Ah, Cortázar… Julio Cortázar. Llevaba meses pensando en dedicarle un post para homenajearle (como autor preferido que es, de alguien que se jacta de no tener autores preferidos), pero no era lo más acuciante, así que la cosa iba pasando…
El caso es que cuando me he puesto a escribir, me he dado cuenta de que todo lo que pueda decir va a ser una memez, así que he preferido hacer una selección de tres creaciones literarias diferentes, que vendrían a ser como tres “escalas” de escritura: relato hiperbreve, relato, novela. Dejad que ellas mismas os hablen, y luego me contáis qué os han dicho.
Primera escala: Las líneas de la mano
“De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.”
Segunda escala: La autopista del sur
Os dejo el enlace. Es demasiado largo para copiarlo aquí.
Tercera escala: Rayuela
Es improcedente enlazar aquí la novela entera (merece ser tenida entre las manos), así que lleno su ausencia con una cita y un comentario que no sé si seré capaz de poner a su altura.
Rayuela no es una novela normal. Es un libro escrito como un collage de experimentos literarios, en el que cada capítulo tiene su propio valor, su carácter, su registro lingüístico, a veces incluso sus propias normas de ortografía, su propio idioma o un determinado orden en los párrafos. No se me ocurre otra forma de expresar lo que Cortázar hace con el lenguaje en esta novela que usando el término deportivo freestyle.
Rayuela se merece ser leído en orden lineal, así como en el otro orden propuesto por el autor, y también en completo desorden. He tenido el libro más de un año al lado de mi cama (cortesía de un amigo olvidadizo que precisamente mañana viene a por él), y no ha habido vez que haya vuelto a él y no haya encontrado algo increíble.
El contenido es de una densidad casi filosófica que requiere de cierta predisposición, pero leedlo, leedlo, aunque sea a trozos, de capítulo en capítulo. Y mirad, siempre, la relación entre el qué (se narra) y el cómo (se narra).
Sin más, os traigo uno de los pasajes más llamativos y célebres, si bien no necesariamente el mejor. Para los que no lo conocéis, ahí va el capítulo 68:
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”
Pues eso. A leer y a maravillarse, amigos. Como niños grandecitos. Ale.