El carsharing como alternativa al coche privado: comparativa de servicios en Madrid

Hace unos meses me quedé definitivamente sin coche. Desde que me mudé a Madrid apenas he tenido necesidad de usarlo, así que no lo estoy echando nada en falta, especialmente los gastos, el aparcamiento y otras cargas como las averías y el mantenimiento.

Sin embargo, por mucho que por lo general me mueva bien con transporte público y mi fiel bicicleta plegable, hay ocasiones en las que me vendría bien un coche: cuando tengo que ir a un sitio difícilmente accesible de otra manera, llevar una carga importante, o… bueno, de momento esas dos. Como ya comentaba en el dilema de la movilidad, intento usar siempre el “menor” vehículo posible para trasladarme, sin descartar para nada el coche cuando se hace realmente necesario. Y para esas pocas ocasiones creo que no merece la pena (ni es sostenible como comportamiento generalizado) mantener uno propio así que lo más razonable es alquilarlo puntualmente, o tener acceso a uno compartido.

¿Compartido, con quién? Aunque se puede hacer perfectamente entre personas, por ejemplo con un vecino, requiere un cuidado, un respeto y una coordinación extremos. Estuve compartiendo coche durante años y sé que las cosas se pueden complicar con la diferencia de uso, el desgaste, las reparaciones, los horarios, la limpieza y el mantenimiento… casi todo es susceptible de provocar conflicto si no se está muy atento.

Carsharing diagram illustration by Jorge Toledo

Pues bien, ahí es donde entra el carsharing. El concepto es sencillo: Una empresa, cooperativa o comunidad mantiene una flota de coches, haciéndose cargo de su mantenimiento y coordinación, y el usuario paga una cuota (fija y/o por horas y/o por kilómetros) por usarlo. De ese modo, se optimizan muchos procesos, se reduce el impacto medioambiental con el menor consumo de energía y recursos, y se recortan los gastos para cada usuario. Una situación win-win-win.

Pero, a la hora de la verdad y comparándolo con tener un coche propio o con alquilarlo esporádicamente, ¿sale a cuenta el carsharing? Sigue leyendo

La donación activa

Donación activa

Cada vez que me aborda por la calle alguien para intentar convencerme de algo siento el mismo rechazo. En cuanto veo la camiseta corporativa y la carpeta, sé lo que va a pasar: Me van a pedir un minuto de mi tiempo (no cuela: todos sabemos que los minutos, como las cañas, nunca van solos), y me va a tocar tomar dos decisiones en cuestión de segundos, allí de pie, con el rugido de los coches de fondo y otras mil cosas en la cabeza:

Si pararme o no.
Si «comprar» o no. Sigue leyendo

Origen

Hoy me he encontrado con la persona que, sin saberlo, me inspiró la idea de estudiar arquitectura, y he podido al fin decírselo, cerrando un círculo que, sin ánimo de dramatizar, literalmente me cambió la vida.

Durante todos estos años he mantenido vivo el recuerdo del momento inception, el origen de la idea, con todos sus detalles: El colegio, creo que en octavo, la hora de entrar a clase, los compañeros ya marchándose de la pista deportiva, Vicente y yo disponiéndonos a hacerlo. A raíz de no sé qué conversación, le pregunté a qué quería dedicarse, y él, parado delante de mí, me miró fijamente y, con una intensidad y un convencimiento que pocas veces he visto, me dijo:

—Yo voy a ser arquitecto.

Casi podría decir que lo dijo con mayúsculas. Arquitecto. ARQUITECTO. Yo tenía una idea muy vaga de lo que eso quería decir, pero se me clavó la palabra en alguna parte, y de alguna manera que no alcanzo a entender ni yo mismo, fue creciendo en mí durante los años siguientes hasta llevarme a ser lo que, entre otras cosas, soy hoy: un arquitecto.

Casi veinte años después, me he encontrado con Vicente y se lo he contado. Sentía la necesidad de hacérselo saber de alguna manera, de agradecerle un momento que para él pudo ser casual, pero que para mí fue un punto de inflexión, un antes y un después.

A día de hoy, él no es arquitecto. Por cosas de la vida, no pudo serlo. Fui yo quien, a través de una mirada y cinco palabras, adopté su sueño y acabé cumpliéndolo. Ahora sólo espero que él encuentre la oportunidad de hacerlo y, entonces, habremos cerrado el círculo los dos.

Restaurar un monasterio, instaurar una comunidad

El año pasado por estas fechas, leyendo un libro de escritos de Gaudí, me encontré con una memoria* que hilaba maravillosamente el proceso de restauración de un monasterio con la creación de una comunidad local, en una línea que hoy día muchos estamo re-buscando y redescubriendo. Os dejo la foto y transcribo a continuación:

Comienzo del capítulo "Memoria de la restauración del Monasterio de Poblet" de Gaudí, Toda y Ribera, año 1867. Extracto del libro "Antoni Gaudí: Manuscritos, artículos, conversaciones y dibujos" editado en 1982 por Marcià Codinachs y el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Alicante.

Muchos y pequeños son los pueblos que están cerca de Poblet. Si se intentara su restauración no hay duda de que los obreros empleados para ello residirían en el monasterio, habitando en este caso los antiguos edificios y talleres. Empezaría a formarse allí una sociedad que si al terminar sus trabajos se le cediera gratis o por poco precio una vivienda y una parte de tierra a cada uno, se establecería definitivamente allí formándose un pueblo alrededor del monasterio.

La restauración no debería salir de los muros de Poblet; es decir, todos los objetos artísticos o no, que debieran ejecutarse, habrían de serlo en el mismo monasterio llamando a los artistas encargados de ello e invitándoles para que con sus familias se quedaran allí; buscando al efecto los que por su posición social pudieran fácilmente cambiar de domicilio, para así agrupar los distintos elementos que son necesarios para formar un pueblo.

Lo bueno es que el título del post podría valer tanto para este texto como para el proyecto unMonastery. Y, cambiando Poblet por Matera y haciendo alguna que otra actualización, también el contenido de la memoria en sí.

En 1867, unos arquitectos comienzan la descripción de un proceso constructivo-creativo por las condiciones necesarias para crear comunidad a su alrededor.  Casi siglo y medio después, y desde una nueva “posición social” de neonómadas y ciudadanos glocales un grupo de personas habilita un espacio en un pueblo italiano e inicia un proceso de cotrabajo y convivencia creativa.

¿Qué ha cambiado y qué sigue siendo igual?

*Comienzo del capítulo “Memoria de la restauración del Monasterio de Poblet” de Gaudí, Toda y Ribera, año 1867. Extracto del libro “Antoni Gaudí: Manuscritos, artículos, conversaciones y dibujos” editado en 1982 por Marcià Codinachs y el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Alicante.

Cita

Me gusta hacer muchas cosas, pero lo que mejor se me da es imaginar que hago muchas cosas.

Guía didáctica interactiva para cursos de windsurf

Tras más de un año completamente desconectado del windsurf (más o menos desde que trabajo en Madrid, el lugar más alejado de cualquier playa), el verano de 2012 estuve en el embalse de Cazalegas realizando el último curso necesario para obtener el título de monitor.

Como comentaba en el post anterior, obtener el título fue poco más que un trámite para adaptarme a la creciente regulación de la profesión tras años como monitor e incluso coordinador de una escuela. Igual que en la docencia de la arquitectura apenas sabría por dónde empezar, en la del windsurf me siento completamente a gusto, seguro de mí mismo y con experiencia a mis espaldas (da un gustazo enorme poder decir eso de algo). Dame una escuela con monitores y equipo, y sabré hacer el resto. Aún así, el curso me dio algunos puntos de vista que no tenía, unas cuantas ideas nuevas y bastantes conocimientos para rellenar ciertas lagunas de mi formación deportiva. Lo mejor fue compartir con otros monitores esos “trucos” y dinámicas que cada uno usa para convertir una clase que podría ser frustrante en algo didáctico y divertido.

Uno de los ejercicios más interesantes fue el de didáctica específica y organización de cursos, porque me forzó a repasar y ordenar prácticamente todo: los conocimientos a transmitir, recursos y técnicas para hacerlo, aspectos de seguridad, formas de organizar las clases y el funcionamiento de la escuela, etc. Y el resultado es precisamente lo que me gustaría compartir aquí.

Guía de didáctica y organización de cursos de windsurf

Está planteada desde el principio como una guía fácil de ser consultada, operativa y útil en el día a día para otros monitores (no es un curso de windsurf, sólo el guión de éste). Para eso, en lugar de hacerla en un documento de texto sin más, la fui montando directamente online en Workflowy, una aplicación (supuestamente para gestión de tareas) tremendamente sencilla pero muy muy potente que da mucha flexibilidad para trabajar con estructuras en árbol y etiquetas.

Guía de didáctica y organización de cursos de windsurf

Este formato da muchas posibilidades que no tendría un simple documento de texto, especialmente a la hora de consultarlo:

  • La posibilidad de replegar o expandir las secciones para ver un esquema general o llegar hasta los detalles sin tener un texto larguísimo por el que moverse.
  • Permite además la búsqueda instantánea (instantánea de verdad) de cualquier cosa, incluso combinando varios términos de búsqueda. Y lo mejor es que al buscar no “salta” a la primera posición encontrada sino que filtra el texto mostrando sólo las líneas donde se encuentra el término de búsqueda.
  • De forma parecida, permite el filtrado del contenido usando etiquetas: En este caso lo he ido etiquetando por aspectos como #duración, #objetivos, #contenidos, #organización y #observaciones; tipos de actividad como #enseñanza y #aprendizaje; medios como los #audiovisuales, la #demostración o la #orientaciónoral; tipos de ejercicio como #global y #fraccionado…
  • Y todo ello además de lo más obvio: es un documento online que puedo ir actualizando en cualquier momento sin dejar de compartirlo, y que cualquiera puede consultar incluso desde el móvil.

Por ejemplo, podríamos querer buscar todo lo relacionado con el aparejo. Usaríamos el buscador, y veríamos esto:

Guía de cursos de windsurf mostrando resultados sobre el aparejo

Imaginad ahora que queremos repasar los horarios y tiempos. Podríamos filtrar la guía para ver sólo la duración estimada de cada actividad. Haríamos clic en la etiqueta #duración (o la escribiríamos en el buscador) y veríamos esto:

Guía de windsurf filtrada por duración

Genial, ¿no? Lo más potente es que se pueden combinar búsquedas. ¿Buscamos todas las situaciones de #enseñanza que requieran #audiovisuales? Fácil:

Guía de cursos de windsurf - enseñanza y audiovisuales

Con esto creo que ya os hacéis una idea, mi recomendación es que entréis y curioseéis. Espero que le sea de utilidad a alguien. Está bajo licencia CC BY-SA de modo que podéis copiarla, imprimirla, reutilizarla, adaptarla, etc. ¡Y darle difusión!

Enlace a la Guía de didáctica y organización de cursos de windsurf

Un último comentario: La enseñanza del windsurf, como cualquier otra, depende fundamentalmente del monitor y del alumno. Además, la compleja y siempre cambiante realidad nunca nos deja seguir planes como éste al pie de la letra. Lo mejor es usar esto como un guión dinámico y tirar de nuestra propia percepción para darnos cuenta de cuándo toca improvisar, cambiar el orden, adaptar algo a las condiciones locales, etc.

Ahora dicen que soy… lo que siempre he sido

Diploma de monitor de windsurf

Hoy me ha llegado el título que me acredita oficialmente como monitor de windsurf. Al tenerlo en mis manos no he podido evitar pensar en las varias ironías que tiene detrás, y ponerme un poco nostálgico.

La primera ironía, es que el título me llega ahora, cuando llevo ya dos años viviendo en Madrid y sin subirme a una tabla. Tras haber estado, además, 6 años dando clases, y bien dadas. Aunque he estudiado arquitectura, mi primera carrera profesional, la que de verano en verano me ha pagado muchos gastos y caprichos durante los estudios, ha sido la de monitor de windsurf. Que me den un título ahora que (de momento) la he dejado me resulta divertido y un poco triste a la vez.

La segunda ironía es que yo, que me he pasado la vida junto al mar o sobre él, he obtenido el título por la Federación de Vela de Castilla la Mancha. Porque sí, esa Federación existe y además, pese a sus escasos recursos, han hecho maravillas y se han portado genial con los que nos hemos apuntado para sacar el título en estos últimos dos años. Desde el primer examen teórico en Guadalajara al que llegué 45 minutos tarde y agotado del sprint en bicicleta, hasta la última semana intensiva el verano pasado en el embalse de Cazalegas.

Suelo decir, medio en broma, que este es un título póstumo, pero tengo la secreta esperanza de poder algún día salir de la oficina y volver a las playas a hacer algo que me encanta y que además se me da bien: enseñar a otros los pequeños sufrimientos, los secretos ocultos y las grandes satisfacciones de este deporte.

Pero no importa, el caso es que por fin soy de forma oficial lo que soy y he sido de vocación.

Tejiendo lo común: desarrollo social y urbano en red

El pasado jueves 29 de noviembre estuve en Alicante, invitado por Arquitectos Sin Fronteras para dar una charla sobre “trabajo en red” en el marco del curso-taller “EnREDándonos en la Zona Norte

Colaboración, red, estructuras mixtas, remezcla y complejidad - collage de imágenes de opensourceway

Collage de imágenes de OpenSourceWay – CC BY-SA

El tema es muy amplio y estoy lejos de considerarme un experto en estas cosas, por lo que fue un desafío darle forma para una audiencia variada incluyendo arquitectos, activistas, vecino… Esta es la descripción de la charla, enviada a priori, y que luego matizaré en función de lo que sucedió allí realmente:

La charla intenta encontrar un enfoque práctico, cercano a la experiencia de los asistentes, al desarrollo social y urbano en red. Se parte de la idea de que la vida urbana de una ciudad, un barrio o una calle, es un bien común que mejora y perdura cuando se cuida de forma colectiva. Sin embargo, la complejidad de ese entorno pone a prueba toda estructura organizativa para hacerlo. Se propone, entonces, hacerlo en red.

¿Qué significa en red? Ante todo hay que diferenciarlo, que no separarlo, de “en la red”, hablando del carácter complementario de lo físico y lo digital como espacios de oportunidad. Cabe comentar aquí otras características del trabajo en red: la capacidad de trascender formas rígidas de organización y permitir una mayor adaptabilidad; la gestión de la diversidad, admitiendo incluso el disenso sin dejar de funcionar; la posibilidad de conectar y poner en valor directamente a las personas, sin intermediarios, favoreciendo de ese modo un desarrollo personal que redunda rápidamente en desarrollo social.

Se proponen también una serie de principios que permiten que el trabajo en red sea fructífero y satisfactorio, y se produzca en pro del bien común. Se introducen conceptos que es recomendable tener en cuenta, como la autonomía en las herramientas y los medios, las libertades básicas del software libre como fuente de inspiración, y la cultura abierta como una manera de favorecer el desarrollo de la sociedad y el de la propia ciudad en que habita.

El núcleo principal de la charla se dedica a hablar de tres aspectos fundamentales del desarrollo urbano y social en red: el conocimiento del entorno, la colaboración, y el conocimiento compartido. Cada uno de ellos se comentará desde una perspectiva cercana al ciudadano de a pie, proponiendo herramientas, metodologías o medios que pudieran ser útiles de forma directa, tratando siempre de equilibrar los recursos digitales con los físicos para mostrar que su combinación permite salvar barreras culturales, de edad o educación, como la brecha digital, el idioma, etc.

El objetivo es principalmente atraer la curiosidad hacia otra forma de entender la organización de iniciativas de todo tipo -sociales, culturales, económicas, legales o técnicas- en el entorno urbano, y proporcionar algunas pistas, algunas herramientas, algunos recursos de los que partir para recorrer ese camino colectivamente.

Dudando sobre la manera de contar todo esto, y enlazando con una reciente reflexión sobre “pensar en red”, decidí probar un formato menos habitual, y esto es lo que llevé:

Ver a pantalla completa o clic derecho para descargar.

Es un mapa mental en formato .svg que visualicé directamente en Inkscape (¡a pelo!) pero que ahora he aprovechado para montar con un recorrido animado con Sozi (podéis hacer clic, zoom y arrastrar sobre él). Ante la imposibilidad de abordar todos esos temas, la idea era dejar el “camino” a recorrer un poco abierto, para poder ir enlazando los temas de mayor interés para todos los asistentes.

A la hora de la verdad, no dio tiempo a entrar en detalles (la charla duró poco más de media hora), de modo que la conversación quedó en un plano general y muy falta de ejemplos a los que “agarrarse”. Espero que eso no la hiciera demasiado abstracta. Nota mental, que comparto por si a alguien más le sirve: la próxima vez, intentar aunar ambas cosas, contando cada concepto general con un ejemplo, aunque sea a toda velocidad.

El vértigo no es el miedo a caer, sino el deseo de saltar

Tras años sufriendo de vértigo y entendiéndolo como un miedo incontrolable, escuchar esa frase me cambió totalmente la forma de verlo. Puso en palabras una sensación que intuía pero que no había hecho consciente: esa atracción fatal por lanzarse al vacío, ese impulso de saltar (sería tan fácil, tan fácil…) y traspasar ese instante irrevocable en el que sabes que no habría vuelta atrás. Sólo puede entenderlo el que lo ha sentido.

Más tarde descubrí que la frase está inspirada en algo que escribía Milan Kundera en “La insoportable levedad del ser”:

¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

En seguida me encontré pensando en cómo sería, por una vez, permitirme el lujo de ceder a ese impulso, y casi inmediatamente decidí que tenía que averiguarlo por mí mismo. Pues bien, qué mejor manera de hacerlo que a lo grande, poniéndome en un extremo: saltando desde la puerta abierta de un avión a 4000 metros del suelo. Allá que fui.

Os dejo el vídeo que me hicieron, dejando claro que no tuve nada que ver en su grabación, montaje y elección de la música, que no es un fake, y que sí, que el que sale soy yo. Claramente.

¿Y cómo fue? Muy difícil de explicar sin caer en vaguedades. Una salida muy brusca de mi zona de seguridad. Una pérdida instantánea de todas las cosas en las que me apoyo en el día a día. Un vacío mental absoluto. Una especie de asombro vital infinito, como volver a nacer.

Pero explicarlo por escrito requeriría dar muchas vueltas, y no sé si lo tengo tan asimilado todavía. Tengo que concentrarme mucho para evocar las sensaciones, que cambiaban a cada instante. El instante de decidir hacerlo, el instante de reservar el vuelo, el instante de subir a la avioneta, el de abrirse la puerta, el de asomarme al vacío, el de empezar a acelerar en caída libre, el de flotar ingrávido en la enormidad del cielo, el de pender en silencio sobre el paisaje, el de tirar de los mandos del paracaídas y notar la fuerza centrífuga al entrar en barrena, el de poner los pies en el suelo de nuevo… Todos diferentes, desconocidos y únicos. Así que os emplazo a que el que tenga curiosidad, que lo pruebe por sí mismo. Es una experiencia límite que, si no queréis vivir preguntándoos cómo será, merece la pena afrontar al menos una vez en la vida.

Pero la mejor sensación de todas, la que más marca ha dejado en mi vida diaria, es de voluntad y confianza. Me prometí, como único objetivo para 2012, que tomaría la decisión de hacerlo, me dejaría llevar por sus consecuencias y saltaría por encima de mis propios miedos… y he saltado.

Madrid

Madrid

Madrid

1. f. Geom. Aplicado a la superficie peninsular ibérica, dícese del lugar geométrico de todos los puntos interiores más alejados de la línea de cosa.

Pequeñas mejoras en el blog

Minientrada

He añadido un par de mejoras pequeñas pero importantes en cuanto a usabilidad. Ahora la imagen de la cajita a la izquierda se mantiene en su sitio para cualquier tamaño de pantalla y nivel de zoom (¡fiuu!), y además sirve de enlace para ir al inicio, que es algo que varios me veníais sugiriendo y que yo mismo intenté hacer desde el principio.

Por otra parte, he cambiado la imagen de la pestaña que despliega el menú inferior, ya que la flecha anterior se confundía con otra cosa. Alfonso sugería que usara el símbolo “+” pero a mí eso me sugiere la acción “añadir”, así que al final me he decantado por usar tres barras horizontales, de acuerdo con una convención relativamente reciente que va camino de convertirse en estándar. ¿Se entiend mejor ahora que esa pestaña despliega un menú?

Enlazado, transmedia y no lineal… ¿ya sin remedio?

Si mi forma de escribir una entrada es un síntoma de mi forma de pensar, podríamos decir que ahora mismo, a noviembre de 2012, tengo un pensamiento básicamente no lineal, basado en enlaces y con tendencia a lo transmedia. Algo como esto:

Imagen de giulia.forsythe en Flickr - clic para ver original

Me explico. Imaginad que estoy escribiendo un artículo, o una entrada del blog como es el caso. Mi flujo de trabajo es más o menos así:

Empiezo anotando rápidamente las ideas básicas sobre las que quiero escribir. Corto y pego hasta que las tengo en un orden que me gusta. Desarrollo un poco de una y luego otro poco de otra, sin un orden definido. Dejo una frase a medias y salto hacia arriba para anotar una nueva idea. Salgo corriendo a buscar una imagen, ya que de pronto me da la sensación de que necesito verla al lado del texto. Añado la imagen en medio del texto a medio acabar. Releo el texto. Sigo escribiendo por un lugar indeterminado. Me acuerdo de cierto artículo, y marcho a buscarlo. Lo leo, encuentro la parte que me interesa. Ya que estoy, añado un comentario con lo que llevo en mente. Copio el enlace, y vuelvo al editor, donde lo pego, aún sin contexto. Escribo lo que le falta alrededor. Releo el texto a partir de ahí. Vuelvo a mover de sitio otro fragmento. Cambio de formato un párrafo. Cambio tres palabras y una coma de otro. Decido que voy a grabar el propio proceso de escritura de esto, descubro que no tengo un grabador instalado, busco e instalo Eidete, y me pongo a grabar. Sigo escribiendo. Añado una introducción, y salgo disparado a Google a buscar un concepto que no acabo de ver claro. Vuelvo a añadir texto hacia la mitad de un párrafo, desplazando el resto hacia abajo. Salto a buscar otra imagen, la descargo, la edito un poco. Vuelvo al navegador, añado un par de frases más. Inserto la imagen. Busco en la otra pestaña el enlace original. Releo el texto. Cambio una coma. Pongo en cursiva una palabra. Muevo una imagen de sitio. Cambio otras dos palabras. Sigo leyendo. Salvo a buscar otro enlace, y lo añado. Cambio una frase… Y sigo así, sin método, enlazando un pensamiento con otro sin importar con qué medio lo estoy expresando ni qué lugar ocupará en la obra acabada.

Seguro que no soy el único con esa forma de escribir. No lineal, basada en enlaces y transmedia. ¿Os suena? Como la misma Internet. En cierta medida, es razonable: en este entorno, esta forma de trabajar es natural. Mi preocupación viene cuando descubro que he llegado a un punto en el que me cuesta trabajar de otra manera.

Imagen por London Permaculture en Flickr - clic para ver original

Por ejemplo, de forma lineal. Qué lejos quedan los tiempos en los que –en la era pre-digital o en los inicios de ésta– me informaba y buscaba referencias, extraía notas e imágenes, me sentaba delante de una hoja en blanco, ordenaba las ideas en mi cabeza, y las iba poniendo ya ordenadas, una tras otra. Luego, iba añadiendo las imágenes y otro material complementario ya previsto, y si por el camino había cometido errores, lo pasaba todo a limpio.

Ahora tampoco me resulta cómodo trabajar de forma aislada y enfocada. Ni siquiera logro estar mucho rato escribiendo en uno de mis programas preferidos, FocusWriter, que me permite escribir sobre un fondo a mi gusto, sólo las letras en medio de la pantalla, oyendo el sonido de las teclas y nada más. Me funciona –y lo disfruto– a veces, en momentos de “volcado” mental, pero a la mínima que pienso en pulir el texto acabo saltando a otro lado en busca de enlaces, documentos, referencias, imágenes o vídeos que ni siquiera tenía previsto usar. Adiós, minimalismo y concentración. Hola, movimiento y pensamiento inquieto.

Para mí esto es una experiencia clara de que lo que hago, cómo lo hago y con qué lo hago me reprograma el cerebro.  En el mejor de los casos, puede decirse que mi mente se ha adaptado a la perfección al medio en el que se mueve. Pero en un escenario más amplio como es la vida, no tengo claro que me guste esa especialización. Me preocupa estar perdiendo cosas como la capacidad de pensar de forma lineal, necesaria para articular un discurso hablado, para escribir un texto a mano o interpretar una pieza de música. Y si esta tendencia sigue adelante, dentro de unos años puede que sea incapaz de recordar nada que pueda encontrar en Google, o de tener en mente una cita o una tarea que pueda llevar en la agenda, o recordar un número de teléfono que lleve en el móvil… cosas que ya me empiezan a suceder. El propio ejercicio de pensamiento modifica nuestra forma de pensar y el hábito fija esos cambios, y a veces me planteo si quiero aceptar eso sin más o prefiero expandir la mente en otros frentes, buscando la variedad, diversificando ambientes, materiales, formatos, medios, herramientas, compañías, etc.

En fin… Burla burlando, y rozando el exhibicionismo, ahí va el vídeo de parte del making of de este post:

Al hilo de esto cabría comentar cómo, con esta forma no lineal de escribir, la mejor herramienta del mundo es un outliner como el difunto Google Notebook, Scrivener o Workflowy. Pero eso lo dejamos para otro día.

Independencia sí, pero de los bancos: el aval colectivo

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El aval colectivo se perfila como una herramienta más de la soberanía financiera (Imagen: CC Colbrain crowdfunding @Flickr)

El aval colectivo se perfila como una herramienta más de la soberanía financiera (Imagen: CC Colbrain crowdfunding @Flickr)

Artículo de Pau Llop que cuenta la experiencia de Zemos98, quienes recientemente decidieron alejarse de la banca “tradicional” y financiarse a través de la cooperativa de crédito Coop57, para lo cual pidieron y obtuvieron un aval colectivo.

Un interesantísimo paso en la exploración de otros modelos económicos, llevando la idea de crowdfunding a otro nivel. ¡Recomendado!

Independencia sí, pero de los bancos: el aval colectivo

Ya está aquí, ya llegó: La Cajita 3.0

Hace casi un año desde que anuncié reformas en La Cajita, y mucho más desde que decidí emprenderlas. De hecho, se ha retrasado tanto que me descubrí pensando ya en la versión 4.0, y ahí es donde me di cuenta de que tenía que sacarla YA, estuviese como estuviese. De modo que, tras día y medio de encierro, por fin está online la versón 3.0.

Presentando La Cajita III

Como veis, es un poco excéntrica. Incorpora la mayoría de las mejoras que me propuse: que fuera una tarjeta de presentación única, integral pero con canales claramente separados, que tuviera un formato para cada tipo de post y me permitiera usarla para posts más ligeros o incluso microblogging, y que proporcionara una experiencia de lectura completamente limpia. El menú inferior (que no usa Flash, lo prometo) empaqueta ahora todas las funciones de navegación e información complementaria y se puede replegar hasta casi hacerlo desaparecer. ¿He logrado todo eso sin cargarme la identidad de la página? A ver qué os parece a vosotros.

Una sola cosa quedó por el camino: la idea de poner los comentarios a la derecha de cada post. Me encantaba la idea, pero salieron bastantes dudas razonables en cuanto a uso y comprensión, y al final desistí de liarla tanto. Y eso que había logrado programarla, de lo cual estoy bastante orgulloso porque fue un reto a mis conocimientos de WordPress. Quizás en otro momento.

Y ahora, antes de que me deis caña: sí, está sin acabar, sí, no funciona ningún enlace del menú, sí, etc. Esto se debe a que tengo que cambiar toda la estructura de la web, la organización por etiquetas, los tipos de post y demás antes de que la cosa funcione completamente. También le quedan cosas raras por revisar al diseño, pero francamente, si no lo sacaba ahora, no lo sacaba nunca. Bastante he ignorado ya el principio del software libre “resease early, release often” que tanto me gusta. Ale.

La gestión económica, el gran reto de las redes de trabajo

Sesión nómada de eGruyère, red de trabajo

Ya lo he vivido varias veces. Estar semanas o meses trabajando con otros en perfecta armonía, y que entre el dinero en juego: porque un encargo se acaba y hay que cobrarlo, porque se ganó un concurso y hay que recibir el premio… De pronto, lo que minutos antes era todo confianza, ganas de aportar y buen ambiente, se ve invadido por oleadas inesperadas de recelo, desacuerdo y un claro ensombrecimiento del ambiente. Del paradigma de la colaboración y la generosidad se salta de pronto, en un pequeño pero significativo vuelco, al demasiado conocido de la competencia y el egoísmo. No me atrevería a generalizar, pero creo que este es uno de los puntos débiles del trabajo en colectivos o en redes: la gestión económica se complica y se ve desplazada fuera de los principios que envuelven el resto de la actividad, convirtiéndose a la vez en un mal necesario (para el grupo) y un bien codiciado (para el individuo). Al menos esa es mi experiencia; si hay alguien que esté trabajando de una manera “distinta” y haya logrado salvar este asunto, por favor que me lo diga y quedamos para hablar y arrancarle el secreto entre cañas.

Pues bien: hace poco, en eGruyère, finalizamos un taller relacionado con un proyecto común a varios miembros de la red, y nos pusimos a la –supuestamente grata– tarea de cobrarlo y repartir los beneficios. Rápidamente se abrieron varios frentes de resolución poco clara:

  • No participaban sólo las personas habituales de la red, sino también algunas de más allá, haciendo evidente la dificultad de marcar límites y planteando un conflicto de gestión de medios, recursos, permisos de acceso y transparencia variable en la información. Esto, que se puede resolver de varias formas cuando hay un “dentro” y un “fuera” claros como en empresas y colectivos, es un tema crucial en redes de trabajo informes y extensibles. Pero esto merece un post, o varios, aparte.
  • El segundo asunto a resolver fue el de la legalidad. Dado que eGruyère no tiene forma legal reconocible –de todas maneras no hay una forma legal en España para una “red distribuida y abierta de trabajo colaborativo”– ni por supuesto una forma de gestión económica/fiscal en correspondencia, esto se liquidó asumiendo la gestión de todo a través de una sola de las partes implicadas, una empresa o un autónomo dados de alta y reconocidos legalmente. Un parche delicado y en parte alegal sobre el que tendremos que volver en otro momento y otro post.
  • El tercero, el del reparto en sí de los ingresos. Con el problema añadido de no haber dejado del todo claras –y bien escritas– las condiciones de colaboración desde el principio, llegamos al punto de no retorno en el que el dinero estaba al llegar y teníamos que decidir cómo distribuirlo. Este último punto me gustaría comentarlo un poco más aquí.

En el caso que comento, el tema se saldó sin pena ni gloria, con el sencillo –y casi siempre injusto– principio del reparto igualitario: el total neto se divide entre los que somos, y tocamos a lo que tocamos. Una solución típica, que resulta ser ideal… para dejar a la gente con la boca cerrada pero no del todo satisfecha. La incomodidad que supuso esa parte del proceso en el grupo nos hizo plantearnos este tema como un asunto fundamental a resolver para el futuro.

¿Cómo distribuir los ingresos en un grupo de gente diferente, que ha trabajado de forma distinta? Si lo intentamos hacer proporcional al trabajo y a los méritos, ¿cómo evaluamos ambos? ¿Llevamos la cuenta de las horas dedicadas? Y para hacer ello, ¿confiamos en que cada uno lo haga bien, o ponemos algún tipo de control? ¿Cómo incorporamos el resto de aportaciones menos mensurables, como la calidad del trabajo, el conocimiento aportado, el compromiso, etc.? Se nos abrió un campo de trabajo interesantísimo que no sabíamos muy bien cómo abordar, lleno de soluciones ya probadas pero no demasiado satisfactorias.

Esbozando la complejidad estructural de una red de trabajo

En ese momento, una de las claves del asunto apareció como por casualidad: uno de los compañeros comentó que debido a su baja participación prefería renunciar a su parte. Fue un momento sorprendente, ya que por lo general el reparto del dinero parte de la base de que todos buscan llevarse la mayor parte posible, principio que se desmontó de forma instantánea. La respuesta que se le dio en aquel momento fue más espontánea que meditada, pero aportó el ingrediente que faltaba:

“Acepta lo que te toca, y si crees que es demasiado, nos invitas al resto a unas cañas, lo reinviertes en algo común, se lo das a una persona que pienses que se ha quedado corta en su reconocimiento por el trabajo que hizo, o lo donas a algún proyecto que intente hacer de este mundo un lugar mejor. Lo que se te ocurra y te apetezca.”

Esta conversación abrió de pronto un frente inesperado: descubrimos que podíamos afrontar este proceso de distribución desde la generosidad

En eGruyère mantenemos desde entonces un hilo de reflexión al respecto, un debate interno –bastante tenue, eso sí– que nos encantaría compartir con otros colectivos, redes, plataformas y estructuras de trabajo similares, que requieren nuevos modelos económicos en resonancia con los principios que hay detrás: colaboración, empatía, flexibilidad, descentralización, transparencia…

Valga esta entrada para lanzar el debate a la red, y en breve publicaré un par de experiencias-hallazgo que, si no son soluciones maravillosas y definitivas, sí que señalan caminos que merece la pena recorrer.

Update: Si quieres participar en una charla sobre este tema, se está organizando aquí.

Del hackerspace a tu garaje: descargando hardware DIY desde la web

Enlace

From Hackerspace To Your Garage: Downloading DIY Hardware Over the Web

From Hackerspace To Your Garage: Downloading DIY Hardware Over the Web

Interesante reflexión sobre los gestores de paquetes aplicados a la distribución de modelos para la fabricación digital. Algo que podría ser también interesante para aplicar el modelo open source a la arquitectura. ¿Puede un sistema de distribución de “paquetes” facilitar y hacer operativa la distribución libre de proyectos? ¿Cómo sería ese gestor, y esos paquetes?

Arquitectos, publicaciones digitales y redes sociales

Hace unos meses me contactaron Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó para participar en una serie de entradas que están realizando en su blog, en las que entrevistan a arquitectos acerca de su relación con la web y las redes sociales. Fue un entretenido ejercicio de reflexión, del que reproduzco a continuación la parte que me atañe.

Entrevista en el blog de Stepien y Barno

 

1. ¿Podrías resumir cómo es tu presencia general en Internet?

Personal, con tendencia a evitar identidades abstractas o simbólicas. Polifacética, huyendo cada vez más de perfiles demasiado especializados que, por otra parte, no lograría mantener por mucho tiempo. Bastante poco instrumentalizada en general, mi presencia en Internet es una parte de mi presencia en este mundo e intento vivirla y disfrutarla como tal, sin condicionarla a la obtención de unos resultados. Y últimamente, también bastante crítica, me interesan cada vez más temas como la autonomía digital, y comienzo a tomar muchas decisiones en ese ámbito desde un punto de vista ético que no me había planteado antes. Por otro lado, es algo en constante evolución, siempre en construcción, así que todo lo que comento aquí no es más que una instantánea a día de hoy.

2. Si tienes web ¿Cuáles serían sus principales características?

La-cajita.es es igual que lo demás: Personal, poco instrumentalizada y polifacética. No tiene un tema ni un ritmo concreto en los contenidos, que varían desde lo técnico a lo personal, de lo profesional a lo amateur. Es sencilla, diseñada y construida con más cariño que conocimientos técnicos, y tiene un aire un poco a medio camino entre elegante y simpático. Hasta hace poco, la web y el blog siempre han sido una misma cosa, y no descarto que vuelvan a serlo.
Por otro lado tengo sociarq.net, una web que comencé para ir anotando mis reflexiones en el campo de la arquitectura abierta, y donde la taxonomía de etiquetas y la propia estructura de la web están pensadas para dar una definición global y acumulativa de ese concepto. Últimamente estoy pensando en fundir ambos blogs, pero no es fácil.

3. En el caso de tener blog podrías contarnos lo más destacado él.

El blog siempre ha sido un poco como mi tarjeta de presentación. Lo más destacado es que representa bastante bien mi forma de ser, de pensar y de actuar; digamos que se parece un poco a mí. Es una completa ensalada, casi el único sitio donde cualquier otra persona puede ver mi vida, desde mi punto de vista: todo junto y a la vez. Algo que es también su mayor debilidad, ya que por lo general se entienden mucho mejor los blogs temáticos.

4. Te animarías a hablarnos sobre tu presencia en las redes sociales (en cuáles estás, que es lo que haces en ellas…)

Facebook: La uso porque es donde está la mayoría de mis contactos personales, permite tener una visión (sesgada, claro) de en qué anda mi entorno personal más cercano. Pero no me aporta mucho más, principalmente porque no he intentado siquiera que lo haga… hasta ahora, que comienzan a aparecerme (sin buscarlos) otros tipos de contactos y eso va a requerir otra manera de usarla.

Twitter: Es la que más uso, la que más me costó entender y también la que más me ha aportado hasta la fecha. El hecho de poder seguir a otros sin requerimiento de reciprocidad la hace perfecta para crear poco a poco una red de contactos a mi gusto. En Twitter, a diferencia de otras redes, puedo crear un “ambiente” específico para entablar conversaciones (no tanto para mantenerlas) sobre un tema o con un enfoque tan delimitado como yo quiera.

Ambas son “jardines cerrados” y preferiría cambiarlas por otras abiertas como Diaspora o Identi.ca, pero para que me valiera ese cambio, tendría que encontrar también a mi gente en esas otras redes. En esto admito que soy prisionero de la decisión (o la falta de ésta) de la mayoría.

Diaspora: Apenas he comenzado a usarla, pero estoy descubriendo un potencial enorme, algo como la suma en positivo de Facebook y Twitter. El público, todavía bastante geek, y el uso de los #hashtags me están permitiendo entrar en contacto con gente y contenidos muy interesantes a nivel internacional. Es la única red que uso más en inglés que en español.

Estoy en un par de redes sociales más, como Google+ o Linkedin, pero si quiero usarlas para conversar he de estar presente en ellas de verdad, y eso me pone un límite en la cantidad de redes sociales que puedo gestionar en un tiempo razonable, así que algunas quedan, de momento, en segundo plano. Linkedin en concreto apenas la uso como red social, sino como ficha profesional.

5. ¿Cuánto tiempo al día dedicas a mantener a punto las redes sociales y publicaciones digitales?

Si me permitís la distinción, diría que últimamente dedico alrededor de media hora al día a “mantenerlas a punto” (aprender sobre ellas, gestionar contactos, ajustar preferencias o diseño, revisar y adecuar el uso que hago de ellas), y un par de horas a disfrutarlas, a interactuar con otras personas o a desarrollar temas que me interesan a través de ellas. Contando aquí las actividades de producción y creación, las de consumo y las de interacción: desde redactar una entrada para el blog hasta dejar un comentario a un amigo o ver un vídeo interesante que alguien me ha compartido.

6. ¿Consideras que tu visibilidad dentro del entorno digital es suficiente?

Sí. A veces me dejo arrastrar por la fantasía común de “engordar los números”, pero a la hora de la verdad prefiero usar las redes para conversar, no para difundir. Y hay un límite en la cantidad de conversaciones valiosas que puedes mantener, de modo que prefiero tener cerca interlocutores interesantes a multiplicar el número de receptores o seguidores. La visibilidad que necesito, y la que tengo, es la justa para llegar a esos interlocutores y mantener conversaciones de calidad, y crecerá de forma natural conforme yo lo necesite o mi entorno lo provoque.

7. ¿Tienes algún tipo de estrategia a la hora de constituir tu Identidad Digital?

Tener una estrategia en un medio tan cambiante me parece complicado y excesivamente instrumentalizador para mi forma de moverme en él, pero he ido encontrando una serie de criterios personales que me permiten tomar decisiones en ese ámbito. Por ejemplo, conversar y convivir más que difundir. Tratar de persona a persona. Intentar que sea completa, que no se disocie en muchas identidades diferentes. Tratar de que mi identidad digital y mi identidad presencial se lleven bien, sin quitarse importancia o tiempo la una a la otra, y sobre todo que ambas compartan y reflejen la misma forma de ser y los mismos principios de comportamiento y actitud que quiero para mi persona y mi vida.

8. ¿Qué beneficios, a nivel laboral (colaboraciones, encargos…), has obtenido gracias a tu presencia en la red?

En eso, la red digital (Internet) se solapa mucho con la red presencial, las personas presentes en ambas tienden a ser las mismas y su potencial como red es similar: el contacto persona a persona, y las interacciones y conversaciones que surgen de éste. Son éstas las que llevan a encuentros, a colaboraciones, a construir proyectos comunes que eventualmente entran a formar parte de mi actividad profesional. Las personas con las que trabajo y colaboro hoy día forman parte activa de mi red, y viceversa: los trabajos y colaboraciones que llevo entre manos proceden de esa red. Internet sólo aporta algunas oportunidades específicas en términos de comunicación a distancia y en diferido, y en la facilidad que nos da para agruparnos por intereses o proyectos comunes. Casi todas las oportunidades que surgen son de colaboración y emprendimiento, rara vez de encargo o “fichaje” pasivo por terceros. Esto es algo que parece que nos pasa a casi todos.

9. ¿Hay algo concreto que te gustaría mejorar en relación al tema de tu reputación digital?

Intento pensar en la reputación como algo que obtengo como resultado de mis actos, no algo que pueda buscar o manipular. Me parece más sano verlo así. Pero sí tengo algunas inquietudes relacionadas: me gustaría que mi identidad digital tendiera a ser única, íntegra, y me permitiera presentarme como persona completa, con todas mis facetas, de modo que la reputación que pudiera construirse a partir de ello lo hiciera teniendo en cuenta todas ellas. Que fuera el contexto, el exterior, el que seleccionara la parte de mí que le interesa, sin dejar de ver o valorar las otras. Es algo que no he logrado aún y ni siquiera sé si es del todo posible todavía, es un desafío incluso en la vida real: tendemos a seleccionar qué faceta mostramos en cada entorno… y pocos entornos están preparados para admitir múltiples aspectos de la personalidad.

Podéis ver la entrevista original, con las respuestas de los otros dos entrevistados, y todas las demás entrevistas de la serie.

Cita

Si quieres llegar rápido, vete solo; si quieres llegar lejos, vete con otros. Proverbio africano.

Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios

Soy arquitecto —lo confieso—, pero como a tantas otras personas me ha tocado vivir en sitios creados, no según principios arquitectónicos, sino por requerimientos inmobiliarios, que por desgracia son muy diferentes. En cualquier caso, lo que hoy me gustaría contar es algo que he vivido como habitante, como usuario, como vecino, como visitante, en el día a día de mi ciudad, y con lo que cualquiera podría sentirse identificado.

¿Os habéis encontrado alguna vez con alguien en el ascensor? Seguro que sí. Aunque a veces me da la sensación de que los ascensores modernos están diseñados para evitarlo, muchas veces ocurre. Y seguro que os sonará esta conversación, palabra arriba, palabra abajo:

Conversación típica

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué somos tan escuetos en esos encuentros? Yo le he dado algunas vueltas —especialmente entre las plantas segunda y quinta—, y entre muchas posibles razones como podría ser sentir antipatía hacia ese vecino, ser tímido, no estar de humor, etc. he acabado descubriendo una muy sencilla: porque en un ascensor es prácticamente imposible mantener una conversación.

Lo he intentado varias veces, y siempre acabamos igual: uno de los dos interlocutores ya de pie en su pasillo, cargado con las bolsas de la compra, y el otro dentro del ascensor, con el dedo puesto en el botón que impide que las puertas se cierren y corten alguna frase en dos como una guillotina; ambos intentando alargar un momento fugaz de encuentro. Se me ocurren muchas situaciones en las que me apetecería conversar, pero casi todas tienen una luz más bonita, un espacio más acogedor, una postura más cómoda y algo más de tiempo por delante.

Como consecuencia inevitable de esta dificultad, llegamos a evitar encontrarnos con otra gente en el ascensor, condenados a una presencia y un silencio forzados. La mayoría de las veces sólo los niños, directos a lo que les interesa sin convenciones y cortesías de por medio, son capaces de comenzar y acabar una micro-conversación de ascensor, con una observación o una pregunta directa, y aún así tampoco es un lugar en el que quieran estar.

¡Que alguien diga algo!

Basta un breve paseo por redes sociales como Facebook para ver el sintomático —e hilarante— imaginario colectivo que hay alrededor de todo esto:

Mirar los botones del ascensor cuando subo con alguien desconocido | Rogarle al ascensor que cierre sus puertas antes de que llegue la vecina | No sé qué hacer cuando subo o bajo en ascensor con un desconocido | Yo también cuando estoy en un ascensor y sube gente me quedo mirando el piso | Por esos momentos de silencio en el ascensor con los vecinos | …

Y es que un ascensor es uno de los no-lugares más conseguidos que existen. Es casi imposible lugarizarlo, hasta el punto de llegar a convertirse por ello en un reto, objeto de las fantasías más íntimas. El tiempo compartido en ese reducido espacio es mínimo, apenas da para cruzar tres o cuatro frases. La presencia física es forzosamente cercana, nada natural. Incluso la orientación espacial se anula, dificultando la percepción de la velocidad, la dirección, la ubicación y la orientación. Recuerdo lo incomprensible que le parecía a mi abuelo que la casa de mis tíos diera a la misma calle por la que él había entrado. El ascensor le convertía el edificio en un auténtico Escher.

Pues bien, gran parte de lo dicho sobre los ascensores también se podría decir del resto de espacios comunes en la mayoría de los vecindarios urbanos que conozco. Entre la vastedad impersonal de la ciudad y la intimidad de la vivienda faltan espacios de relación intermedios que pudieran ser casi tan variados como la primera y casi tan cómodos como la segunda. Todo lo que hay es un sistema de espacios dedicados al transporte y la clasificación alfanumérica de personas y objetos, sin ninguna otra función posible. En ese aspecto, el recorrido de acceso desde la calle a un apartamento no se diferencia en nada de, digamos, los túneles de la M-30, y las políticas de desarrollo urbano actuales nos están llevando cada vez más a la ciudad de paso, la ciudad archivador, la ciudad ascensor: una ciudad sin resquicios donde la vida social pueda ocurrir.

Esquema de un ascensor

Cuando alguien a mi lado saca a colación el clásico debate sobre si la arquitectura puede o no mejorar la sociedad y la vida de las personas, suele venirme a la cabeza todo esto: parece que, por lo menos, puede empeorarla. Eliminando espacios de actividad, limitando las oportunidades de encuentro, clasificando actividades en compartimentos estancos y excluyendo el lado social de las personas.

A veces, al hablar de estos temas, algunos me han planteado ciertas dudas dignas de atención: ¿Y si la arquitectura y el urbanismo “inmobiliarizados”, hechos por pura ley de mercado, responden realmente a una demanda? Si se hacen de esa manera, ¿será por alguna otra razón más allá de optimizar el espacio para aumentar el rendimiento económico? ¿Y si resulta que la gente quiere vivir así? Llegar a su casa por un pasadizo secreto, reducir al máximo el camino desde el coche hasta el recibidor, no ver ni oír jamás al vecino, ocultar todas sus actividades al resto…

Hay al menos dos cosas que me hacen pensar que no es así, al menos no como para justificar la forma tan masiva en que se han extendido los edificios-archivador:

Por un lado —y esto daría para un artículo aparte— hay que tener en cuenta que la calidad de la arquitectura y el urbanismo no se puede relacionar tan directamente con la respuesta del mercado. La arquitectura no es un bien de consumo opcional —si no te gusta o no te lo puedes permitir, no lo compras— sino que responde a varias motivaciones que podríamos situar a distintos niveles de profundidad en modelos como la pirámide de Maslow. La necesidad, incondicional y previa a muchas otras, de tener una vivienda influye mucho más que otros factores como el precio o la calidad, así que el hecho de que la gente las acepte tal y como se diseñan y construyen hoy día no es un indicador nada fiable de su calidad.

Por otro lado, tampoco me creo que la gente quiera vivir así, al menos no exclusivamente y por “imperativo arquitectónico”. En nuestra vida diaria podemos observar que vivimos en un pulso perpetuo entre las necesidades de intimidad y reconocimiento, de retiro y convivencia, de autonomía y relación, y otras muchas. Un pulso que si se desequilibra, puede provocar anomalías de comportamiento. Por ejemplo, la curiosidad hacia la vida de los demás es algo que está en la naturaleza humana, nos permite identificarnos con otros, establecer lazos, aprender conductas y transmitir conocimientos, en definitiva formar una sociedad y una cultura con los demás. Todos somos un poco voyeurs —de ahí el éxito de la prensa rosa—, y si se nos permite serlo de forma natural, rara vez llegaremos a rozar lo enfermizo. De la misma manera, todos somos también un poco exhibicionistas, un poco juerguistas, un poco entrometidos… en suma y por así decirlo, bastante gregarios.

No podemos evitarlo. Conquistamos nuestros pasillos con alfombrillas de diseños varios, colgamos elementos decorativos en las puertas, colocamos plantas que luego cuidamos con esmero, e incluso sacamos pequeños muebles auxiliares, fragmentos domésticos que pugnan por salir al espacio común y acaban casi siempre convirtiéndose en la única señal de vida humana entre el número del portal y la letra de la puerta.

Alfombrilla como toque personal

Otro pequeño ejemplo: En el edificio donde vivo, como en muchos otros, las plazas de garaje tienen trasteros detrás. Todos sabemos cómo es un garaje subterráneo comunitario: es un espacio oscuro, crudo, frío, absolutamente inhóspito. Otro no-lugar de manual, en el que parece que nada bueno podría suceder. Pero sucede. Una tarde, estando en mi trastero —acondicionado como taller casero de bicicletas, chapuzas caseras y maquetas—, oigo el sonido de una radio, y al asomarme al garaje me encuentro que hay dos trasteros más abiertos, arrojando franjas de luz cálida sobre los coches. En cada uno se adivina un pequeño paraíso personal de bricoleur, o de coleccionista, o de aficionado al modelismo. De uno de ellos sale el sonido de la radio, del otro, el de una sierra de calar. Un vecino sale y entra llevando piezas de madera que va cortando. Al rato, el otro aparece en la puerta preguntando por ciertos tornillos que le faltan. Y cuando nos damos cuenta, nos encontramos sumidos en la magia social que nace de las actividades, los intereses y los espacios compartidos.

¿Por qué no hay un lugar para todo eso en nuestras ciudades y edificios? ¿Y qué lugar sería ese?

Esa pregunta tendríamos que respondérnosla todos, arquitectos o no. Para mí, sería un lugar intermedio, un resquicio habitable entre lo privado de la vivienda y lo público de la calle. Un lugar donde pudiéramos sacar aquello que quisiéramos exhibir, o realizar las actividades en las que no nos importara ser observados y encontrarnos voluntariamente con otros… o no. Si lográramos salvar los primeros miedos y prejuicios que tenemos tras largos años de vecindad constreñida, parca y enrarecida, si pudiéramos salir del círculo vicioso de desconocimiento y recelo, si nos reeducáramos poco a poco en nuevas maneras de respetar y aprovechar lo colectivo…

… ¿qué podría pasar si parte del espacio de cada propietario estuviera en el espacio común, y tuviera derecho a personalizarlo y ocuparlo? ¿Si en cada acceso o planta hubiera espacio, ventilación, buena temperatura y luz? ¿Qué podría suceder si los ascensores fueran transparentes, y permitieran ver esos espacios comunes previos a cada vivienda? ¿Y si fueran mucho más lentos y tuvieran pantallas, tablones de anuncios, o pequeñas bibliotecas? ¿O si tuvieran un control manual de velocidad, pudiendo pararse a cualquier altura y volver atrás? ¿Qué podría ocurrir si los trasteros-talleres dieran a esos espacios, o al patio común, o a la piscina?

A la vez, añadiendo una dimensión más contemporánea, podríamos hablar de la creación de otro lugar intermedio entre lo privado de nuestro ordenador o nuestro móvil, y lo público de Internet. Otra nueva clase de espacio compartido que funcionaría en paralelo —pero siempre en relación cercana— con el espacio físico y en el que, salvando incluso las actuales barreras arquitectónicas en las que nos hemos encerrado, el concepto de vecindad pudiera comenzar  a revivir y florecer… Pero eso mejor lo dejamos para otro artículo.

Texto e ilustraciones realizados para Ecosistema Urbano (@ecosistema). Publicado originalmente en La Ciudad Viva.

Cita

Crear el mundo que queremos es una forma más sutil y poderosa de actuar, que intentar destruir el mundo que no queremos.

Marianne Williamson