¿Puede la arquitectura NO ser open source?

Hace un par de años, tras introducirme entusiasmado en el mundo del software libre y toda su filosofía, me encontré haciéndome la siguiente pregunta: ¿puede la arquitectura ser open source? Con el tiempo, y tras dedicarle muchos ratos a pensar e investigar sobre el tema, me he dado cuenta de que una buena manera de comenzar a buscar una respuesta es preguntado al revés: ¿puede NO serlo?

Una de las mejores explicaciones que he leído acerca del software libre decía lo siguiente:

Y es que esto del software libre parece una cosa muy moderna y que ahora está de moda, pero en realidad es tan antiguo como la informática, o incluso mucho más. Porque, para empezar, el software nació libre. Al principio, la gente escribía programas, y se los pasaba a otra gente que los modificaba y se los pasaban a otros… ¿Cómo iba a ser de otro modo? ¿Para qué me sirve esconder un programa y quedarmelo sólo para mí? Crear un programa puede ser mucho trabajo (y por eso es mejor compartirlo y que te ayuden), pero una vez hecho ese trabajo, hacer una copia para otra persona es virtualmente gratis en tiempo, esfuerzo y dinero. Pasó bastante tiempo antes de que a alguien se le ocurriera que se podía vender un programa informático. Y cuando lo hizo, seguramente la gente que tenía alrededor le diría algo como “Pero si son sólo bits, cualquiera puede copiarlos o rehacerlos. ¿Cómo vas a vender eso?”.

Algo así podría decirse de la arquitectura: si siempre ha sido abierta, si la reutilización de soluciones está en la misma raíz de su desarrollo, si la abrumadora mayoría de las construcciones a lo largo de la historia han sido realizadas por acumulación distribuida de conocimientos… ¿tiene sentido ahora poner puertas al campo?

Foto original por Jenny Levine
Foto original: Jenny Levine

No sólo la arquitectura tradicional, sin arquitectos, ha ido copiándose y mejorándose a sí misma, sino que incluso dentro de la profesión (aun siendo regulada, elitista y casi oligárquica estadísticamente hablando) ha existido siempre una tendencia similar: en los estudios tipológicos, en los catálogos de detalles constructivos, en diversas revistas de arquitecura, todo va dirigido a transferir el conocimiento entre arquitectos. Al comenzar a hablar de licencias o patentes abiertas con otros colegas, me he dado cuenta de que a muchos les sonaba casi absurdamente obvio el concepto. Si yo llevo toda la vida copiando, adaptando y reutilizando soluciones de otros; ¿qué hay más abierto que eso?, me decían.

Y sin embargo, los hay que se plantean lo contrario. Ya sea con el argumento de la «obra artística intocable» esgrimido por Calatrava más de una vez, o con una igualmente retorcida exigencia de derechos de autor que reivindicaban hace no mucho desde el COAS —y criticaban muy acertadamente en el blog N+1—, los hay que parecen decididos a convertir la arquitectura en un producto comercial propietario hasta el límite de lo posible.

Recuerdo que de las mayores sorpresas que me llevé en el I Congreso Internacional sobre Arquitectura Sostenible (Barcelona, 2004) fue oír a Luis de Garrido confesar, como quien no quiere la cosa, que las tipologías de vivienda bioclimática que estaba mostrando estaban patentadas por él mismo. Cuando uno de los asistentes le preguntó sobre el tema, expresando la duda de más de uno sobre la «sostenibilidad» que pudiera tener cerrar bajo patente ese tipo de avances arquitectónicos, se zafó con una poco convincente serie de excusas sobre los «promotores sin escrúpulos», que a mí me sonaron más bien a no haberse planteado seriamente el tema.

El sistema de patentes es intrínsecamente «anticomún», en la medida en que cierra abruptamente y para provecho privado un proceso que se ha nutrido siempre de la libre acumulación colectiva de avances. El que inventa un nuevo tipo de engranaje se apoya en los engranajes que ya conoce, que a su vez se apoyan en el invento de la rueda. ¿Con qué lógica se hace alguien con la autoría implícita de todo ese legado? Siguiendo con el ejemplo de Luis de Garrido, su propio discurso giraba en torno a retomar la tradición de la sabiduría popular, muy cercana a lo bioclimático, reaprovechando sus ideas, sus sistemas y soluciones… para luego acabar hablando de patentarlas y comerciarlizarlas, cerrando de pronto un proceso que —ni mucho menos— ha dejado de ser deseable en la actualidad.

Al final, la pregunta que hay que hacerse es la siguiente: ¿En qué va a ayudar a la sociedad, y a la propia arquitectura, que un arquitecto se auto-proponga de pronto como el único poseedor de una solución concreta? En una disciplina que ya de por sí avanza lentamente, pautada por tiempos de inicio, proceso y retorno muy largos en comparación con otras disciplinas técnicas, lastrada por la deseable especificidad de sus soluciones y el elevado ratio esfuerzo/resultado presente en cada proyecto, ¿van a ayudar en algo las patentes o las restricciones por derechos de autor?

Imagen original de Wikimedia Commons
Imagen original: Wikimedia Commons

No demasiado, en mi opinión:

Aplicar un copyright al soporte gráfico de difusión de una obra (planos, fotos, etc.) tiene su razón de ser en el ámbito editorial (y cada vez menos), pero aplicarlo a la obra construida carece de sentido y es directamente incompatible con el carácter público de ésta. El edificio está expuesto permanentemente en el espacio público y si hubiera que pedir cuentas por su reproducción sería prácticamente imposible hacer una foto exterior en cualquier lugar del planeta. Como se comentaba en un hilo de debate entre fotógrafos, la propia Ley de Propiedad Intelectual reconoce esto en su Artículo 35.2:

Las obras situadas permanentemente en parques, calles, plazas u otras vías públicas pueden ser reproducidas, distribuidas y comunicadas libremente por medio de pinturas, dibujos, fotografías y procedimientos audiovisuales.

En cuanto a las patentes, el panorama no es mucho menos turbio: ¿Cómo valoramos si lo que se patenta es algo genuinamente nuevo o tomado del espacio común de conocimiento, del que mayoritariamente se nutre la arquitectura? ¿Vamos a patentar cada solución concreta, colapsando el sistema con varios cientos de patentes por cada proyecto terminado? ¿Hasta dónde permitimos patentar: soluciones técnicas-constructivas específicas, soluciones geométricas universales, o peor aún, ideas abstractas como pueden ser las tipologías?

La arquitectura, el copyleft y el open source van bien juntitos de la mano, y no creo que tenga que ser de otra manera.

3 comentarios

oscar 17 marzo 2015 Contestar

Jorge, me parece una reflexión interesantísima que creo, además, que es ampliable a otras disciplinas. El tema de la relación horizontal, la modestia y el reconocimiento por iguales, es algo que en disciplinas artísticas se ve muy poco porque se ha «industrializado» e «idolatrado» la diferencia/genialidad. Mucho que seguir aprendiendo, gracias!! :D

Jorge 17 marzo 2015 Contestar

¡Hola, Oscar! Me alegro de que te interesara el artículo. Efectivamente, hoy día todas las disciplinas están en mayor o menor medida en proceso de «apertura», es una especie de corriente transversal que las recorre, desde la web 2.0 hasta el open hardware. Me encanta rastrear esos cambios por todas partes :D

¡A seguir con ello!

Jose Antonio 17 marzo 2015 Contestar

Estoy completamente de acuerdo en todo lo que explicas. En definitiva parece dificilísimo que se puedan patentar diseños de viviendas o de cualquier tipo de construcción de edificio. Copiarlo y construirlo de nuevo en otro sitio estaría fuera de sentido porque cada construcción responde a unas circunstancias propias del lugar (al menos en general).

Pero lo que no he llegado a conocer son casos de diseños que hayan sido reclamados como copias por parte de otros arquitectos. Como podría ser el caso de las viviendas bioclimáticas que vimos en Barcelona (en el 2003) que fueron patentadas, ¿conoces algún caso?¿o te has encontrado con algún conflicto de este tipo?

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