Cuentacuentos Ocho

Lunes, 12 de noviembre de 2007

- ¿Qué haces?

- Ver porno. ¿Y tú?

- Pensaba en ti.

Andrea colgó lentamente el auricular, intentando no producir ningún sonido al hacerlo.

Hubiera asegurado que nada podía sorprenderla ya después de una semana de problemas técnicos con la línea, durante la cual descolgar el teléfono y encontrarse escuchando conversaciones de ajenas se había convertido en una extraña rutina.

Sin embargo, pensó en lo que acababa de oír y tuvo que reconocer que aún podría seguir sorprendiéndose indefinidamente. Por ejemplo, al tomar en silencio el auricular y escuchar una historia contada en tres simples frases, un mundo explicado en dos preguntas -tan iguales- y dos respuestas -tan diferentes-.

Sacó el cable de la clavija y salió a la oscuridad de la terraza, con la conversación girando en la cabeza.

¿Y si los peores triángulos, se preguntó, fuesen aquellos formados por sólo dos personas?

Poesía aplicada

Sábado, 10 de noviembre de 2007
Acabo de encontrar un hermoso fragmento de texto en el lugar que menos me esperaba. ¿Os habéis fijado alguna vez en lo hermosas que son las descripciones de los vinos?
Los blancos Rías Baixas son vinos de aromas intensos, francos, afrutados (algunos con notas florales). En boca son frescos, untuosos, sedosos y persistentes. Buen paso de boca.

Casi me gustaría que me gustara el vino para poder descifrar el significado. ¿Es poesía o es lenguaje técnico? Es ambas cosas. Suena como un encadenamiento de metáforas y símiles literarios, y sin embargo, un entendido en vinos comprenderá con precisión científica cómo es ese vino. ¿No es asombroso que para describir con la mayor precisión algo, haya que usar un lenguaje como ese? Es el sueño cumplido de lo bello-útil. Es poesía aplicada.

Cuentacuentos Siete

Domingo, 4 de noviembre de 2007

Una mancha de vino en el mantel puede ser cien veces más ancha que el más ancho de los ríos. Sobre todo -¿verdad?- cuando separa dos manos, diez dedos y un buen puñado de ilusiones.

Sus dedos acarician levemente la tela mientras te cuenta lo que le pasó ayer en el metro. La historia en sí te importa un rábano, y ella lo sabe, pero estás francamente a gusto a su lado. Y ella lo sabe también, claro. Le miras la sonrisa de hito en hito, pero tu atención se desvía constantemente hacia sus dedos, que acarician levemente la tela mientras… acarician levemente la tela… levemente… la tela… la tela que tus dedos presionan con algo menos de delicadeza, como tomando impulso para un salto más bien improbable.

Ella te pregunta algo, y tú le devuelves la respuesta y la sonrisa. Sonríe toda tu cara, sonríen todos tus músculos, sonríe todo tu cuerpo… bueno, todo, menos tu mano derecha, que está gritando de impotencia ante un mar rojizo e insalvable mientras en la otra orilla, una mano izquierda descansa confiada y una boca preciosa da cuenta del primer plato.

Ahora estarás pensando que esta situación es absurda, y recordarás con cierto resentimiento que eso en las películas no pasa. Tienes algo de razón: en las películas, las manos encuentran entre sí sólo un mantel blanco como la nieve, y pueden acercarse lentamente, como quien no pero sí, y en un momento dado, en el momento exacto, la mano de él se posa en la de ella, y… todo cuento, ¡puro cuento! Ahí está la mancha de vino para demostrarlo. Y ahí está el segundo plato.

Puedes dejar caer la servilleta sobre la mancha, y utilizarla como puente, piensas mientras asientes distraídamente a alguna otra pregunta. Pero entonces, recapacitas, tendrías que salvar la servilleta, y el salto olímpico de vallas –categoría Manoderecha- tampoco sale en las películas. También puedes rodear la mancha, se te ocurre a la desesperada, pero a ver cómo explicas el rodeo como inocente casualidad. ¡Anda, mira, mi mano, que se iba de paseo… a la otra punta de la mesa? No, tampoco, tampoco. Está claro que ya es inevitable.

Una mano pide el postre. El postre llega. El postre se va. La mancha de vino, permanece.

Otra mano pide -a regañadientes- la cuenta. La cuenta llega. La cuenta se va. La mancha de vino, la maldita mancha de vino, permanece. Permanece a toda costa.

Al final, al otro lado del más grande abismo jamás visto por un hombre, una palabra mueve un brazo, un brazo levanta un codo, un codo arrastra a una mano, y una mano alza unos dedos, que acarician levemente otra vez, levemente, la tela suave, hasta llegar al borde y perderse hasta más ver. Tus dedos se cierran, derrotados, junto a un gran océano de frustración.

Y entonces una mano, una mano de dedos suaves, viene a posarse desde el aire, con la facilidad de un ave, sobre tu puño cerrado. ¡Con una endiablada facilidad, como… como si acabara de ocurrírsele y… y… zas!

La mancha de vino en el mantel queda olvidada.

Cuentacuentos Seis

Miércoles, 31 de octubre de 2007

- ¿Por qué el mar es azul?

- ¿Azul? ¡El mar no es azul! Pensaba que tú me explicarías…

- ¿Explicarte qué? Yo lo veo azul cuando vuelo sobre él.

- No, no… el mar no tiene color, ¡lo sabré yo que nado siempre por dentro! Lo que es azul es el cielo. ¿Por qué el cielo es azul?

Mientras la dorada y el albatros discutían, el mar -color azul marino- y el cielo -color azul celeste- siguieron mirándose mutuamente, con esa mirada cómplice -y azul- que sólo ellos podían comprender.

Cuentacuentos Cinco: La puerta número cien

Lunes, 29 de octubre de 2007

Da igual con qué frase comience un relato. Al menos eso nos parece cuando miramos atrás desde el punto y final, y vemos todo el camino recorrido. Esta historia es la de uno de esos caminos, un camino pavimentado con letras, un viaje de frase en frase en busca de lo que hay detrás del lenguaje. Es la historia del viaje de Nina.

••••

Nina nació con un libro y un lápiz en la mano, pero en su cabecita rizada alguien dejó algo por poner.

El primer día que leyó una página entera fue el primero que intentó escribir una igual. Y decir esto no es muy exagerado. Asistía a las clases de lengua con una fruición devoradora que asombraba y encantaba por igual a sus maestros. Sus redacciones eran perfectas, usaba puntos y comas con la misma precisión con la que un relojero engrana muelles y ruedecitas dentadas. La escritura era, en fin, su medio natural, como natural es el agua para el pez o la tierra para la lombriz.

Pero había algo que nadie sabía: Nina, en sus once años de vida, no había sido capaz de escribir un solo cuento. Nadie la había visto luchar en silencio con una hoja en blanco, bajo la velada luz de la lamparita, cuando la creían dormida. Nadie sabía que las frases se volvían toscas e indóciles bajo la vacilante presión del lápiz. Que caían con perfecta gramática en el papel, pero no había forma de ordenarlas. Que se enganchaban tanto que no podía separarlas, o se soltaban al mínimo descuido.

Y es que Nina no sabía, aunque es algo que todo niño sabe, que para contar algo hay que tener algo que contar. Nina conocía las palabras, pero no las historias que debían vivir detrás. Y noche tras noche, las hojas en blanco y las hojas emborronadas con frases se volvían iguales en la oscuridad del cajón, bajo la ropa, y se hacían insoportables.

Entonces, la tarde en que cumplió doce años, el viejo apareció. No, no hubo chispas ni destellos. Simplemente abrió la puerta del dormitorio, entró caminando despacito, y se sentó en la cama junto a ella. Nina nunca me ha sabido explicar por qué no se sorprendió. Simplemente, me cuenta, se quedó mirándolo en silencio con los ojos muy abiertos, y sonrió tímidamente cuando él lo hizo.

- Nina, Nina… ¿Qué estás haciendo? – preguntó el anciano, mirando las cuartillas un poco arrugadas que ella sostenía en la mano.

Pero la curiosidad de los niños es imperativa, inaplazable.

- ¿Quién eres?

El viejo alzó las manos, como en un vago gesto de paz, y contestó con amabilidad:

- Allí de donde vengo me llaman Märchenerzähler.

- ¿Marj… Merjer… erseler?

- Oh, no te preocupes -la interrumpió sonriendo-. En tu lengua significa Cuentacuentos. Puedes llamarme así si quieres… Tienes que saber que sólo los escritores de verdad pueden pronunciar mi nombre. Y tú quieres ser escritora, ¿verdad, pequeña? Lo intentas, al menos.

Nina permaneció callada, un poco sobrecogida.

- Escritores… – continuó él, y su sonrisa se suavizó en una mueca melancólica-. ¿A cuántos de ellos he conocido? Recuerdo como si fuera ayer a Jakob y a Wilhelm Grimm suplicándome una y otra y otra vez que les contara un cuento. Eran un poco inquietos, algo pesados si me permites, pero unos niños encantadores, como tú. Y cuando se hicieron mayores, siguieron buscando historias que contar. O el pequeño Michael, el hijo del señor Ende… y tantos niños que luego fueron escritores y siguieron difundiendo mil y una… Pero volvamos a ti. ¿Quieres escribir cuentos?

Nina bajó la mirada a sus cuartillas, un poco avergonzada. No podía decirle al viejo que sí, porque la creería igual a aquellos niños maravillosos a los que ella misma había leído con tanto entusiasmo. Y ella no era como ellos. Ella no era escritora, ella no podía contar cuentos.

El viejo pareció entender el silencio, y siguió como si no hubiera hecho la pregunta.

- Escucha… Antes de contar un cuento, tienes que haberlo encontrado. Los cuentos sin contar están por todas partes, pero hay que saberlos buscar: mientras nadie los cuenta, están guardados tras una puerta cualquiera, y nadie puede verlos. Tú tampoco, Nina. Te he visto luchar cada noche, y sé que has encontrado todas las puertas cerradas. Por eso he venido a ayudarte. Escucha con atención.

La niña lo miró a los ojos, como magnetizada, y asintió lentamente.

- La puerta detrás de la que se esconde un cuento no se diferencia mucho de las demás. Sólo una cosa la hace distinta, y es que esa puerta se abre con una frase. Cuando un escritor quiere contar un cuento, busca una puerta que le parezca apropiada, y prueba frases hasta que logra abrirla. Tú no has visto aún esas puertas, así que tendrás que comenzar al revés.

- ¿A… al revés?

- Precisamente. Atiende a lo que voy a decirte: a partir de ahora, el martes de cada semana encontrarás una frase nueva. No puedo decirte exactamente dónde, pero estoy seguro de que la reconocerás en cuanto la veas. Cuando encuentres una frase, llévala contigo, y comienza a buscar una puerta en la que puedas usarla. Cuando una frase y una puerta encajan, la puerta se abre y aparece detrás un cuento sin usar. Así podrás por fin escribir.

- Pero…

- Ten confianza, Nina, y verás cómo todo sale bien -sonrió el anciano.

- P… pero…

El viejo había desaparecido. Nina se arrebujó en la cama, y esa noche tardó mucho en dormirse. Miraba con aprensión la puerta del dormitorio, incluso los postigos cerrados de la ventana, como si de un momento a otro fueran a abrirse y a dejar paso a algo desconocido. Amanecía cuando se durmió. El amanecer de un martes.

No puedo contar aquí todas las aventuras de Nina con las puertas, pero os puedo asegurar que fueron muchas. Al principio, cuando encontraba una frase, pasaba unos días llena de ansiedad, probándola en todas las cerraduras que encontraba. Apenas comía, no atendía demasiado en clase y andaba más distraída de lo que sus padres hubieran deseado. A veces tardaba más de una semana y entonces tenía que cargar con dos o más frases. Con el tiempo, llegó a aprender a confiar en la suerte. Tarde o temprano, alguna de sus frases encajaba en una puerta, y Nina descubría un nuevo cuento sin usar.

Nunca pudo olvidar el primer día que logró traspasar uno de esos portales. Había encontrado la primera frase en mitad de una canción de la radio, y cinco días más tarde, al pasar por la puerta de la pescadería, de pronto se encontró al lado de un ángel que lloraba. Aquel fue su primer cuento. Después de aquello, las frases se sucedieron, apareciendo puntualmente en los sitios más extraños, como en un cartel pegado en un costado del tranvía, o en la apretada letra de un manual de instrucciones, en medio de un párrafo hacia el final de una novela y a veces, incluso, en el cuaderno de un compañero. Nina las reconocía cada vez con más facilidad, y las memorizaba rápidamente. También las puertas se volvieron más fáciles de encontrar, y pronto se juntaron un centenar de hojas en el fondo del cajón de la mesilla, bajo la ropa. Un centenar de cuentos.

La conversión de Nina en escritora fue tan suave que ni ella misma se dio cuenta. Y a cada frase, a cada puerta, a cada cuento, su vitalidad crecía, su felicidad se hacía más y más tangible. Siguió escribiendo hasta que un día, de pronto, se detuvo bruscamente ante la oxidada cancela de un parque. Algo extraño estaba sucediendo. Aquella puerta no era como las demás. No era muda ni hermética: habría asegurado que la estaba llamando. Sin tener que pensarlo, de pronto supo con toda certeza que había una historia allí detrás. Sólo hacía falta una frase para abrirla.

Allí mismo, ante la puerta número cien, y a apenas unas semanas de cumplir los catorce, Nina se encontró buscando entre todas las frases que había escrito hasta entonces, y entre muchas aún por escribir, hasta que de pronto, una de ellas encajó en la cerradura, se oyó un suave crujido, y nació un relato auténtico.

Aquella noche, su primer cuento descansó sobre el escritorio.

••••

Ahora, imaginad a Nina con unos cuantos años más, sentada en una cómoda silla, y tecleando en una pequeña máquina de escribir portátil. Las mejillas redondas de la infancia son ahora parte del afinado rostro de una joven mujer. Las frases torcidas de entonces aparecen ahora perfectamente paralelas, alineadas con rigor, y aún más correctas, incluso, que entonces. Nina alarga el brazo para sacar la hoja terminada, pero su gesto queda detenido en el aire. El papel se inclina delicadamente y cae en la mesa, pero ella ya está sonriendo hacia otra parte. En la puerta, una figura menuda, con una gran sonrisa, la está mirando.

- Hola, Nina.

- Hola, Märchenerzähler.

La mirada del anciano brilla con una alegría apenas contenida.

- Ya sabes decir mi nombre… ¿Qué ha sido de aquella niña tímida que escondía sus cuartillas en el cajón, bajo las camisetas y los calcetines?

Nina le devuelve la sonrisa, y es como si un sol mirase a otro sol.

- Aquella niña tímida salió de viaje y abrió hasta un centenar de portales, con otras tantas frases que tú escondiste. Sólo en el portal número cien dejó de seguirlas, y en el ciento uno aprendió una verdad mucho más grande.

- ¿Y qué aprendió la pequeña Nina? – casi susurra el anciano.

- Que igual que con una simple frase se pueden abrir las puertas de la mente, a veces basta una sola palabra para abrir las del corazón.

Märchenerzähler la mira con extremada atención, con los ojos chispeantes.

- ¿Por ejemplo?

- Gracias.

Dicen que mis cuentos son muy cortos, así que para conmemorar las 100 frases de Cuentacuentos, he tirado el teclado por la ventana y me extendido un poquito más de lo normal…

Cuentacuentos Cuatro

Sábado, 15 de septiembre de 2007

- Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro.

¿Por qué le venían esas palabras a la mente, precisamente ahora? No, ésa no era la pregunta. Le quedaban pocos días –contar la vida en horas era demasiado definitivo-, así que era obvio acabar pensando cosas así. Lo curioso, lo realmente extraño… ¿Por qué, de pronto, después de más de sesenta años, se acordaba exactamente de todo?

Alfredo, el larguirucho hijo del por entonces alcalde Juan Antonio Gálvez, apoyado con aire indolente en el muro oeste de la pequeña parroquia de Benicaudell, en lo más alto de ladera. Carlos, de la alquería al sur del pueblo, tratando de poner todo su peso sobre una lata de cerveza sin chafarla. Y él, él mismo, Miquel, hijo de Miquel el Forner, con ni dos décadas de vida en los músculos, sentado por encima de ambos y mirando con aburrimiento los tejados circundantes.

- ¿Qué?

- Que digo que mi vi… – comenzó Alfredo con el hablar arrastrado del que no quiere repetirse.

- ¿Inmortalizado? ¿Tú? –le cortó Carlitos-. No te lo creas demasiado. Sólo somos chavales de pueblo – la lata crujió y cedió repentinamente bajo su peso-. Mierda. Eso es lo que somos. Chavales de pueblo, quiero decir. A ver por qué nos van a inmortalizar.

Alfredo no contestó. El propio Miquel, pese al tiempo transcurrido, recordaba perfectamente el silencio que siguió a aquella afirmación. Un silencio lento y tórrido, del que podría decirse, sin tomarse una gran licencia poética, que la mejor expresión de los pensamientos contenidos en él la dieron los chirridos de las chicharras en el cercano pinar. Su opinión sonó como ahogada por la quietud.

- Pues yo creo que ese libro tienes que escribirlo tú, mientras vives. Da igual que luego otro lo ponga en papel. Como te pases la vida pensando en el libro, nunca existirá. Piensa en la vida.

- Bajaos del muro, modestos. Tenéis vuestros nombres escritos en un algarrobo donde la Clara. Más inmortales que eso, ni lo soñéis.

Alfredo, estirándose en toda su longitud contra la encalada y aún fresca superficie del muro, torció los labios en una de sus raras y valiosas sonrisas.

- Pero me gustaría ver mi vida en un libro – insistió, tozudo y soñador a partes iguales.

••••
El hombre delgado, más delgado si cabe por los años, y cuyas facciones casi permitían aventurar que en otras circunstancias habría estado sonriendo, contempló unos instantes más la lápida nueva, impecable, de su amigo, y habló a su acompañante sin girarse:

- Sabes, Clara… Miquel tenía razón. Hay cosas que no necesitan ser escritas para seguir vivas. Me hubiera gustado decirle… que si el mundo hubiera sido un libro, la suya habría sido la mejor de las historias.

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El eslabón de una cadena

Sábado, 15 de septiembre de 2007

El siguiente fragmento es mi aportación, hace ya un tiempo, a esta entrada en el blog de Miss Sinner. Lo pongo aquí porque tras releerlo, me ha gustado (y ya sé que está mal que yo lo diga) tanto el texto en sí como el modo en que puso orden en el inevitable desbarajuste de una historia encadenada. Lástima que luego no siguiera como yo pensaba. Lo cual, por otra parte, es la gracia de este tipo de relatos…

- Patricia, tienes que decírmelo. Ahora.
- ¿Decirte qué?
- Que lo hicisteis sin avisarme.

Patricia se lo quedó mirando como a través de un telescopio. De planeta a planeta. ¿De qué rayos hablaba?
Fernando apretó los labios y miró un momento a la joven desconocida.
- Sara… ¿te importa dejarnos un momento?
La mirada desafiante dejó de taladrar a la recién llegada y se clavó con igual fiereza en el hombre.
- ¿Crees que eso cambiaría algo? ¿Qué más da que esté o que no esté?
- Tú verás. Haz lo que te de la maldita gana.
Volvió a mirar a Patricia. Temblaba ligeramente, y mantenía los puños apretados como si de un momento a otro una tensión desconocida fuera a hacer saltar un arco voltaico entre ellos.

- Dímelo de una puta vez. Lo intentasteis, ¿verdad? Ni se te ocurra mentirme ahora.

Patricia se encogió en el sofá. Si no hubiera habido esta tensión alrededor, habría tomado su cabeza entre las manos. Pero temía que si las separaba de la tela del asiento, el arco voltaico saltaría definitivamente hacia ella y la haría volar en pedazos. Por Dios, qué es todo esto, pensó.

Fernando avanzó un paso, acusador.

- Lo hicisteis. Y no teníais ni puta idea de la velocidad necesaria, ni de la potencia, ni de ningún otro maldito dato técnico, porque yo era el que se iba a encargar de eso. ¿O me equivoco? ¡Patricia, contéstame!

Olvidando el arco eléctrico y cualquier otra imagen, la aludida se cubrió la cara con las manos. El vacío en su mente parecía estar absorbiendo la realidad, atrayéndola como un sumidero y haciéndola desaparecer.
- Fernando, por favor…
Las primeras palabras trajeron consigo, como nubes de tormenta, el llanto que llevaba horas, quizás dias, conteniendo.
-… te juro que no sé de qué me ha…

Y entonces recibió algo realmente parecido a una descarga. Sus ideas se cortocircuitaron y tuvo una visión rápida. El chiste no era un chiste. El salto no era un salto. Las ventanas. Dios mío. El plan.

La voluntad de la veleta

Miércoles, 5 de septiembre de 2007

Decir de alguien que es un veleta prueba poca imaginación: se ven las vueltas pero no la intención, la punta de la flecha que busca hincarse y permanecer en el río del viento.

Hallado en un rincón de Rayuela, de Julio Cortázar. Dejé de leer, comencé a pensar, releí la frase, seguí pensando…

Ojos

Miércoles, 25 de julio de 2007

Ella rió. “Mis ojos cambian a lo largo del año”. El la miró de nuevo y contestó: “Si, lo veo cada tarde, cuando me miro en ellos… a veces son hojas secas que corren por el fondo, otras es el musgo que se forma sobre las piedras, o el reflejo de las flores en los remolinos…”

Horas más tarde aún se oía el murmullo de una risa feliz en la cascada.

Basado en una conversación real via chat.

Cuentacuentos Tres

Martes, 24 de julio de 2007

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir, pero la decisión era inevitable, y temblar no cambiaba las cosas. Ni siquiera las empeoraba, que ya habría sido algo. Hiciera lo que hiciera, había llegado demasiado lejos. O demasiado cerca. Demasiado.

Tenía que elegir entre una sola opción inadmisible, y nada se interponía ante su decisión. Miró el paisaje alrededor, hacia la lejanía, como esperando que alguien viniese y la retuviese, impidiéndole actuar en cualquier sentido. Algo que borrase su voluntad de un plumazo, o la fulminase, o pusiese un mar de por medio. Una dificultad. Por pequeñita, por insignificante que fuera. Un tropiezo, apenas, sólo eso…

Nadie lo entendería cuando aquello pasase a la historia. Todos pensarían que fue sin querer, o sin pensar, o bien por fuerza. Ninguno llegaría a imaginar siquiera la implacable libertad que en ese momento estremecía sus músculos, la abrumadora conciencia que la dejaba casi sin respiración.

No vio acercarse a la serpiente entre las hojas, y cuando algo parecido a un susurro hizo que levantara la cabeza, ya era tarde. La decisión bajaba por el aire a su encuentro, demasiado veloz para la duda. O para la negación. Una vez más, demasiado.

Sencillamente, la cogió al vuelo y la mordió.