Cuentacuentos Cinco: La puerta número cien

Da igual con qué frase comience un relato. Al menos eso nos parece cuando miramos atrás desde el punto y final, y vemos todo el camino recorrido. Esta historia es la de uno de esos caminos, un camino pavimentado con letras, un viaje de frase en frase en busca de lo que hay detrás del lenguaje. Es la historia del viaje de Nina.

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Nina nació con un libro y un lápiz en la mano, pero en su cabecita rizada alguien dejó algo por poner.

El primer día que leyó una página entera fue el primero que intentó escribir una igual. Y decir esto no es muy exagerado. Asistía a las clases de lengua con una fruición devoradora que asombraba y encantaba por igual a sus maestros. Sus redacciones eran perfectas, usaba puntos y comas con la misma precisión con la que un relojero engrana muelles y ruedecitas dentadas. La escritura era, en fin, su medio natural, como natural es el agua para el pez o la tierra para la lombriz.

Pero había algo que nadie sabía: Nina, en sus once años de vida, no había sido capaz de escribir un solo cuento. Nadie la había visto luchar en silencio con una hoja en blanco, bajo la velada luz de la lamparita, cuando la creían dormida. Nadie sabía que las frases se volvían toscas e indóciles bajo la vacilante presión del lápiz. Que caían con perfecta gramática en el papel, pero no había forma de ordenarlas. Que se enganchaban tanto que no podía separarlas, o se soltaban al mínimo descuido.

Y es que Nina no sabía, aunque es algo que todo niño sabe, que para contar algo hay que tener algo que contar. Nina conocía las palabras, pero no las historias que debían vivir detrás. Y noche tras noche, las hojas en blanco y las hojas emborronadas con frases se volvían iguales en la oscuridad del cajón, bajo la ropa, y se hacían insoportables.

Entonces, la tarde en que cumplió doce años, el viejo apareció. No, no hubo chispas ni destellos. Simplemente abrió la puerta del dormitorio, entró caminando despacito, y se sentó en la cama junto a ella. Nina nunca me ha sabido explicar por qué no se sorprendió. Simplemente, me cuenta, se quedó mirándolo en silencio con los ojos muy abiertos, y sonrió tímidamente cuando él lo hizo.

– Nina, Nina… ¿Qué estás haciendo? – preguntó el anciano, mirando las cuartillas un poco arrugadas que ella sostenía en la mano.

Pero la curiosidad de los niños es imperativa, inaplazable.

– ¿Quién eres?

El viejo alzó las manos, como en un vago gesto de paz, y contestó con amabilidad:

– Allí de donde vengo me llaman Märchenerzähler.

– ¿Marj… Merjer… erseler?

– Oh, no te preocupes -la interrumpió sonriendo-. En tu lengua significa Cuentacuentos. Puedes llamarme así si quieres… Tienes que saber que sólo los escritores de verdad pueden pronunciar mi nombre. Y tú quieres ser escritora, ¿verdad, pequeña? Lo intentas, al menos.

Nina permaneció callada, un poco sobrecogida.

– Escritores… – continuó él, y su sonrisa se suavizó en una mueca melancólica-. ¿A cuántos de ellos he conocido? Recuerdo como si fuera ayer a Jakob y a Wilhelm Grimm suplicándome una y otra y otra vez que les contara un cuento. Eran un poco inquietos, algo pesados si me permites, pero unos niños encantadores, como tú. Y cuando se hicieron mayores, siguieron buscando historias que contar. O el pequeño Michael, el hijo del señor Ende… y tantos niños que luego fueron escritores y siguieron difundiendo mil y una… Pero volvamos a ti. ¿Quieres escribir cuentos?

Nina bajó la mirada a sus cuartillas, un poco avergonzada. No podía decirle al viejo que sí, porque la creería igual a aquellos niños maravillosos a los que ella misma había leído con tanto entusiasmo. Y ella no era como ellos. Ella no era escritora, ella no podía contar cuentos.

El viejo pareció entender el silencio, y siguió como si no hubiera hecho la pregunta.

– Escucha… Antes de contar un cuento, tienes que haberlo encontrado. Los cuentos sin contar están por todas partes, pero hay que saberlos buscar: mientras nadie los cuenta, están guardados tras una puerta cualquiera, y nadie puede verlos. Tú tampoco, Nina. Te he visto luchar cada noche, y sé que has encontrado todas las puertas cerradas. Por eso he venido a ayudarte. Escucha con atención.

La niña lo miró a los ojos, como magnetizada, y asintió lentamente.

– La puerta detrás de la que se esconde un cuento no se diferencia mucho de las demás. Sólo una cosa la hace distinta, y es que esa puerta se abre con una frase. Cuando un escritor quiere contar un cuento, busca una puerta que le parezca apropiada, y prueba frases hasta que logra abrirla. Tú no has visto aún esas puertas, así que tendrás que comenzar al revés.

– ¿A… al revés?

– Precisamente. Atiende a lo que voy a decirte: a partir de ahora, el martes de cada semana encontrarás una frase nueva. No puedo decirte exactamente dónde, pero estoy seguro de que la reconocerás en cuanto la veas. Cuando encuentres una frase, llévala contigo, y comienza a buscar una puerta en la que puedas usarla. Cuando una frase y una puerta encajan, la puerta se abre y aparece detrás un cuento sin usar. Así podrás por fin escribir.

– Pero…

– Ten confianza, Nina, y verás cómo todo sale bien -sonrió el anciano.

– P… pero…

El viejo había desaparecido. Nina se arrebujó en la cama, y esa noche tardó mucho en dormirse. Miraba con aprensión la puerta del dormitorio, incluso los postigos cerrados de la ventana, como si de un momento a otro fueran a abrirse y a dejar paso a algo desconocido. Amanecía cuando se durmió. El amanecer de un martes.

No puedo contar aquí todas las aventuras de Nina con las puertas, pero os puedo asegurar que fueron muchas. Al principio, cuando encontraba una frase, pasaba unos días llena de ansiedad, probándola en todas las cerraduras que encontraba. Apenas comía, no atendía demasiado en clase y andaba más distraída de lo que sus padres hubieran deseado. A veces tardaba más de una semana y entonces tenía que cargar con dos o más frases. Con el tiempo, llegó a aprender a confiar en la suerte. Tarde o temprano, alguna de sus frases encajaba en una puerta, y Nina descubría un nuevo cuento sin usar.

Nunca pudo olvidar el primer día que logró traspasar uno de esos portales. Había encontrado la primera frase en mitad de una canción de la radio, y cinco días más tarde, al pasar por la puerta de la pescadería, de pronto se encontró al lado de un ángel que lloraba. Aquel fue su primer cuento. Después de aquello, las frases se sucedieron, apareciendo puntualmente en los sitios más extraños, como en un cartel pegado en un costado del tranvía, o en la apretada letra de un manual de instrucciones, en medio de un párrafo hacia el final de una novela y a veces, incluso, en el cuaderno de un compañero. Nina las reconocía cada vez con más facilidad, y las memorizaba rápidamente. También las puertas se volvieron más fáciles de encontrar, y pronto se juntaron un centenar de hojas en el fondo del cajón de la mesilla, bajo la ropa. Un centenar de cuentos.

La conversión de Nina en escritora fue tan suave que ni ella misma se dio cuenta. Y a cada frase, a cada puerta, a cada cuento, su vitalidad crecía, su felicidad se hacía más y más tangible. Siguió escribiendo hasta que un día, de pronto, se detuvo bruscamente ante la oxidada cancela de un parque. Algo extraño estaba sucediendo. Aquella puerta no era como las demás. No era muda ni hermética: habría asegurado que la estaba llamando. Sin tener que pensarlo, de pronto supo con toda certeza que había una historia allí detrás. Sólo hacía falta una frase para abrirla.

Allí mismo, ante la puerta número cien, y a apenas unas semanas de cumplir los catorce, Nina se encontró buscando entre todas las frases que había escrito hasta entonces, y entre muchas aún por escribir, hasta que de pronto, una de ellas encajó en la cerradura, se oyó un suave crujido, y nació un relato auténtico.

Aquella noche, su primer cuento descansó sobre el escritorio.

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Ahora, imaginad a Nina con unos cuantos años más, sentada en una cómoda silla, y tecleando en una pequeña máquina de escribir portátil. Las mejillas redondas de la infancia son ahora parte del afinado rostro de una joven mujer. Las frases torcidas de entonces aparecen ahora perfectamente paralelas, alineadas con rigor, y aún más correctas, incluso, que entonces. Nina alarga el brazo para sacar la hoja terminada, pero su gesto queda detenido en el aire. El papel se inclina delicadamente y cae en la mesa, pero ella ya está sonriendo hacia otra parte. En la puerta, una figura menuda, con una gran sonrisa, la está mirando.

– Hola, Nina.

– Hola, Märchenerzähler.

La mirada del anciano brilla con una alegría apenas contenida.

– Ya sabes decir mi nombre… ¿Qué ha sido de aquella niña tímida que escondía sus cuartillas en el cajón, bajo las camisetas y los calcetines?

Nina le devuelve la sonrisa, y es como si un sol mirase a otro sol.

– Aquella niña tímida salió de viaje y abrió hasta un centenar de portales, con otras tantas frases que tú escondiste. Sólo en el portal número cien dejó de seguirlas, y en el ciento uno aprendió una verdad mucho más grande.

– ¿Y qué aprendió la pequeña Nina? – casi susurra el anciano.

– Que igual que con una simple frase se pueden abrir las puertas de la mente, a veces basta una sola palabra para abrir las del corazón.

Märchenerzähler la mira con extremada atención, con los ojos chispeantes.

– ¿Por ejemplo?

– Gracias.

Dicen que mis cuentos son muy cortos, así que para conmemorar las 100 frases de Cuentacuentos, he tirado el teclado por la ventana y me extendido un poquito más de lo normal…

Un comentario

Carabiru 1 noviembre 2007 Contestar

:O

Qué preciosidad de cuento!!!
Me encanta el enfoque, la idea, el desarrollo!!!

Genial!!

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