Cuentacuentos Dos

Lunes, 16 de julio de 2007

La fábrica de sueños cerró por vacaciones. La mayor productora de ilusiones del país se fue a la quiebra. En algún lugar del mundo, una mina de pensamientos llegó al final de su filón. Un piloto supo de pronto que no iba a llegar a la meta por falta de combustible. Un árbol que nadie regó se quedó sin madurar sus frutos. Un sinfín de puertas quedaron a medio abrir por óxido en las bisagras, y para colmo…

Alberto González Mateo, de 63 años de edad –decía la ficha médica- trató de apartar los pensamientos que, como avispas, se arremolinaban a su alrededor, y miró una vez más las letras que temblaban ante sus ojos.

“¿Yo… Alzheimer?”

Cuentacuentos Uno

Viernes, 13 de julio de 2007

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba, y cuanto más pensaba en ello más lágrimas rodaban por sus mejillas.

Los ángeles no lloran, no dejaba de repetírselo.
Los ángeles son perfectos, no sienten tristeza.

Y sin embargo sus ojos estaban inundados de agua, y además sentía algo muy extraño dentro del pecho, algo que no sabía como explicar.

El ángel pensaba en los humanos; ellos sí podían sentir pena, igual que sentían dolor. La pena, esa maravilla que chorreaba en gotas claras por la cara, o el dolor, aquello que a veces caía en gotas oscuras por un brazo herido. Cosas como esas, que hacían de los humanos un misterio más allá del alcance de una poderosa mente angelical.

Esos seres extraños, tan parecidos a ellos pero a la vez con todas las debilidades propias de los animales… Se decía que Dios los había hecho defectuosos, les había hecho sentir pena y dolor, llorar y sangrar; pero ni siquiera los grandes arcángeles, los más cercanos a Él, habían logrado aventurar por qué lo había hecho de ese modo. No se podía entender que habiendo ya seres perfectos en el cielo, fuera necesaria esa impureza sobre la tierra. Nadie afirmaría que se trataba de un error en la creación, pero ninguno de ellos veía tampoco el acierto.

Ángeles de todos los estratos del cielo habían observado durante milenios a aquellos extraños seres, tratando de penetrar sus mentes, de atrapar sus sentimientos o percibir lo que captaban sus sentidos. Ni los propios ángeles guardianes, los más cercanos a los hombres, eran capaces de explicar la profunda maravilla de su imperfección.

Los humanos eran transparentes a su mirada, pero no menos incomprensibles, y todo ser celestial albergaba en su interior un deseo extraño, casi incómodo, de llegar un día a traspasar el secreto de la humanidad.

Y ahora a él, de pronto, le llovían los ojos, y sentía una presión en el pecho.


Primera participación oficial (o casi) en El Cuentacuentos. Realizado en colaboración con Cuéntale cuentos al sol, a ver si juntando la poca inspiración de ambos salía algo pasable xD

Cortázar: recuerdo de un genio

Martes, 3 de julio de 2007

Ah, Cortázar… Julio Cortázar. Llevaba meses pensando en dedicarle un post para homenajearle (como autor preferido que es, de alguien que se jacta de no tener autores preferidos), pero no era lo más acuciante, así que la cosa iba pasando…
El caso es que cuando me he puesto a escribir, me he dado cuenta de que todo lo que pueda decir va a ser una memez, así que he preferido hacer una selección de tres creaciones literarias diferentes, que vendrían a ser como tres “escalas” de escritura: relato hiperbreve, relato, novela. Dejad que ellas mismas os hablen, y luego me contáis qué os han dicho.

Primera escala: Las líneas de la mano

“De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.”

Segunda escala: La autopista del sur

Os dejo el enlace. Es demasiado largo para copiarlo aquí.

Tercera escala: Rayuela

Es improcedente enlazar aquí la novela entera (merece ser tenida entre las manos), así que lleno su ausencia con una cita y un comentario que no sé si seré capaz de poner a su altura.
Rayuela no es una novela normal. Es un libro escrito como un collage de experimentos literarios, en el que cada capítulo tiene su propio valor, su carácter, su registro lingüístico, a veces incluso sus propias normas de ortografía, su propio idioma o un determinado orden en los párrafos. No se me ocurre otra forma de expresar lo que Cortázar hace con el lenguaje en esta novela que usando el término deportivo freestyle.
Rayuela se merece ser leído en orden lineal, así como en el otro orden propuesto por el autor, y también en completo desorden. He tenido el libro más de un año al lado de mi cama (cortesía de un amigo olvidadizo que precisamente mañana viene a por él), y no ha habido vez que haya vuelto a él y no haya encontrado algo increíble.
El contenido es de una densidad casi filosófica que requiere de cierta predisposición, pero leedlo, leedlo, aunque sea a trozos, de capítulo en capítulo. Y mirad, siempre, la relación entre el qué (se narra) y el cómo (se narra).
Sin más, os traigo uno de los pasajes más llamativos y célebres, si bien no necesariamente el mejor. Para los que no lo conocéis, ahí va el capítulo 68:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”

Pues eso. A leer y a maravillarse, amigos. Como niños grandecitos. Ale.

No smoking

Lunes, 28 de mayo de 2007

El hombre que leía periódicos atrasados

Jueves, 3 de mayo de 2007

No importa su nombre. Era simplemente un hombre que leía.
Al principio, fue curiosidad: leía artículos destacados de diarios de hacía dos días. Es normal, era normal. Pero poco a poco, sin proponérselo, comenzó a leer también las noticias, la cartelera, los deportes, todo, en diarios cada vez más viejos. Quizás el miedo al futuro lo empujaba. Quizás prefería leer una noticia habiendo ya oído comentar el desenlace, leer la cartelera llena de películas ya conocidas, saber ya el resultado de los partidos al verlos anunciados.
Con el tiempo llegó a leer únicamente periódicos atrasados. Nunca actuales. Y los leía una y otra vez, cada vez más adentro, y más atrás. Un día, un día cualquiera de cualquier año, las preguntas cesaron, el mundo se convirtió para él en un cúmulo de desenlaces y respuestas. Sin él saberlo, su vida dejó de tener sentido.

˚˚˚˚˚˚

Dos meses más tarde el hombre que leía periódicos atrasados tomó en sus manos el correspondiente a aquel día inadvertido. Leyó sistemáticamente, letra a letra, cosas futuras que ya habían acontecido, y al llegar a la necrología deletreó, con labios temblorosos, su propio nombre escrito sobre el símbolo de la cruz.
˚˚˚˚˚˚

Cuando dos días después la policía entró en la vieja casa de campo, el cuerpo llevaba ocho semanas recostado sobre un periódico amarillento.

El equipaje [cuentacuentos versión beta]

Domingo, 22 de abril de 2007

Nunca he sabido hacer el equipaje, pensó de pronto, agarrándose con fuerza a la barra del autobús y a una esperanza inesperada, surgida de la nada. De modo que seguramente me habré dejado algo en su casa, y tendré que pasarme a recogerlo. Al llegar reviso la mochila, y si falta algo, la llamo. Es buena excusa para volv… Nooo, para, para. La llamas dentro de un par de días, quizás más. Eso es. Dejaré que se calmen los ánimos, que me eche un poco de menos; seguro que lo hará, también es humana, joder; y entonces sí, la llamaré. Volveré a su casa, ella me abrirá, y al darme la prenda en cuestión, se quedará quieta, con los ojos brillantes; se dará cuenta de que me quiere, de que todo fué un error, y me di

Un frenazo certero hizo chirriar las ruedas. Su cuerpo osciló desprevenido y la frente golpeó la barra a la que se sujetaba. Fue como si, en ese mismo instante, la realidad le hubiera sacudido la conciencia. Su mirada fue bajando, siguiendo a sus sueños en la caída, resbalando por las fachadas que volvían a acelerarse ante él tras la ventanilla. Un pensamiento diferente había subido en la parada.

No, nunca has sabido hacer el equipaje. Y esta vez, idiota, te has dejado algo que no podrás recuperar, porque ni siquiera estaba en la maleta. No se pueden embalar las ilusiones.

Ella, él

Viernes, 6 de abril de 2007

Ella yacía silenciosa, anhelante, esperando medio recostada sobre un lecho de flores. El sol la bañaba cálidamente, inundándola de luz y de una languidez placentera, casi un abandono. Él, atrevido, la recorría lentamente, a la par que la brisa, de abajo a arriba, aventurándose allí donde otros no habían llegado, donde otros, sintiendo algo parecido a una mirada reprobadora, desafiante, se habían vuelto atrás. No ahora; él no. Ahora era, sin vuelta atrás, el primer hombre en pasear por cada blanda extensión, doblar cada ángulo duro, deslizarse regocijado y silencioso, como tímido, en esos angostos pliegues donde nunca llega el sol. Y seguir más arriba, sobrecogiéndose ante cada descubrimiento, cada nueva belleza encontrada en un rincón inexplorado, cada paso que lo llevaba más allá de donde había creído llegar. Podía oír su propia respiración agitada, y de tanto en tanto, esos vagos rumores retumbantes muy dentro de ella, que poco después surgían en intermitentes sacudidas, temblores delatores de un gran estremecimiento interior. Pero él, incansable, seguía su recorrido invisible y vacilante, volviendo a veces atrás, deteniéndose un poco, casi demasiado, para continuar luego en una dirección imprevista. Estaba llegando, él lo sabía. El aire parecía no querer entrar en los pulmones, ya no había más fin en la vida que llegar, llegar por fin a la cúspide, la cima anhelada e indescriptible, y con un único grito salvaje, abandonarse a aquella sublime forma de felicidad: la de ser el primer hombre, entre todos los demás, en haber logrado pisar la cumbre del Everest.

El Cuentacuentos

Miércoles, 4 de abril de 2007

Como ya dije, soy de los que escribe los relatos leeentamente, y según me vengan las ganas o la inspiración. A veces, estoy varios meses en blanco, y otras veces escribo en un solo día 10 páginas (que luego tardaré 2 años en perfeccionar, claro…).

Pues bien, gracias a una amiga he encontrado una forma totalmente opuesta de escribir: buscar un “detonador” cada semana, y escribir un relato basado en él. Es algo más “brainstorm”, escribes lo que se te ocurre sin muchas vueltas.
No sé si me apuntaré. Por un lado, está claro que escribiendo se aprende a escribir, pero eso de hacer “relatos por encargo”… ¿va conmigo? No sé.

Pero la iniciativa me encanta: ojito al Cuentacuentos.

Colisión imposible

Martes, 3 de abril de 2007

Recuerdo una tarde de este verano… y la recuerdo pese a que en aquel momento decidí que lo mejor era olvidarla y evitarme el bochorno de contarla una y otra vez. Mis padres, por supuesto, no lo saben, porque quiero seguir haciendo windsurf con su consentimiento.

Llevaba unas horas navegando con aquel milagroso levante veraniego para 5’3, y estaba yo en el momento más placentero del día. El sol comenzaba a caer, a cuarenta grados ya de su meta entre los montes lejanos, y bañaba en oro el choppy recalentado y las cabezas tostadas de los bañistas. Cada largo era más idílico que el anterior.
Tranquilamente planeando, sin pensar en nada que no fuera dar una vuelta disfrutando del viento restante, salí por el carril de boyas, y unos cincuenta metros mar adentro, bajé la velocidad, hice una virada, y volví encarando la proa hacia las boyas adecuadas… algo que siempre hago medio a ciegas, mi vista no da para más. Todo perfecto, una mano rozando el agua en windsurfeliz placidez, las boyas ya a pocos metros, ya distinguía a la gente en el chiringuito…

Y de pronto, un golpe brutal en la botavara.

Un sonido como de metal contra metal, cerca de la escota.

Una fuerza poderosa me sacudió el aparejo y me lanzó, impotente, por los aires, hasta caer catapultado a barlovento, tumbado de espaldas sobre la vela, la cabeza contra la botavara y parpadeando de cara a la playa y al sol poniente. Tras los inevitables instantes de perplejidad total, desenganché el arnés y me deslicé hasta el agua, buscando a mi espalda con la mirada el ser, ente u objeto causante del encontronazo.

Y sí, allí estaba el monstruo, a tres o cuatro metros de mí, casi inmóvil.

Enorme… ¿10 metros? ¿Más? ¡Dios mío! ¡No era posible!

Pero sí, sí, allí estaba, ineludiblemente. Una auténtica y amenazadora mole blanca, con sus dos pisos de ventanas oscuras, sus cubiertas cuidadas de madera tropical y su escalerilla de aluminio en la proa, aún con la marca, supongo, de mi querida botavara.

“Un yate… coño, ¡un yate!”

Mi mente, bloqueada, le daba vueltas a la misma única idea.

“Joder, hay un yate enorme casi tocando mi vela… ¿me acabo de chocar con él?… ¿o se ha chocado él conmigo?… está claro que es real… pero ¿de dónde ha salido?… ¿ha estado siempre ahí?… ¡no estaba antes, estoy seguro!… ¿y si es un submarino?… pero…”

Tardé unos momentos en darme cuenta de que desde la espalda del enorme crustáceo, algunos metros más arriba, un tipo con gafas de sol estaba inclinado sobre la barandilla, gritándome algo en arameo. La conversación que siguió, del barco al agua y del agua al barco, con todos los pasajeros del tal Nessie mirando sorprendidos por la borda, apenas la recuerdo. Sólo recuerdo una cosa: lo difícil que resulta explicar a un patrón enfadado que no es que quisieras ponerte a tiro y por eso justo has virado y vuelto a pasar, sino que no has visto su pequeño barco de unos cuantos metros cúbicos de desplazamiento desde tu enorme tablón… de 98 litros.

“No se lo vaaaa a creeeer, peero eesqueee no le heeee vistooooo…”

Y peor aún: lo imposible que resulta sonar conciliador cuando tienes que comunicarte a gritos mientras las olas te zarandean con peligro de estampar tu frágil material contra el blindaje enemigo.

Un prudente

“VALE, LOOOO SIEEEEENTOOOOO, NO HA PASAAADO NADAAAA, PUEEEEDEEEEN CONTINUAAAAAR”

seguramente estaba llegando a oídos del guaperas en forma de algo así como

“TÚ DALE, ZOPEEEENCOOOO, HIJODELAGRAAANCHINGADAAAAA, VETEEE YA A CAGAAAAAAR”…

Juro que le pedí disculpas quince o veinte veces, y el jurará que lo insulté otras tantas. Al final, cansado de la situación, con mis neuronas a punto de estallar por el esfuerzo y aunque aquel seguía gritando algo (ahora en bengalí cerrado), giré la vela, hice el waterstart más veloz de mi vida, y salí zumbando hacia las boyas salvadoras, donde el monstruo no iba a seguirme.

Cuando por fin puse pie en el fondo limoso de la playa, me sentí como Colón pisando América. Miré alejarse el yate, con la mismas preguntas golpeando en mi mente (¿cómo coñ..? ¿de dond…? ¿por qué caraj…?) y finalmente me volví, derrotado, hacia los -afortunadamente pocos- espectadores que esperaban en la orilla.

“¿¡Qué miráis!?”

Disección

Domingo, 1 de abril de 2007

Durante unos instantes traté de no mirarla, fingiendo estar concentrado en despedazar el enorme crustáceo sobre el plato, ante mí. Quería ganar tiempo, volverme eterno, eterno, eterno…

Cuando alcé la vista me arrepentí de haberla dejado hablar. Sus ojos, hacía nada sonrientes, ilusionados, comenzaban ahora a mostrar un atisbo de inquietud. Me arrepentí de haberla conocido, de haberla escuchado mientras me ofrecía todo cuanto deseaba; me arrepentí de lo que yo mismo iba a decir. Mis labios no sonreían, y algo como el miedo temblaba ya en los suyos.

Forcejeé con la dura envoltura del marisco, sintiendo su mirada vacilante y deseando besarla y a la vez estar muy lejos. Tuve que agrietar mi alma para que escaparan los sonidos.

Clara, voy a ser sacerdote.


Y el cuchillo rompió el caparazón y se abrió paso hacia adentro, muy hondo, desgarrando la carne caliente, la fibra, los ligamentos.