Cuentacuentos Trece

El sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío. Él, tras mirar por la ventana durante algo más de diez minutos, se dijo que así era mejor. No tenía muy claro qué habría pasado si allá fuera el tiempo hubiera sido cálido, pero intuía que el gélido manto que bloqueaba los coches calle arriba y calle abajo le iba a ser favorable esta vez.

El sonido de unos quedos golpes en la puerta lo separó de la ventana. Ella traía el pelo adornado de copos de nieve casi convertidos en gotas, y los bajos de los pantalones tan empapados como si hubiera tratado de cruzar corriendo un estanque. Se quedó en la puerta sonriendo, sin atreverse a dar un paso hasta que él insistió con un gesto y se ofreció a colgarle el abrigo y el bolso en una percha liberada a tal efecto.

Como él había imaginado, ella miró alrededor de forma disimulada. La cama sin hacer, pero sólo ligeramente arrugada, para evitar que pareciera demasiado preparada pero tampoco diera impresión de desorden. El toque justo de calidez, de confianza, matizado sutilmente por una taza y un par de libros sobre el escritorio, desordenados en el ángulo exacto para que parecieran aún en uso sin dejar por ello de formar un conjunto agradable. La flor fresca en un delgado vaso de cristal, relegada a un rincón alto de la estantería, como un accesorio al que uno mismo no diera demasiada importancia. El plan marchaba sobre ruedas.

Finalmente, ella pareció sentirse cómoda y se acercó a la ventana. De pie, apenas rozando su hombro derecho con el brazo izquierdo de él, se quedó mirando el paisaje espumoso enmarcado en diagonal sobre el parque que se abría dos edificios más arriba. Una vista perfecta, pensó él, que podría haber sido encuadrada por algún gran pintor renacentista. Perfecta, repitió, mientras alternaba la mirada, algo nervioso, entre los cristales y su perfil, una cabeza por debajo del suyo. Ella levantó la mirada y lo sorprendió contemplándola, pero no pareció darle importancia.

– Es un cuadro fantástico. Si hubiera traído el estuche…

Él la miró sonriendo, y soltó satisfecho una frase mil veces imaginada.

– Hay acuarelas y papel para acuarelas en el segundo cajón del escritorio.

Ella se volvió a mirar hacia donde indicaba su brazo.

– ¿Acuarelas…? ¿Desde cuándo pintas tú con acuarelas?

¿Yo? -contestó él con una sonrisa.

Ella lo miró unos momentos sin comprender, y luego esbozó una sonrisa ladeada, como de reproche cariñoso.

– Qué tonto…

Él, sintiéndose como pillado en una travesura, atrapado en una maniobra demasiado evidente, se apoyó con pretendida naturalidad en el marco de la ventana mientras la veía ir hasta el mueble y sacar las hojas, los botecitos con agua y las pastillas de color cuidadosamente preparadas, aún si estrenar, obviamente esperando alguien que les diera uso.

Todo siguió según el plan. El frío paisaje exterior, pasado al papel a una velocidad asombrosa, dio lugar a una serie de paisajes cada vez más recogidos capturados por el pincel bajo la concentrada atención de ella y el inesperado asombro de él. Cuando finalmente el relieve más íntimo hubo sido esbozado los pinceles salieron del papel para juguetear sobre la piel caliente de uno y otro, y luego fueron olvidados sin demasiado cuidado sobre la mesa, junto a los libros, formando, ahora sí, un ángulo espontáneo y completamente vulgar. Finalmente, estando ya tan unidos que de haber comenzado a cantar lo habrían hecho a la vez y con la misma nota, como los dos brazos de un diapasón, ella le dejó su aliento en los labios:

– ¿Tienes… ?

Él la miró unos instantes, su cerebro funcionando lentamente, y apenas pudo evitar una mueca de perplejidad. Se sintió idiota, torpe, miserable y finalmente despreciable, según su pensamiento repasaba el plan, encontraba el error en él, se replanteaba sus objetivos, y se daba finalmente cuenta de lo inadecuado del conjunto.

Porque no, no tenía ni un solo preservativo en ninguno de los rincones de la habitación, y lo más extraño era que todo el objetivo de la bien trazada serie de acontecimientos se desmontaba ahora por sí solo, no por ese estúpido error de previsión, sino por el hecho de que, sencillamente, en ese momento no le importara demasiado haberlo cometido.

Descubrió, sorprendido, que prefería quedarse así, eternamente abrazado a ella, a acabar con la perfectamente planeada serie de excusas para convertir aquello en un vulgar polvo entre otros. La mentira más obvia se convirtió en verdad conforme el aire espirado se hacía sonido:

– No… no había previsto que pasaría… esto.

16 comentarios

Carabiru 18 febrero 2008 Contestar

Puedo decir que es si no el mejor es al menos uno de los mejores que has escrito (y yo he leído, claro)? ¿Puedo?

Es tremendo! Poco a poco tus palabras van dibujando la imagen, igual que sus pinceladas dibujan el paisaje.

Guau!

Me quito el sombrero!

Amanda Pinkleton 18 febrero 2008 Contestar

Jajajaja!! Me ha gustado mucho!!! es como muy tierno y muy gracioso a la vez. Felicidades!

Jara 19 febrero 2008 Contestar

Antes que dijeras lo del cuadro lo estaba viendo como tal. Me decía: «está todo tan sumamente colocado que sería digno de pintar» alguien más pensó como yo.

Me ha encantado en serio. Preciosamente bien escrito. Cada detalle perfectamente bien contado.

saludos

ContradictioN 19 febrero 2008 Contestar

Me ha encantado J… :D
eres tan bueno describiendo, que cualquiera puede imaginar la escena sin problemas… incluso recordar situaciones parecidas ;)

muá!

Klover 19 febrero 2008 Contestar

Me ha sorprendido muy gratamente ^^

No recordaba que tu prosa e ideas fueran tan buenas…una pena no tener tiempo para pasarme por aquí más a menudo, cosa que intentaré de ahora en adelante.

Y muchas gracias por reservarme el número 12 :P Me siento como un apostol o algo XD

Ya me avisarás cuando tengas el relato con la frase ;)

Cuídate

Tormenta 21 febrero 2008 Contestar

muy bueno! :) no hay que preparar tanto las cosas, si están por salir bien, por mucho que metas la pata… saldrán bien ^^
una idea, como mínimo, muy curiosa.

un beso JT

Ameise 25 febrero 2008 Contestar

he pasado por aqui…
just looking for that bright side of life…
(que pena no poder silbar en la red… ¿como suena la musica en binario?)
y me ha encantado.

Anonymous 25 febrero 2008 Contestar

Jorge ya puedes leer el artículo de Loos.

Un fuerte abrazo

http://tumbaymonumento.wikispaces.com/Adolf+Loos

Cuervo 25 febrero 2008 Contestar

tan metículoso, tan calculado, tan milimetrado, y se olvida del detalle más importante. a mi me pasó algo parecido, pero por suerte pude pedirle uno a un amigo.

Aunque la manera de resolver el relato me parece muy tierna. He leido también el de las cinco palabras y también me ha llgado, tal vz por que estudio periodismo. aun así, dos grandes relatos

Carlos 27 febrero 2008 Contestar

Agradezco a Carabiru el recordarlo.Bien llevado,diría que todo parecía estar en su sitio,la lectura iba llevándonos hacia el desenlace ideal cuando la imprevisión nos conduce hacia un gran final,y mejor relato.
Un abrazo

Carabiru 27 febrero 2008 Contestar

Jooooooo JT!!! Nadie se ha dado cuenta de nuestro guiño!!

¿Como ha podido pasar?

JT 27 febrero 2008 Contestar

Somos demasiado sutiles, carabiru :P

Carabiru 29 febrero 2008 Contestar

:P

La próxima vez, menos sutilezas, jejeje.

Es que tu cuento, hace que se olviden del mío, está claro, es eso, :P no soy rival!!!

Cuervo 5 marzo 2008 Contestar

acabo de leer el cuento de carabiru… ventanas, acuarelas… os referíais a eso??

JT 13 marzo 2008 Contestar

Efectivamente, metimos frases e incluso palabras comunes, primero porque se nos ocurrió sin más como juego, y luego para ver si alguien leía los dos y las veía.

«acuarelas y papel para acuarelas»

«un diapasón» y «unos libros».

Y no valía salir de la habitación donde estaban esos objetos, jeje.

Carabiru 14 marzo 2008 Contestar

Exacto! jejejeje

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