La arrogancia del ciclista

Os dejo aquí un artículo que he leído hoy en el conTEXTO (via Carabiru), y del podría suscribir algunos párrafos y firmarlos yo mismo como si fueran extraídos de mi diario personal de ciclista urbano.

Os dejo una cita que no tiene desperdicio y en la que algunos os reconoceréis:

La experiencia de andar en bicicleta en la ciudad de México es una forma de vivir de la cual el ciclista hace alarde con cierto orgullo (probablemente desmedido) a partir de lo que considera sus medallas: el casco, el candado o cadena, y la bicicleta misma.

El ciclista urbano llega en bicicleta a una fiesta, a una reunión, a su trabajo, al cine, a una manifestación, a la escuela. Busca dónde amarrar su bicicleta, en un lugar donde no estorbe demasiado a los peatones, donde haya suficiente tumulto como para que no se la roben, donde un automóvil no pueda darle un rozón fatal. El ciclista entra, saluda, y alguien con una vaga sonrisa incrédula pregunta: ¿viniste hasta acá en bici? El ciclista responde haciendo patente aquel orgullo desmedido: sí.

El ciclista empieza a elaborar respuestas unas milésimas de segundos antes de que las preguntas —que suelen ser siempre las mismas— surjan. Sus respuestas ostensiblemente minimizan los retos de andar en bicicleta en la ciudad de México, y exaltan los beneficios. El ciclista sabe que cuando contesta no sólo satisface la curiosidad del interlocutor, sino que está ante una oportunidad más de promover un programa que quiere ver realizado: que hayan más ciclistas urbanos. Entre más veces le preguntan, más avanza su programa, entre va a más lugares en bicicleta, más veces le preguntan. Andar en bicicleta en esta ciudad es ser un militante de la causa.

[…]

El ciclista compara, y piensa cuánto le hubiera tomado el mismo trayecto en coche. Rebasa autos y ve la desesperación de los conductores que están obligados a subutilizar la potencia de sus motores. Encuentra un perverso placer al verlos padecer su decisión de ir en auto. Piensa en que los automovilistas deseperados lo verán pasar con calma, disfrutando del viento, del sol, del chispeo, de la vista de la ciudad. El orgullo del ciclista se convierte en arrogancia, está seguro que quien lo ve pasar lo querrá imitar, y cree que su programa avanza mientras él lo hace. 
Cree que habrán más ciclistas.

Como ciclista urbano recalcitrante, tengo que admitir que reconozco algo de esa arrogancia en mí mismo. Hasta el punto de que no llevo casco ni chaleco por decisión propia y por esa única razón: convertirme en una muestra de que ir en bici no es en sí peligroso, ni incómodo, ni nada parecido. Quizás sea un poco suicida hacerlo entre coches, pero lo contrario sería rendirse a la peligrosidad y la dureza de la ciudad del automóvil.

Es más, creo que si viviera en Dinamarca o en Holanda, o de pronto Alicante y Madrid se convirtieran en paraísos ciclistas, ir en bici perdería parte del aliciente que tiene ahora mismo: el orgullo del caballero andante, el Don Quijote sobre dos ruedas que pedalea porque tiene una visión, además de porque, sencillamente, le encanta.

4 comentarios

mario hidrobo 26 agosto 2011 Contestar

Somos muchos! ! ! yo he tenido que esperar, pero ahora he vuelto al mundo de dos ruedas! ! ! es una sensación única, los argumentos para esa arrogancia de la que hablas, los he intentado resumir en este post

sylvia 27 agosto 2011 Contestar

no te preocupes jorge, madrid no lo sé, pero alicante seguro, segurísimo que no va a ser ningún paraíso ciclista a corto plazo. un besico.

etringita 27 agosto 2011 Contestar

En Berlín este verano tuve sensaciones encontradas… El carril bici está muy extendido y la gente se mueve con total naturalidad a dos ruedas por la ciudad, intercambiando tren y bicicleta para trayectos largos. Pero el problema allí no está con los vehículos sino con los peatones. A veces ellos iban por las aceras si problema, pero si por casualidad ibas un poco despistado al cruzar una calle o al ir hablando con alguien pisabas el carril bici ellos no dudaban en no frenar o disminuir la velocidad. Al contrario, casi arrollan y encima ponen mala cara. No miento si digo que me daban más miedo las bicicletas que los coches.

Jorge 28 agosto 2011 Contestar

Mario, ¡me alegro mucho de que Alicante cuente con otro ciclista urbano de vuelta a las calles! :D

Y tengo que decir que suscribo lo que dices en tu entrada, muchas veces he pensado lo mismo. Aunque no acabo de ver claro el enlace con esa «arrogancia» que dice el artículo. ¿Haberse «quitado la venda de los ojos», haber «pinchado la burbuja» que lo envolvía, convierte al ciclista en un visionario-iluminado que se cree en el deber de despertar al resto de su letargo? Puedes ser ;)

Sylvia, en Alicante parece que se está intentando, aunque dista mucho (muchísimo) de ser una ciudad amable en ese sentido. En Madrid, ni eso. Por eso ayudo con lo que creo más efectivo a largo plazo: subirme yo mismo a la bici y hacerme mi hueco en el tráfico. 10 años pedaleando por Alicante casi a diario, y sigo vivo e ileso :)

Etringita, esa sensación tuve yo también en Valencia. Es como si los ciclistas, acostumbrados a pelear por su espacio en la calle, se sintieran con derecho de arrollar a cualquiera que invadiera su espacio propio. Aunque también te digo una cosa, como ciclista: pedaleando por un carril bici que tú consideras de circulación y usas para ir rápido, molesta muchísimo tener que andar esquivando peatones o previendo que te puedan invadir el carril de pronto. Es como si fueras en coche por la carretera con gente cruzando por todos lados. Un estrés.

¡Gracias por los comentarios!

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