El templo de la buena vida

Imagino que cada arquitecto tiene una fantasía. La mía siempre ha sido construir un templo. Me daba igual de qué tipo, todos me atraían, aunque ni yo mismo alcanzara a saber por qué. Me pasé años fantaseando con la idea, y cuando por fin tuve la oportunidad de participar en la construcción de uno, no me di cuenta hasta años después de haberlo terminado.


Hace un par de semanas tuve la oportunidad imprevista de vivir unas horas preciosas. Durante una breve visita a Alicante me enteré en el último momento de que la finca Cel i Sòl celebraba su día de puertas abiertas, y cambié el billete de vuelta para poder estar aunque fuera un rato. Esta finca de agricultura biodinámica la llevan Isa y Dani, un par de valientes generosos que tras estudiar en Holanda decidieron apostar por la abandonada huerta de Mutxamel. Y es también la finca donde Dani y yo diseñamos y construimos, él como ingeniero agrónomo y yo como arquitecto, nuestro primer edificio: una nave de madera y caña para guardar los aperos de la huerta.

Como cualquier obra, la nave tiene una historia bonita y llena de astillas, planificada e improvisada, burocrática e ilusionante, y con tantos aciertos como despistes. Es una historia que debería contar otro día, con todos sus detalles arquitectónicos. Para lo que nos ocupa, basta con decir que la diseñamos, la construimos con todas las de la ley (que no es poco), estuvo casi cuatro años funcionando, y sólo cedió ante el último temporal de viento de este invierno pasado. Cedió solamente un poco, lo justo para que la lona de la cubierta saltara por los aires y hubiera que repensarla y cambiarla.

Ese día del que hablo era la primera vez que la veía en directo tras la reparación que había seguido a distancia, y me encantó reconocer uno de esos casos donde el desastre fortuito lleva a algo mejor… y además, siendo un poco más prosaico, varias veces más barato que lo anterior.

Ver la estructura de nuevo arreglada fue una alegría, claro. Entrar en el espacio delimitado por el pórtico y la bóveda, y oír la lluvia sobre ella, y luego ver brillar el sol a través del entramado, que antes era opaco. Placeres así. Seguro que cualquier arquitecto que haya visto una obra “suya” construida entiende lo que digo.

El almacén convertido en sala de conferencias

Pero verla llena de vida fue aún más emocionante. Y oír a una de las primeras personas que habló referirse a ese lugar, a toda la huerta, como un templo, fue revelador. ¡Un templo, claro que sí! Un templo laico y a la vez lleno de vida espiritual; de creatividad, trabajo duro y amor por el mundo. Un templo hecho de acero embarrado y energías vitales misteriosas, de agua y alegría entrando en la tierra seca, de concienzuda intervención humana e imparables leyes naturales.

El goteo y la flor del alficoz.

Pero sobre todo de personas: de personas que entienden la tierra y la cuidan, de personas que entienden a esas personas y las apoyan, de personas de todas las edades encontrándose, disfrutando, mirando, escuchando, saboreando, tocando, oliendo.

Un templo que ese día se volvió a consagrar como un espacio de pacto entre naturaleza y humanidad, a base de mordiscos de verdura cruda, de charlas formativas y de paseos entre los bancales.

Mercado a pie de huerta

Fueron unas horas preciosas, de valor personal incalculable aunque, obviando los encuentros y las demás sensaciones, sólo fuera por poder sentirme parte de todo aquello. Aunque fuera por vislumbrar que, a pesar de la distancia, de no haber podido participar mucho con mis propias manos y de las cosas que me quedé con ganas de hacer, había ahí un espacio en el que como arquitecto había podido aportar algo. Y no desde el control, el ego y las manías de la (reveladoramente llamada) disciplina arquitectónica, sino en un entorno de auténtica autoría compartida, de aportar lo que uno puede, de dejar hacer en todo lo demás, de confiar en el otro y de dejar que la vida siga su curso apropiándose de lo construido.


Ahora, además, empiezo a entender por qué me atraían los templos. Quizás porque son la oportunidad y el desafío de unir lo material y lo espiritual, de reconocer el valor de lo más vulgar y construir con ello un espacio para lo maravilloso. Porque conectan lo más obvio y tangible con ese lugar borroso donde la humanidad se confunde, se revuelve y se busca a sí misma.

Un pensamiento en “El templo de la buena vida

  1. Qué bonito lo has explicado.
    Ya tengo ganas de ver la nave/templo en directo para disfrutar de la luz colándose entre las cañas. :)

¿Qué me dices?