel tenía razón. Hay cosas que no necesitan ser escritas para seguir vivas. Me hubiera gustado decirle… que si el mundo hubiera sido un libro, la suya habría sido la mejor de las historias.

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El eslabón de una cadena

El siguiente fragmento es mi aportación, hace ya un tiempo, a esta entrada en el blog de Miss Sinner. Lo pongo aquí porque tras releerlo, me ha gustado (y ya sé que está mal que yo lo diga) tanto el texto en sí como el modo en que puso orden en el inevitable desbarajuste de una historia encadenada. Lástima que luego no siguiera como yo pensaba. Lo cual, por otra parte, es la gracia de este tipo de relatos…

– Patricia, tienes que decírmelo. Ahora.
– ¿Decirte qué?
– Que lo hicisteis sin avisarme.

Patricia se lo quedó mirando como a través de un telescopio. De planeta a planeta. ¿De qué rayos hablaba?
Fernando apretó los labios y miró un momento a la joven desconocida.
– Sara… ¿te importa dejarnos un momento?
La mirada desafiante dejó de taladrar a la recién llegada y se clavó con igual fiereza en el hombre.
– ¿Crees que eso cambiaría algo? ¿Qué más da que esté o que no esté?
– Tú verás. Haz lo que te de la maldita gana.
Volvió a mirar a Patricia. Temblaba ligeramente, y mantenía los puños apretados como si de un momento a otro una tensión desconocida fuera a hacer saltar un arco voltaico entre ellos.

– Dímelo de una puta vez. Lo intentasteis, ¿verdad? Ni se te ocurra mentirme ahora.

Patricia se encogió en el sofá. Si no hubiera habido esta tensión alrededor, habría tomado su cabeza entre las manos. Pero temía que si las separaba de la tela del asiento, el arco voltaico saltaría definitivamente hacia ella y la haría volar en pedazos. Por Dios, qué es todo esto, pensó.

Fernando avanzó un paso, acusador.

– Lo hicisteis. Y no teníais ni puta idea de la velocidad necesaria, ni de la potencia, ni de ningún otro maldito dato técnico, porque yo era el que se iba a encargar de eso. ¿O me equivoco? ¡Patricia, contéstame!

Olvidando el arco eléctrico y cualquier otra imagen, la aludida se cubrió la cara con las manos. El vacío en su mente parecía estar absorbiendo la realidad, atrayéndola como un sumidero y haciéndola desaparecer.
– Fernando, por favor…
Las primeras palabras trajeron consigo, como nubes de tormenta, el llanto que llevaba horas, quizás dias, conteniendo.
-… te juro que no sé de qué me ha…

Y entonces recibió algo realmente parecido a una descarga. Sus ideas se cortocircuitaron y tuvo una visión rápida. El chiste no era un chiste. El salto no era un salto. Las ventanas. Dios mío. El plan.

La voluntad de la veleta

Decir de alguien que es un veleta prueba poca imaginación: se ven las vueltas pero no la intención, la punta de la flecha que busca hincarse y permanecer en el río del viento.

Hallado en un rincón de Rayuela, de Julio Cortázar. Dejé de leer, comencé a pensar, releí la frase, seguí pensando…

Ojos

Ella rió. “Mis ojos cambian a lo largo del año”. El la miró de nuevo y contestó: “Si, lo veo cada tarde, cuando me miro en ellos… a veces son hojas secas que corren por el fondo, otras es el musgo que se forma sobre las piedras, o el reflejo de las flores en los remolinos…”

Horas más tarde aún se oía el murmullo de una risa feliz en la cascada.

Basado en una conversación real via chat.

Cuentacuentos Tres

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir, pero la decisión era inevitable, y temblar no cambiaba las cosas. Ni siquiera las empeoraba, que ya habría sido algo. Hiciera lo que hiciera, había llegado demasiado lejos. O demasiado cerca. Demasiado.

Tenía que elegir entre una sola opción inadmisible, y nada se interponía ante su decisión. Miró el paisaje alrededor, hacia la lejanía, como esperando que alguien viniese y la retuviese, impidiéndole actuar en cualquier sentido. Algo que borrase su voluntad de un plumazo, o la fulminase, o pusiese un mar de por medio. Una dificultad. Por pequeñita, por insignificante que fuera. Un tropiezo, apenas, sólo eso…

Nadie lo entendería cuando aquello pasase a la historia. Todos pensarían que fue sin querer, o sin pensar, o bien por fuerza. Ninguno llegaría a imaginar siquiera la implacable libertad que en ese momento estremecía sus músculos, la abrumadora conciencia que la dejaba casi sin respiración.

No vio acercarse a la serpiente entre las hojas, y cuando algo parecido a un susurro hizo que levantara la cabeza, ya era tarde. La decisión bajaba por el aire a su encuentro, demasiado veloz para la duda. O para la negación. Una vez más, demasiado.

Sencillamente, la cogió al vuelo y la mordió.