Disección

Durante unos instantes traté de no mirarla, fingiendo estar concentrado en despedazar el enorme crustáceo sobre el plato, ante mí. Quería ganar tiempo, volverme eterno, eterno, eterno…

Cuando alcé la vista me arrepentí de haberla dejado hablar. Sus ojos, hacía nada sonrientes, ilusionados, comenzaban ahora a mostrar un atisbo de inquietud. Me arrepentí de haberla conocido, de haberla escuchado mientras me ofrecía todo cuanto deseaba; me arrepentí de lo que yo mismo iba a decir. Mis labios no sonreían, y algo como el miedo temblaba ya en los suyos.

Forcejeé con la dura envoltura del marisco, sintiendo su mirada vacilante y deseando besarla y a la vez estar muy lejos. Tuve que agrietar mi alma para que escaparan los sonidos.

Clara, voy a ser sacerdote.


Y el cuchillo rompió el caparazón y se abrió paso hacia adentro, muy hondo, desgarrando la carne caliente, la fibra, los ligamentos.

Deja un comentario