Cuentacuentos Diez: Las cinco palabras

Once de la noche en el fondo de un bar vietnamita. Allí donde clarea la espuma que cubre la cerveza, se ve el líquido ambarino temblar a impulsos irregulares, un par de veces por minuto, formando círculos perfectos que se expanden y contraen nerviosamente, solidarizándose con ese cigarrillo mal sujeto por dos dedos temblorosos. Por un momento, su dueño, un europeo moreno y de mirada alerta, deja de pensar en el contenido de su próximo artículo, y se queda mirando ambas cosas.

—¿A nadie se le ha ocurrido preguntarse— se pregunta él—, por qué cuando todo lo demás falla, los vicios siguen estando con nosotros?

En la esquina de la derecha, en la mesita junto a la barra, un niño se revuelve inquieto, sentado medio de lado en la silla, con los pies balanceándose en el vacío y golpeando con infantil insistencia una de las patas. Tomp. Tomp. Tomp. Al ritmo de las ondas de la cerveza.

—Treinta y cinco.

—Treinta y seis.

—Treinta y siete.

El europeo del cigarrillo apoya la espalda en el zócalo de madera oscura que dignifica la pared y dirige la vista —y el tic nervioso del párpado izquierdo— hacia la entrada. Por la puerta entreabierta, a través de la calle, se puede ver la entrada del bar de enfrente. Cerrada a cal y canto, como tantas otras puertas de la ciudad. Hoy el cartel del menú ha permanecido en blanco, como si la gastronomía hiciera un minuto de silencio en homenaje al hambre, esa que, no por difunta sino por demasiado viva, tiene a medio país como de luto.

—Treinta y nueve. Papá, ya no les deben quedar muchas bombas, ¿verdad?

El padre no contesta. Pasea una mirada contrita por el local, como pidiendo disculpas por la improcedente esperanza del hijo. Cuatro miradas, reunidas por el miedo a estar ahí fuera, le devuelven, por turnos, el mismo pensamiento. Pobre inocente.

—Se les estarán acabando…— insiste, convencido, el pobre inocente.

Como bromeando con la idea, las explosiones se alejan hasta que la cerveza y los ánimos comienzan a aquietarse, y entonces vuelven de pronto, dos manzanas más allá, causando movimientos bruscos e inútiles dentro del bar. Y vuelta a empezar.

El niño se ha cansado de contar cuando llevaba cincuenta y siete. Ha dado varias vueltas por el bar, corriendo de nuevo hacia su padre tras algún estallido más fuerte que otros. Se ha puesto de pie (con el izquierdo, luego con el derecho, luego con el izquierdo otra vez) en la silla, obteniendo a cambio una regañina y varias miradas indiferentes. Ha intentado hacer sonar, con relativo éxito, la copa vacía pasando un dedo ensalivado por el borde. Como ya ha hecho todo eso y no se le ocurre nada más, empieza a aburrirse. Pregunta lo mismo una y otra vez. Estira del brazo de su padre. Se sube en sus rodillas. Se baja. Se vuelve a subir.

Tras cruzar su mirada con el agobiado padre, el propietario del bar se agacha tras la barra, y reaparece con una cesta en forma de arcón. Revuelve un poco en ella, como descartando numerosos objetos con las manos, y saca finalmente un libro grueso que ofrece al niño.

—Toma, chaval, para que no te aburras.

El niño, que de pronto ya no se aburre tanto, se esconde detrás de la silla. El padre se levanta y recoge el libro por él. Le da la vuelta en sus manos y contempla la portada polvorienta y medio suelta. Alza una mirada interrogativa y algo sorprendida.

—Sí, es un diccionario. De mi hija. Cuando tengo que traerla al bar y se aburre, lo saco y hacemos juegos con palabras. Es mi humilde aporte como padre. Vamos, déselo al crío— insiste.

El recelo del niño no es extensible al nuevo juguete que le ofrecen esas manos familiares, así que lo toma entre las suyas, y con una última mirada al hombre de la barra, lo abre por una página cualquiera.

El chirrido de unos neumáticos al final de la calle atrae temporalmente la atención de todos en el bar, que se agolpan en la entrada, y cuando pasa la alarma, todos se han olvidado del niño.

El reloj marca las doce menos cinco. Los breves conatos de conversación van quedando atrás, y sobre las mesas planea el silencio discontinuo del bombardeo. (Algunos gritos de vez en cuando, otro ruido de motor, y de nuevo la calma hasta la siguiente explosión.) La desesperación va creciendo a cada salto del segundero, hasta que casi se hace palpable. Parte de la cerveza se ha derramado sobre la mesa, pero a nadie parece importarle, y menos al hombre del cigarrillo, que piensa de nuevo en su trabajo, pese a la catástrofe que lo rodea. Su trabajo es la catástrofe, se repite a sí mismo, y parece ser el único que piensa más allá de la situación.

Finalmente el niño habla, y su clara vocecita pronuncia cinco palabras. Pero no cinco palabras vulgares y corrientes. No dice: quiero que paren las bombas. Ni: Papá, ¿mamá estará en casa? Dice, orgulloso de su esmerada selección:

—Vietnamita. Aporte. Cesta. Numeroso. Gastronomía.

Epílogo


En un polvoriento bar del centro de Sài Gòn, donde la esperanza está tan vacía como el menú, cinco absurdas palabras arrancan una sonrisa, y luego otra, y otra, hasta que todos se encuentran sonriéndose mutuamente mientras el niño, indiferente al cambio que acaba de provocar en el ambiente, se recuesta sobre las tapas del libro, cuidadosamente atrapado entre sus brazos y la mesa.

De pronto, el hombre del cigarrillo descubre tres cosas. Primero, que ser corresponsal de guerra tiene a veces momentos maravillosos. Segundo, que ya tiene tema para ese artículo. Tercero, que la mancha de cerveza sobre la madera ha dejado de vibrar.

Cinco miradas (una de ellas europea y con un tic nervioso, y otra más pequeña y somnolienta que el resto) se alzan, se cruzan esperanzadas y agradecidas con los ojos serenos que asienten detrás de la barra, y se pierden en la noche.

Este relato ha sido publicado siguiendo una propuesta singular de El Cuentacuentos.

15 comentarios

JT 17 diciembre 2007 Contestar

Caaaray, ¡qué largo! Ahora que lo veo…

Carlos 17 diciembre 2007 Contestar

Pues se me ha hecho muy corto!
Bello contraste del niño con el exterior, remanso de vida en medio del fragor del combate. Retrato de un momento, la vida sigue, y menos mal que hay quien para contarlo, puede mas la palabra que la bala.
Y apuntaba mientras iba leyendo ambarino,falla,gastronomía y segundero :)
Un abrazo

Pek 17 diciembre 2007 Contestar

¡Estoy impresionado!

Me ha encantado el relato y el buen uso que has hecho de tus cinco palabras. Enhorabuena :)

мαяια 17 diciembre 2007 Contestar

Jooolin! Y «contrita» y «ambarino», ¿no? Bueno… las otras tres las he acertado ehh! jejeje

Me ha encantado. Pero eso no es novedad…

¿Qué os pasa que esta semana casi todos me metéis a niños dentro de las historias? Así va a ser imposible quedarme con unas pocas y hacer eso de «recomendar». Jo…

Besotes y aplausos a montones!

Jara 17 diciembre 2007 Contestar

Sin palabras me has dejado, y aunque busque en el diccionario no voy a encontrar ninguna que describa esto.

Estamos muy «niños esta semana» es verdad lo que dice María.

En serio, Genial la historia. Es que no te puedo decir más porque no me sale.

muchos besos

Tormenta 18 diciembre 2007 Contestar

estupendamente escrito, una narración muy sosegada y sobria, frases cortas y eficaces.
reconozco que he leído un par de veces el epílogo, para captar la emoción que intentas impregnar al final de la historia… pero lo cierto es que te ha quedado muy muy bien.
un beso.

wannea 19 diciembre 2007 Contestar

Jolín!! pues no habia acertado ninguna!!! jajajaj la verdad es que esta todo muy bien narrado, y bueno, lo que cuenta parece treiste pero en el fondo cuando esta la sonrisa de un niño todo se vuelve un poco menos triste no?

muchos bessos (de niña :) )

Carabiru 19 diciembre 2007 Contestar

Es precioso JT, como siempre, casi resulta una obviedad que lo diga.

Aaaaaaaah la «mano» inocente que las ha sacado, qué buenas palabras para una historia genial… :P

En serio, una idea impresionante, desarrollada de una forma impecable.

JT 19 diciembre 2007 Contestar

Cierto, cierto, faltan los créditos:

Las palabras fueron sacadas de las páginas que me dictó Carabiru ;)

PD: La de «vietnamita» me cayó bastante mal al principio :P

Niobe 19 diciembre 2007 Contestar

Pues tú dices que es largo y a mí se me ha echo muy corto…

Muy hermoso cuento, y como se nota que esta semana muchos de los cuentacuentos han dejado salir a sus niños interiores… jejej…

Besines de todos los sabores y abrazos de todos los colores.

Aaron 19 diciembre 2007 Contestar

Muy buena, de verdad, tremenda. Me encanta la plasticidad de la escena, y me gusta mucho el alegato. Me ha encandilado la inocencia del niño, contando bombas que casi siempre son infinitas. Un 10, de verdad.

Enhorabuena

______________ 21 diciembre 2007 Contestar

Lo mejor que te he leido. Me dejas maravillado. Lo cierto es que captas a la perfección el ambiente de tensión del momento, y le dotas de una ternura inclreible.

Realmente maravilloso.

Un abrazo,

Pedro.

Popi 23 diciembre 2007 Contestar

Encontrar retazos de pura literatura en tu cajita no es novedad, por eso, cuando la abro, siempre sonrío, porque sé que algo bueno me espera.
Un abrazo JT!!
:)

Hellraiser 28 diciembre 2007 Contestar

Menudo trazo que has dejado ahí, clavado en un postigo esperando ser arrancado y leído!

No hubiera encontrado las palabras ni que las hubiese buscado a conciencia, más que nada porque me he quedado embelesado con tu relato; parece extraído de un trozo de capítulo de una novela. Me encanta!

Sigue deleitándonos así, sí!

Jara 15 enero 2008 Contestar

:)
:XXX

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