El telar de las Parcas

Domingo, 2 de Noviembre de 2008

Decían los romanos, y aún antes los griegos, que los hilos del destino humano eran cosidos y descosidos por tres temibles hijas de la Noche, en un gran telar.  Los escritores, como ellas, tenemos la capacidad de dirigir el destino de los personajes y los mundos que creamos, y lo que aquí vengo a proponeros es exactamente eso: la creación de un gran telar conjunto donde las vidas de diferentes personajes se crucen e interactúen.

Es decir:

Partiendo de un primer relato -el padre de todos los relatos- cada uno tejerá en su blog la historia  de otro de los personajes que aparezcan, o que estaban allí -aunque el escritor no los viera-, o que supieron de oídas lo que había pasado… Esos relatos-hijos podrán a su vez ser origen de otros nuevos, de modo que poco a poco se forme un gran tapiz. Pero eso no es todo. Los hijos tendrán capacidad retroactiva, es decir, si al basarme en un relato, añado o modifico algo en la escena original, el autor de dicho relato deberá modificar el suyo de acuerdo con esto, para que el conjunto de relatos pueda ir enriqueciéndose, ajustándose y formando una red coherente.

¿Suena complejo? Lo es. Estas cosas son difíciles, porque mezclar diferentes opiniones, diferentes sensibilidades, puede provocar conflictos. Pero vamos a intentarlo. Escribir un relato entre muchos es casi un mito, pero enlazar relatos muy diferentes mediante una simple conexión argumental, parece bastante más factible, espontáneo y divertido.

Para hacer funcionar todo este lío, propongo tres normas sencillas:

- Al publicar un nuevo relato hijo, el autor dejará un comentario en el blog del padre, con un enlace. De este modo, el autor del padre podrá revisar a sus hijos y ver si introducen modificaciones en su relato.
- Cada uno, hará constar en su entrada, mediante enlaces, de qué relato parte, qué relatos se van creando a partir del suyo, y cuáles son las reglas del juego -enlazando, por ejemplo, a esta entrada-. Con esto, podremos navegar por todo del telar.
- Todo esto ocurrirá durante un mes, sin periodicidad ni orden establecido. Al final de ese mes, decidiremos si dejamos que la red de historias siga expandiéndose, o la damos por finalizada. Será divertido hacer una representación gráfica de las relaciones entre los relatos.

Por otra parte, os dejo un par de consejos:

- Intentad que las historias sean enriquecedoras, no hagáis bromas burdas, payasadas, ni salidas de tono que estropeen el resto de aportaciones. Esto no excluye el uso del humor o la ironía como estilo literario. Todo esto queda a vuestra negociación entre padres-hijos: podéis ignorar versiones destructivas, pactar entre vosotros los cambios del argumento, etc. Como queráis, pero sed buenos.
- El resultado debería tener algo de coherencia entre relatos, pero no necesariamente uniformidad. Os animo a probar cualquier estilo, ambiente, tiempo, formato, registro o extensión. La vida tiene tantos puntos de vista como personajes, como autores, como formas de escribir.  La única unión entre todos serán determinados puntos de la trama argumental.
- Aunque cada uno mantenga su relato siempre en una misma entrada, editándola, os recomiendo guardar en algún sitio cada versión, para ver cómo las historias de los otros han ido modificando la nuestra, poder compartir anécdotas, etc.
- Para que esto sea realmente interactivo, habrá que leer regularmente tanto a los hijos como al relato del que partimos… por si otro de los relatos hermanos modifica algo en el padre que nos afecta a nosotros, etc.

Y  nada, dicho esto, podéis comenzar cuando queráis y como queráis, a partir de este primer relato que os propongo, o de los que surjan. Eso sí, emplazo directamente al padrino de esta iniciativa a lanzarse entre los primeros ;)

Cambio de rasante

Domingo, 2 de Noviembre de 2008

Sobre la oscura curva del salpicadero, como lunas sobre un paisaje made by Ferrari, brillan seis semáforos seguidos en rojo. El último de ellos, sintiéndose seguro en la distancia, se muestra declaradamente insultante, justo al final de la subida. Diego tamborilea lentamente sobre el volante, del mismo modo en que un francotirador despiadado acariciaría el gatillo del rifle. Tratando de contener la tensión que le sube por la espalda. Respira con deliberada lentitud. Tensa los músculos de los brazos, uno a uno, y de las piernas, como un leopardo a punto de saltar, al tiempo que pisa suavemente el acelerador hasta notar que el corazón de la fiera late más rápido que el suyo.

Clava la mirada en el semáforo sobre él. Es, ahora, el único dato que interesa. La avenida está vacía, como siempre a estas horas. El único vehículo visible, dispuesto a girar a la izquierda, no es digno de atención, y los escasos peatones sabrán cuidarse solos. Sabe perfectamente que los semáforos, en su momento, irán cambiando en cadena, con el intervalo preciso para que un deportivo con una aceleración de cero a cien en cuatro coma tres segundos parezca llevar la misma velocidad que la luz.

Verde.

Gatillo, leopardo y conductor saltan como uno, y el bramido del motor quema el silencio.

Verde.

El coche intruso ha girado, como huyendo, y parece que

Verde.

No hay tiempo para

Verde.

Para pensar en

Verde.

En

Verde.

El recién lanzado proyectil da un último zarpazo al suelo, y caucho y asfalto dejan de ser uno. El conductor, transmutado a piloto, siente que una tonelada de acero y ruido lo levanta por el estómago y lo lanza al límite de su capacidad sensorial. Entonces llega el esperado silencio de la ingravidez. Mientras el coche ruge en vacío, a siete mil ochocientas revoluciones, las lunas sobre el salpicadero pasan a ser una miríada de estrellas, y Diego, ya completamente sordo e insensible, contempla una vez más la ciudad nocturna como si la tuviera entre sus manos. Como si, girando el volante, pudiera girar el mundo y…

Pero el mundo se limita a ascender de nuevo ante él. Las ruedas delanteras tocan primero el asfalto, giradas el ángulo exacto para mantener el conjunto en un equilibrio dinámico, inestable y perfecto. La sacudida de la dirección devuelve a Diego a la realidad sin la más mínima consideración, y sólo la memoria muscular y algo que algunos llaman instinto impide que el deportivo rojo se estrelle diez segundos después contra una hilera de coches aparcados.

Sin embargo, hasta el más perfecto de los mundos necesita del error para existir, y sólo la suerte y algo que algunos llaman milagro habría podido impedir que este mismo deportivo rojo, recién aterrizado desde el cambio de rasante, se encuentre de pronto conduciendo directamente hacia un autobús de largo recorrido que suelta en ese momento a su adormilados pasajeros.

El mundo comienza a girar, ahora sí, al mismo tiempo que el volante, y lo último que ve Diego es una mujer joven, bastante atractiva, que arrastra una enorme maleta justo en el límite del alcance de la carrocería. Diego imagina, más que oye, las palabras que escapan entre sus labios:

 ¿¡Cómo puede alguien ser tan i

Relato-detonador de El Telar de las Parcas. Relatos derivados:
Un mundo en cuatro-coma-tres segundos | Frío | Aterrizaje forzoso

Cuentacuentos Doce

Jueves, 24 de Abril de 2008

Me he tragado una canción. Estoy convencido de que así lograré absorber en mí la música, y al final, hablar cantando. Con una canción en mí, no habrá texto que no pueda corear ni palabra que no reverbere. Voy a inundar la vida de canciones, voy a cantar en los juicios y en el mercado, en el dentista o en los entierros. Ya comienza a hacer efecto. Ya lo noto… pero esperad, es muy curioso, creo que me han empezado a faltar los tonos de pronto ya no existen melodias con las que matizar lo que cuento no hay inflexion posible en el mensaje no hay significado entre lineas ni bajo ellas ni a los lados porque ya no hay graves ni agudos y encima no para ahí la cosa que tambien se me esta diluyendo el ritmo hasta el pun to en que i gua la das ne gras y blan cas en for za do mes ti za je a ho ra to do el len gua je es gris las pa la bras se con fun den pier den su i den ti dad su je rar quí a dios mi o y su va lor y pa re ce que a un no tie ne su fi cien te y de pron to la in ten si dad del so ni do la pro pia vi bra cion so no ra se des va ne ce no hay re so nan cia ca paz de ha cer lle gar la pa la bra mas a lla de mis la bios y fi nal men te in clu so e so ha de ja do de im por tar cuan do has ta las con so nan tes han co men za do a de sa pa re cer que dan do so lo ai re ex pi ra do ya sin fuer zas pa ra se guir y ni si quie ra pa ra vo mi tar es ta can cion que se ha lle va do los so ni

Servir, valer

Viernes, 18 de Abril de 2008

- Mierda, ni para animar sirvo…
- ¿Tú? Tú no me sirves para nada.
- Jo…

- Venga, no seas tonta… A mí me vales aunque no me sirvas.

Hoy me ha apetecido hacer un post “a lo eMe”, en plan minihomenaje a un blog en el que he pasado (y sigo pasando (y seguiré pasando)) muy buenos ratos.

Receta sencilla para dos

Lunes, 14 de Abril de 2008

Una miríada de palabras comunes sin usar, silenciadas.
Un roce, maduro y tierno.
Un poco de sal de sudor o lágrimas.
Un fragmento cristalino de sonrisa.
Dos tacitas de té llenas de alma líquida, tibia.


Cocer a fuego lento durante unas breves eternidades y a continuación quemar en un único e interminable instante.

Dejar reposar a la luz de una estrella fugaz.

Rescatado de un comentario en un viejo tema de un remoto foro…

Cuentacuentos Trece

Lunes, 18 de Febrero de 2008

El sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío. Él, tras mirar por la ventana durante algo más de diez minutos, se dijo que así era mejor. No tenía muy claro qué habría pasado si allá fuera el tiempo hubiera sido cálido, pero intuía que el gélido manto que bloqueaba los coches calle arriba y calle abajo le iba a ser favorable esta vez.

El sonido de unos quedos golpes en la puerta lo separó de la ventana. Ella traía el pelo adornado de copos de nieve casi convertidos en gotas, y los bajos de los pantalones tan empapados como si hubiera tratado de cruzar corriendo un estanque. Se quedó en la puerta sonriendo, sin atreverse a dar un paso hasta que él insistió con un gesto y se ofreció a colgarle el abrigo y el bolso en una percha liberada a tal efecto.

Como él había imaginado, ella miró alrededor de forma disimulada. La cama sin hacer, pero sólo ligeramente arrugada, para evitar que pareciera demasiado preparada pero tampoco diera impresión de desorden. El toque justo de calidez, de confianza, matizado sutilmente por una taza y un par de libros sobre el escritorio, desordenados en el ángulo exacto para que parecieran aún en uso sin dejar por ello de formar un conjunto agradable. La flor fresca en un delgado vaso de cristal, relegada a un rincón alto de la estantería, como un accesorio al que uno mismo no diera demasiada importancia. El plan marchaba sobre ruedas.

Finalmente, ella pareció sentirse cómoda y se acercó a la ventana. De pie, apenas rozando su hombro derecho con el brazo izquierdo de él, se quedó mirando el paisaje espumoso enmarcado en diagonal sobre el parque que se abría dos edificios más arriba. Una vista perfecta, pensó él, que podría haber sido encuadrada por algún gran pintor renacentista. Perfecta, repitió, mientras alternaba la mirada, algo nervioso, entre los cristales y su perfil, una cabeza por debajo del suyo. Ella levantó la mirada y lo sorprendió contemplándola, pero no pareció darle importancia.

- Es un cuadro fantástico. Si hubiera traído el estuche…

Él la miró sonriendo, y soltó satisfecho una frase mil veces imaginada.

- Hay acuarelas y papel para acuarelas en el segundo cajón del escritorio.

Ella se volvió a mirar hacia donde indicaba su brazo.

- ¿Acuarelas…? ¿Desde cuándo pintas tú con acuarelas?

- ¿Yo? -contestó él con una sonrisa.

Ella lo miró unos momentos sin comprender, y luego esbozó una sonrisa ladeada, como de reproche cariñoso.

- Qué tonto…

Él, sintiéndose como pillado en una travesura, atrapado en una maniobra demasiado evidente, se apoyó con pretendida naturalidad en el marco de la ventana mientras la veía ir hasta el mueble y sacar las hojas, los botecitos con agua y las pastillas de color cuidadosamente preparadas, aún si estrenar, obviamente esperando alguien que les diera uso.

Todo siguió según el plan. El frío paisaje exterior, pasado al papel a una velocidad asombrosa, dio lugar a una serie de paisajes cada vez más recogidos capturados por el pincel bajo la concentrada atención de ella y el inesperado asombro de él. Cuando finalmente el relieve más íntimo hubo sido esbozado los pinceles salieron del papel para juguetear sobre la piel caliente de uno y otro, y luego fueron olvidados sin demasiado cuidado sobre la mesa, junto a los libros, formando, ahora sí, un ángulo espontáneo y completamente vulgar. Finalmente, estando ya tan unidos que de haber comenzado a cantar lo habrían hecho a la vez y con la misma nota, como los dos brazos de un diapasón, ella le dejó su aliento en los labios:

- ¿Tienes… ?

Él la miró unos instantes, su cerebro funcionando lentamente, y apenas pudo evitar una mueca de perplejidad. Se sintió idiota, torpe, miserable y finalmente despreciable, según su pensamiento repasaba el plan, encontraba el error en él, se replanteaba sus objetivos, y se daba finalmente cuenta de lo inadecuado del conjunto.

Porque no, no tenía ni un solo preservativo en ninguno de los rincones de la habitación, y lo más extraño era que todo el objetivo de la bien trazada serie de acontecimientos se desmontaba ahora por sí solo, no por ese estúpido error de previsión, sino por el hecho de que, sencillamente, en ese momento no le importara demasiado haberlo cometido.

Descubrió, sorprendido, que prefería quedarse así, eternamente abrazado a ella, a acabar con la perfectamente planeada serie de excusas para convertir aquello en un vulgar polvo entre otros. La mentira más obvia se convirtió en verdad conforme el aire espirado se hacía sonido:

- No… no había previsto que pasaría… esto.

Cuentacuentos Once

Jueves, 17 de Enero de 2008

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas). La esquina de la estrecha rue con el bulevar pareció estremecerse en un remolino impresionista (ella cree que por el viento). Pasó un carro con su crepitar de cascos, se arremolinó la nieve, y entonces (yo creo que por un adoquín mal colocado), me encontré mirando al fondo oscuro del cielo de París (ella cree que resbalé). Se cruzaron nuestras calles (yo creo que por casualidad, ella cree que por destino). Se desheló todo de pronto con una mirada atenta, con una mano enguantada y una pregunta cortés, y ella y yo, ahora… (creemos).

Recordando un viejo relato al que tengo mucho cariño, publicado en TodoArquitectura.com como parte de El sueño de un Arquitecto. Fue mi primera incursión en la literatura histórica, la primera vez que descubrí que para escribir sobre algo con verosimilitud, tienes que conocerlo, y para eso hay que investigar…

Este relato forma parte de la iniciativa de ElCuentacuentos.com.

Cuentacuentos Diez: Las cinco palabras

Lunes, 17 de Diciembre de 2007

Once de la noche en el fondo de un bar vietnamita. Allí donde clarea la espuma que cubre la cerveza, se ve el líquido ambarino temblar a impulsos irregulares, un par de veces por minuto, formando círculos perfectos que se expanden y contraen nerviosamente, solidarizándose con ese cigarrillo mal sujeto por dos dedos temblorosos. Por un momento, su dueño, un europeo moreno y de mirada alerta, deja de pensar en el contenido de su próximo artículo, y se queda mirando ambas cosas.

—¿A nadie se le ha ocurrido preguntarse— se pregunta él—, por qué cuando todo lo demás falla, los vicios siguen estando con nosotros?

En la esquina de la derecha, en la mesita junto a la barra, un niño se revuelve inquieto, sentado medio de lado en la silla, con los pies balanceándose en el vacío y golpeando con infantil insistencia una de las patas. Tomp. Tomp. Tomp. Al ritmo de las ondas de la cerveza.

—Treinta y cinco.

—Treinta y seis.

—Treinta y siete.

El europeo del cigarrillo apoya la espalda en el zócalo de madera oscura que dignifica la pared y dirige la vista —y el tic nervioso del párpado izquierdo— hacia la entrada. Por la puerta entreabierta, a través de la calle, se puede ver la entrada del bar de enfrente. Cerrada a cal y canto, como tantas otras puertas de la ciudad. Hoy el cartel del menú ha permanecido en blanco, como si la gastronomía hiciera un minuto de silencio en homenaje al hambre, esa que, no por difunta sino por demasiado viva, tiene a medio país como de luto.

—Treinta y nueve. Papá, ya no les deben quedar muchas bombas, ¿verdad?

El padre no contesta. Pasea una mirada contrita por el local, como pidiendo disculpas por la improcedente esperanza del hijo. Cuatro miradas, reunidas por el miedo a estar ahí fuera, le devuelven, por turnos, el mismo pensamiento. Pobre inocente.

—Se les estarán acabando…— insiste, convencido, el pobre inocente.

Como bromeando con la idea, las explosiones se alejan hasta que la cerveza y los ánimos comienzan a aquietarse, y entonces vuelven de pronto, dos manzanas más allá, causando movimientos bruscos e inútiles dentro del bar. Y vuelta a empezar.

El niño se ha cansado de contar cuando llevaba cincuenta y siete. Ha dado varias vueltas por el bar, corriendo de nuevo hacia su padre tras algún estallido más fuerte que otros. Se ha puesto de pie (con el izquierdo, luego con el derecho, luego con el izquierdo otra vez) en la silla, obteniendo a cambio una regañina y varias miradas indiferentes. Ha intentado hacer sonar, con relativo éxito, la copa vacía pasando un dedo ensalivado por el borde. Como ya ha hecho todo eso y no se le ocurre nada más, empieza a aburrirse. Pregunta lo mismo una y otra vez. Estira del brazo de su padre. Se sube en sus rodillas. Se baja. Se vuelve a subir.

Tras cruzar su mirada con el agobiado padre, el propietario del bar se agacha tras la barra, y reaparece con una cesta en forma de arcón. Revuelve un poco en ella, como descartando numerosos objetos con las manos, y saca finalmente un libro grueso que ofrece al niño.

—Toma, chaval, para que no te aburras.

El niño, que de pronto ya no se aburre tanto, se esconde detrás de la silla. El padre se levanta y recoge el libro por él. Le da la vuelta en sus manos y contempla la portada polvorienta y medio suelta. Alza una mirada interrogativa y algo sorprendida.

—Sí, es un diccionario. De mi hija. Cuando tengo que traerla al bar y se aburre, lo saco y hacemos juegos con palabras. Es mi humilde aporte como padre. Vamos, déselo al crío— insiste.

El recelo del niño no es extensible al nuevo juguete que le ofrecen esas manos familiares, así que lo toma entre las suyas, y con una última mirada al hombre de la barra, lo abre por una página cualquiera.

El chirrido de unos neumáticos al final de la calle atrae temporalmente la atención de todos en el bar, que se agolpan en la entrada, y cuando pasa la alarma, todos se han olvidado del niño.

El reloj marca las doce menos cinco. Los breves conatos de conversación van quedando atrás, y sobre las mesas planea el silencio discontinuo del bombardeo. (Algunos gritos de vez en cuando, otro ruido de motor, y de nuevo la calma hasta la siguiente explosión.) La desesperación va creciendo a cada salto del segundero, hasta que casi se hace palpable. Parte de la cerveza se ha derramado sobre la mesa, pero a nadie parece importarle, y menos al hombre del cigarrillo, que piensa de nuevo en su trabajo, pese a la catástrofe que lo rodea. Su trabajo es la catástrofe, se repite a sí mismo, y parece ser el único que piensa más allá de la situación.

Finalmente el niño habla, y su clara vocecita pronuncia cinco palabras. Pero no cinco palabras vulgares y corrientes. No dice: quiero que paren las bombas. Ni: Papá, ¿mamá estará en casa? Dice, orgulloso de su esmerada selección:

—Vietnamita. Aporte. Cesta. Numeroso. Gastronomía.

Epílogo


En un polvoriento bar del centro de Sài Gòn, donde la esperanza está tan vacía como el menú, cinco absurdas palabras arrancan una sonrisa, y luego otra, y otra, hasta que todos se encuentran sonriéndose mutuamente mientras el niño, indiferente al cambio que acaba de provocar en el ambiente, se recuesta sobre las tapas del libro, cuidadosamente atrapado entre sus brazos y la mesa.

De pronto, el hombre del cigarrillo descubre tres cosas. Primero, que ser corresponsal de guerra tiene a veces momentos maravillosos. Segundo, que ya tiene tema para ese artículo. Tercero, que la mancha de cerveza sobre la madera ha dejado de vibrar.

Cinco miradas (una de ellas europea y con un tic nervioso, y otra más pequeña y somnolienta que el resto) se alzan, se cruzan esperanzadas y agradecidas con los ojos serenos que asienten detrás de la barra, y se pierden en la noche.

Este relato ha sido publicado siguiendo una propuesta singular de El Cuentacuentos.

Cuentacuentos Nueve

Viernes, 7 de Diciembre de 2007

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño.

Lo supo al sentir que a su alrededor, tras largos meses convertidas en fríos y oscuros dedos que arañaban el viento, las ramas comenzaban a sacudirse la nieve perfectamente alineada sobre ellas. También porque sus sentimientos, temblorosos y hostigados por tantas otras inclemencias, parecían hacer lo mismo con aquel deje suyo de nostalgia.

Lo supo cuando, de pronto, cada día de sol a su alrededor era una excusa para correr en forma de agua, brotar en forma de hojuela, explotar en forma de flor. Y cada sonrisa, en ella, una súbita oportunidad de liberarse, de ser sincera o valiente, y de llorar un poco, también.

Lo supo porque el río se aceleraba y las distancias se acortaban, porque todo parecía ir mucho mejor o mucho peor, pero ir, al fin y al cabo. Porque tras su temeridad, tras el gran cambio, tras la dura adaptación, por fin parecía estar viviendo.

Lo supo al ver que en el cielo, trazando grandes letras de esperanza, borrones de cuenta nueva y flechas de voluntad, volvían las aves migratorias, graznándole un saludo al acercarse. Al sentir que su corazón, largamente aprisionado sin barrotes ni cadenas, rompía de pronto a sentir y la hacía querer más, y mejor.

Cuando se quiso dar cuenta, allá, en su tierra, al otro lado del mundo, era otra vez otoño.

Cuentacuentos Ocho

Lunes, 12 de Noviembre de 2007

- ¿Qué haces?

- Ver porno. ¿Y tú?

- Pensaba en ti.

Andrea colgó lentamente el auricular, intentando no producir ningún sonido al hacerlo.

Hubiera asegurado que nada podía sorprenderla ya después de una semana de problemas técnicos con la línea, durante la cual descolgar el teléfono y encontrarse escuchando conversaciones de ajenas se había convertido en una extraña rutina.

Sin embargo, pensó en lo que acababa de oír y tuvo que reconocer que aún podría seguir sorprendiéndose indefinidamente. Por ejemplo, al tomar en silencio el auricular y escuchar una historia contada en tres simples frases, un mundo explicado en dos preguntas -tan iguales- y dos respuestas -tan diferentes-.

Sacó el cable de la clavija y salió a la oscuridad de la terraza, con la conversación girando en la cabeza.

¿Y si los peores triángulos, se preguntó, fuesen aquellos formados por sólo dos personas?