Servir, valer

Viernes, 18 de Abril de 2008

- Mierda, ni para animar sirvo…
- ¿Tú? Tú no me sirves para nada.
- Jo…

- Venga, no seas tonta… A mí me vales aunque no me sirvas.

Hoy me ha apetecido hacer un post “a lo eMe”, en plan minihomenaje a un blog en el que he pasado (y sigo pasando (y seguiré pasando)) muy buenos ratos.

Receta sencilla para dos

Lunes, 14 de Abril de 2008

Una miríada de palabras comunes sin usar, silenciadas.
Un roce, maduro y tierno.
Un poco de sal de sudor o lágrimas.
Un fragmento cristalino de sonrisa.
Dos tacitas de té llenas de alma líquida, tibia.


Cocer a fuego lento durante unas breves eternidades y a continuación quemar en un único e interminable instante.

Dejar reposar a la luz de una estrella fugaz.

Rescatado de un comentario en un viejo tema de un remoto foro…

Cuentacuentos Trece

Lunes, 18 de Febrero de 2008

El sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío. Él, tras mirar por la ventana durante algo más de diez minutos, se dijo que así era mejor. No tenía muy claro qué habría pasado si allá fuera el tiempo hubiera sido cálido, pero intuía que el gélido manto que bloqueaba los coches calle arriba y calle abajo le iba a ser favorable esta vez.

El sonido de unos quedos golpes en la puerta lo separó de la ventana. Ella traía el pelo adornado de copos de nieve casi convertidos en gotas, y los bajos de los pantalones tan empapados como si hubiera tratado de cruzar corriendo un estanque. Se quedó en la puerta sonriendo, sin atreverse a dar un paso hasta que él insistió con un gesto y se ofreció a colgarle el abrigo y el bolso en una percha liberada a tal efecto.

Como él había imaginado, ella miró alrededor de forma disimulada. La cama sin hacer, pero sólo ligeramente arrugada, para evitar que pareciera demasiado preparada pero tampoco diera impresión de desorden. El toque justo de calidez, de confianza, matizado sutilmente por una taza y un par de libros sobre el escritorio, desordenados en el ángulo exacto para que parecieran aún en uso sin dejar por ello de formar un conjunto agradable. La flor fresca en un delgado vaso de cristal, relegada a un rincón alto de la estantería, como un accesorio al que uno mismo no diera demasiada importancia. El plan marchaba sobre ruedas.

Finalmente, ella pareció sentirse cómoda y se acercó a la ventana. De pie, apenas rozando su hombro derecho con el brazo izquierdo de él, se quedó mirando el paisaje espumoso enmarcado en diagonal sobre el parque que se abría dos edificios más arriba. Una vista perfecta, pensó él, que podría haber sido encuadrada por algún gran pintor renacentista. Perfecta, repitió, mientras alternaba la mirada, algo nervioso, entre los cristales y su perfil, una cabeza por debajo del suyo. Ella levantó la mirada y lo sorprendió contemplándola, pero no pareció darle importancia.

- Es un cuadro fantástico. Si hubiera traído el estuche…

Él la miró sonriendo, y soltó satisfecho una frase mil veces imaginada.

- Hay acuarelas y papel para acuarelas en el segundo cajón del escritorio.

Ella se volvió a mirar hacia donde indicaba su brazo.

- ¿Acuarelas…? ¿Desde cuándo pintas tú con acuarelas?

- ¿Yo? -contestó él con una sonrisa.

Ella lo miró unos momentos sin comprender, y luego esbozó una sonrisa ladeada, como de reproche cariñoso.

- Qué tonto…

Él, sintiéndose como pillado en una travesura, atrapado en una maniobra demasiado evidente, se apoyó con pretendida naturalidad en el marco de la ventana mientras la veía ir hasta el mueble y sacar las hojas, los botecitos con agua y las pastillas de color cuidadosamente preparadas, aún si estrenar, obviamente esperando alguien que les diera uso.

Todo siguió según el plan. El frío paisaje exterior, pasado al papel a una velocidad asombrosa, dio lugar a una serie de paisajes cada vez más recogidos capturados por el pincel bajo la concentrada atención de ella y el inesperado asombro de él. Cuando finalmente el relieve más íntimo hubo sido esbozado los pinceles salieron del papel para juguetear sobre la piel caliente de uno y otro, y luego fueron olvidados sin demasiado cuidado sobre la mesa, junto a los libros, formando, ahora sí, un ángulo espontáneo y completamente vulgar. Finalmente, estando ya tan unidos que de haber comenzado a cantar lo habrían hecho a la vez y con la misma nota, como los dos brazos de un diapasón, ella le dejó su aliento en los labios:

- ¿Tienes… ?

Él la miró unos instantes, su cerebro funcionando lentamente, y apenas pudo evitar una mueca de perplejidad. Se sintió idiota, torpe, miserable y finalmente despreciable, según su pensamiento repasaba el plan, encontraba el error en él, se replanteaba sus objetivos, y se daba finalmente cuenta de lo inadecuado del conjunto.

Porque no, no tenía ni un solo preservativo en ninguno de los rincones de la habitación, y lo más extraño era que todo el objetivo de la bien trazada serie de acontecimientos se desmontaba ahora por sí solo, no por ese estúpido error de previsión, sino por el hecho de que, sencillamente, en ese momento no le importara demasiado haberlo cometido.

Descubrió, sorprendido, que prefería quedarse así, eternamente abrazado a ella, a acabar con la perfectamente planeada serie de excusas para convertir aquello en un vulgar polvo entre otros. La mentira más obvia se convirtió en verdad conforme el aire espirado se hacía sonido:

- No… no había previsto que pasaría… esto.

Cuentacuentos Once

Jueves, 17 de Enero de 2008

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas). La esquina de la estrecha rue con el bulevar pareció estremecerse en un remolino impresionista (ella cree que por el viento). Pasó un carro con su crepitar de cascos, se arremolinó la nieve, y entonces (yo creo que por un adoquín mal colocado), me encontré mirando al fondo oscuro del cielo de París (ella cree que resbalé). Se cruzaron nuestras calles (yo creo que por casualidad, ella cree que por destino). Se desheló todo de pronto con una mirada atenta, con una mano enguantada y una pregunta cortés, y ella y yo, ahora… (creemos).

Recordando un viejo relato al que tengo mucho cariño, publicado en TodoArquitectura.com como parte de El sueño de un Arquitecto. Fue mi primera incursión en la literatura histórica, la primera vez que descubrí que para escribir sobre algo con verosimilitud, tienes que conocerlo, y para eso hay que investigar…

Este relato forma parte de la iniciativa de ElCuentacuentos.com.

Cuentacuentos Diez: Las cinco palabras

Lunes, 17 de Diciembre de 2007

Once de la noche en el fondo de un bar vietnamita. Allí donde clarea la espuma que cubre la cerveza, se ve el líquido ambarino temblar a impulsos irregulares, un par de veces por minuto, formando círculos perfectos que se expanden y contraen nerviosamente, solidarizándose con ese cigarrillo mal sujeto por dos dedos temblorosos. Por un momento, su dueño, un europeo moreno y de mirada alerta, deja de pensar en el contenido de su próximo artículo, y se queda mirando ambas cosas.

—¿A nadie se le ha ocurrido preguntarse— se pregunta él—, por qué cuando todo lo demás falla, los vicios siguen estando con nosotros?

En la esquina de la derecha, en la mesita junto a la barra, un niño se revuelve inquieto, sentado medio de lado en la silla, con los pies balanceándose en el vacío y golpeando con infantil insistencia una de las patas. Tomp. Tomp. Tomp. Al ritmo de las ondas de la cerveza.

—Treinta y cinco.

—Treinta y seis.

—Treinta y siete.

El europeo del cigarrillo apoya la espalda en el zócalo de madera oscura que dignifica la pared y dirige la vista —y el tic nervioso del párpado izquierdo— hacia la entrada. Por la puerta entreabierta, a través de la calle, se puede ver la entrada del bar de enfrente. Cerrada a cal y canto, como tantas otras puertas de la ciudad. Hoy el cartel del menú ha permanecido en blanco, como si la gastronomía hiciera un minuto de silencio en homenaje al hambre, esa que, no por difunta sino por demasiado viva, tiene a medio país como de luto.

—Treinta y nueve. Papá, ya no les deben quedar muchas bombas, ¿verdad?

El padre no contesta. Pasea una mirada contrita por el local, como pidiendo disculpas por la improcedente esperanza del hijo. Cuatro miradas, reunidas por el miedo a estar ahí fuera, le devuelven, por turnos, el mismo pensamiento. Pobre inocente.

—Se les estarán acabando…— insiste, convencido, el pobre inocente.

Como bromeando con la idea, las explosiones se alejan hasta que la cerveza y los ánimos comienzan a aquietarse, y entonces vuelven de pronto, dos manzanas más allá, causando movimientos bruscos e inútiles dentro del bar. Y vuelta a empezar.

El niño se ha cansado de contar cuando llevaba cincuenta y siete. Ha dado varias vueltas por el bar, corriendo de nuevo hacia su padre tras algún estallido más fuerte que otros. Se ha puesto de pie (con el izquierdo, luego con el derecho, luego con el izquierdo otra vez) en la silla, obteniendo a cambio una regañina y varias miradas indiferentes. Ha intentado hacer sonar, con relativo éxito, la copa vacía pasando un dedo ensalivado por el borde. Como ya ha hecho todo eso y no se le ocurre nada más, empieza a aburrirse. Pregunta lo mismo una y otra vez. Estira del brazo de su padre. Se sube en sus rodillas. Se baja. Se vuelve a subir.

Tras cruzar su mirada con el agobiado padre, el propietario del bar se agacha tras la barra, y reaparece con una cesta en forma de arcón. Revuelve un poco en ella, como descartando numerosos objetos con las manos, y saca finalmente un libro grueso que ofrece al niño.

—Toma, chaval, para que no te aburras.

El niño, que de pronto ya no se aburre tanto, se esconde detrás de la silla. El padre se levanta y recoge el libro por él. Le da la vuelta en sus manos y contempla la portada polvorienta y medio suelta. Alza una mirada interrogativa y algo sorprendida.

—Sí, es un diccionario. De mi hija. Cuando tengo que traerla al bar y se aburre, lo saco y hacemos juegos con palabras. Es mi humilde aporte como padre. Vamos, déselo al crío— insiste.

El recelo del niño no es extensible al nuevo juguete que le ofrecen esas manos familiares, así que lo toma entre las suyas, y con una última mirada al hombre de la barra, lo abre por una página cualquiera.

El chirrido de unos neumáticos al final de la calle atrae temporalmente la atención de todos en el bar, que se agolpan en la entrada, y cuando pasa la alarma, todos se han olvidado del niño.

El reloj marca las doce menos cinco. Los breves conatos de conversación van quedando atrás, y sobre las mesas planea el silencio discontinuo del bombardeo. (Algunos gritos de vez en cuando, otro ruido de motor, y de nuevo la calma hasta la siguiente explosión.) La desesperación va creciendo a cada salto del segundero, hasta que casi se hace palpable. Parte de la cerveza se ha derramado sobre la mesa, pero a nadie parece importarle, y menos al hombre del cigarrillo, que piensa de nuevo en su trabajo, pese a la catástrofe que lo rodea. Su trabajo es la catástrofe, se repite a sí mismo, y parece ser el único que piensa más allá de la situación.

Finalmente el niño habla, y su clara vocecita pronuncia cinco palabras. Pero no cinco palabras vulgares y corrientes. No dice: quiero que paren las bombas. Ni: Papá, ¿mamá estará en casa? Dice, orgulloso de su esmerada selección:

—Vietnamita. Aporte. Cesta. Numeroso. Gastronomía.

Epílogo


En un polvoriento bar del centro de Sài Gòn, donde la esperanza está tan vacía como el menú, cinco absurdas palabras arrancan una sonrisa, y luego otra, y otra, hasta que todos se encuentran sonriéndose mutuamente mientras el niño, indiferente al cambio que acaba de provocar en el ambiente, se recuesta sobre las tapas del libro, cuidadosamente atrapado entre sus brazos y la mesa.

De pronto, el hombre del cigarrillo descubre tres cosas. Primero, que ser corresponsal de guerra tiene a veces momentos maravillosos. Segundo, que ya tiene tema para ese artículo. Tercero, que la mancha de cerveza sobre la madera ha dejado de vibrar.

Cinco miradas (una de ellas europea y con un tic nervioso, y otra más pequeña y somnolienta que el resto) se alzan, se cruzan esperanzadas y agradecidas con los ojos serenos que asienten detrás de la barra, y se pierden en la noche.

Este relato ha sido publicado siguiendo una propuesta singular de El Cuentacuentos.

Cuentacuentos Nueve

Viernes, 7 de Diciembre de 2007

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño.

Lo supo al sentir que a su alrededor, tras largos meses convertidas en fríos y oscuros dedos que arañaban el viento, las ramas comenzaban a sacudirse la nieve perfectamente alineada sobre ellas. También porque sus sentimientos, temblorosos y hostigados por tantas otras inclemencias, parecían hacer lo mismo con aquel deje suyo de nostalgia.

Lo supo cuando, de pronto, cada día de sol a su alrededor era una excusa para correr en forma de agua, brotar en forma de hojuela, explotar en forma de flor. Y cada sonrisa, en ella, una súbita oportunidad de liberarse, de ser sincera o valiente, y de llorar un poco, también.

Lo supo porque el río se aceleraba y las distancias se acortaban, porque todo parecía ir mucho mejor o mucho peor, pero ir, al fin y al cabo. Porque tras su temeridad, tras el gran cambio, tras la dura adaptación, por fin parecía estar viviendo.

Lo supo al ver que en el cielo, trazando grandes letras de esperanza, borrones de cuenta nueva y flechas de voluntad, volvían las aves migratorias, graznándole un saludo al acercarse. Al sentir que su corazón, largamente aprisionado sin barrotes ni cadenas, rompía de pronto a sentir y la hacía querer más, y mejor.

Cuando se quiso dar cuenta, allá, en su tierra, al otro lado del mundo, era otra vez otoño.

Cuentacuentos Ocho

Lunes, 12 de Noviembre de 2007

- ¿Qué haces?

- Ver porno. ¿Y tú?

- Pensaba en ti.

Andrea colgó lentamente el auricular, intentando no producir ningún sonido al hacerlo.

Hubiera asegurado que nada podía sorprenderla ya después de una semana de problemas técnicos con la línea, durante la cual descolgar el teléfono y encontrarse escuchando conversaciones de ajenas se había convertido en una extraña rutina.

Sin embargo, pensó en lo que acababa de oír y tuvo que reconocer que aún podría seguir sorprendiéndose indefinidamente. Por ejemplo, al tomar en silencio el auricular y escuchar una historia contada en tres simples frases, un mundo explicado en dos preguntas -tan iguales- y dos respuestas -tan diferentes-.

Sacó el cable de la clavija y salió a la oscuridad de la terraza, con la conversación girando en la cabeza.

¿Y si los peores triángulos, se preguntó, fuesen aquellos formados por sólo dos personas?

Poesía aplicada

Sábado, 10 de Noviembre de 2007
Acabo de encontrar un hermoso fragmento de texto en el lugar que menos me esperaba. ¿Os habéis fijado alguna vez en lo hermosas que son las descripciones de los vinos?
Los blancos Rías Baixas son vinos de aromas intensos, francos, afrutados (algunos con notas florales). En boca son frescos, untuosos, sedosos y persistentes. Buen paso de boca.

Casi me gustaría que me gustara el vino para poder descifrar el significado. ¿Es poesía o es lenguaje técnico? Es ambas cosas. Suena como un encadenamiento de metáforas y símiles literarios, y sin embargo, un entendido en vinos comprenderá con precisión científica cómo es ese vino. ¿No es asombroso que para describir con la mayor precisión algo, haya que usar un lenguaje como ese? Es el sueño cumplido de lo bello-útil. Es poesía aplicada.

Cuentacuentos Siete

Domingo, 4 de Noviembre de 2007

Una mancha de vino en el mantel puede ser cien veces más ancha que el más ancho de los ríos. Sobre todo -¿verdad?- cuando separa dos manos, diez dedos y un buen puñado de ilusiones.

Sus dedos acarician levemente la tela mientras te cuenta lo que le pasó ayer en el metro. La historia en sí te importa un rábano, y ella lo sabe, pero estás francamente a gusto a su lado. Y ella lo sabe también, claro. Le miras la sonrisa de hito en hito, pero tu atención se desvía constantemente hacia sus dedos, que acarician levemente la tela mientras… acarician levemente la tela… levemente… la tela… la tela que tus dedos presionan con algo menos de delicadeza, como tomando impulso para un salto más bien improbable.

Ella te pregunta algo, y tú le devuelves la respuesta y la sonrisa. Sonríe toda tu cara, sonríen todos tus músculos, sonríe todo tu cuerpo… bueno, todo, menos tu mano derecha, que está gritando de impotencia ante un mar rojizo e insalvable mientras en la otra orilla, una mano izquierda descansa confiada y una boca preciosa da cuenta del primer plato.

Ahora estarás pensando que esta situación es absurda, y recordarás con cierto resentimiento que eso en las películas no pasa. Tienes algo de razón: en las películas, las manos encuentran entre sí sólo un mantel blanco como la nieve, y pueden acercarse lentamente, como quien no pero sí, y en un momento dado, en el momento exacto, la mano de él se posa en la de ella, y… todo cuento, ¡puro cuento! Ahí está la mancha de vino para demostrarlo. Y ahí está el segundo plato.

Puedes dejar caer la servilleta sobre la mancha, y utilizarla como puente, piensas mientras asientes distraídamente a alguna otra pregunta. Pero entonces, recapacitas, tendrías que salvar la servilleta, y el salto olímpico de vallas –categoría Manoderecha- tampoco sale en las películas. También puedes rodear la mancha, se te ocurre a la desesperada, pero a ver cómo explicas el rodeo como inocente casualidad. ¡Anda, mira, mi mano, que se iba de paseo… a la otra punta de la mesa? No, tampoco, tampoco. Está claro que ya es inevitable.

Una mano pide el postre. El postre llega. El postre se va. La mancha de vino, permanece.

Otra mano pide -a regañadientes- la cuenta. La cuenta llega. La cuenta se va. La mancha de vino, la maldita mancha de vino, permanece. Permanece a toda costa.

Al final, al otro lado del más grande abismo jamás visto por un hombre, una palabra mueve un brazo, un brazo levanta un codo, un codo arrastra a una mano, y una mano alza unos dedos, que acarician levemente otra vez, levemente, la tela suave, hasta llegar al borde y perderse hasta más ver. Tus dedos se cierran, derrotados, junto a un gran océano de frustración.

Y entonces una mano, una mano de dedos suaves, viene a posarse desde el aire, con la facilidad de un ave, sobre tu puño cerrado. ¡Con una endiablada facilidad, como… como si acabara de ocurrírsele y… y… zas!

La mancha de vino en el mantel queda olvidada.

Cuentacuentos Seis

Miércoles, 31 de Octubre de 2007

- ¿Por qué el mar es azul?

- ¿Azul? ¡El mar no es azul! Pensaba que tú me explicarías…

- ¿Explicarte qué? Yo lo veo azul cuando vuelo sobre él.

- No, no… el mar no tiene color, ¡lo sabré yo que nado siempre por dentro! Lo que es azul es el cielo. ¿Por qué el cielo es azul?

Mientras la dorada y el albatros discutían, el mar -color azul marino- y el cielo -color azul celeste- siguieron mirándose mutuamente, con esa mirada cómplice -y azul- que sólo ellos podían comprender.